DIANA
No va por nuevo mundo y nuevos mares
el simple pastorcillo navegando,
ni en apartadas Indias va contando
de leguas y monedas mil millares.
El pobre tan contento al campo viene
con lo que tiene,
como el que cuenta
sobrada renta,
y en vida escasa
alegre passa,
como el que en montes ha gruesas manadas,
y ara de fértil campo mil yugadas.
Sintió de lejos Delio la voz de su esposa Diana, y como oyó que otra voz lo respondía, tuvo mucho cuidado de llegar presto, por ver quién estaba en compañía de Diana. Y ansi, corca de la fuente, puesto detrás un grande arrayán, escuchó lo que cantaban, buscando adrede ocasiones para sus acostumbrados celos. Mas cuando entendió que las canciones eran diferentes de lo que él con su sospecha presumía, estuvo muy contento. Pero todavía la ansia que tenía de conoscer la que estaba con su esposa le hizo que llegasse á las pastoras, de las cuales fué cortésmente saludado, y de su esposa con un angélico semblante recebido. Y sentado cabe ellas, Alcida le dijo: Delio, en gran cargo soy á la fortuna, pues no sólo me hizo ver la belleza de Diana, mas conoscer al que ella tuvo por merescedor de tanto bien, y al que entregó la libertad: que según es ella sabia, se ha de tener por extremado lo que escoge. Mas espántome de ver que tengas tan poca cuenta con la mucha que contigo tuvo Diana en elegirte por marido, que sufras que vaya tan sólo un passo sin tu compañía, y dejes que un solo momento se aparte de tus ojos. Bien sé que ella mora siempre en tu corazón; mas el amor que tú le debes á Diana no ha de ser tan poco que te contentes con tener en el alma su figura, pudiendo también tener ante los ojos su gentileza. Entonces Diana, porque Delio respondiendo no se pusiesse en peligro de publicar el poco aviso y cordura que tenía, tomó la mano por él y dijo: No tiene Delio razón de estar tan contento de tenerme por esposa, como tú muestras estar por haberme conoscido, ni de tenerme tan presente que se olvide de sus granjas y ganados, pues importan más que el deleite que de ver la belleza que falsamente me atribuyes se pudiera tomar. Dijo entonces Alcida: No perjudiques, Diana, tan adrede á tu gentileza, ni hagas tan grande agravio al parescer que el mundo tiene de ti, qué no paresce mal en una hermosa el estimarse, ni le da el nombre de altiva moderadamente conoscerse. Y tú, Delio, tente por el más dichoso del mundo, y goza bien el favor que la Fortuna te hizo, pues ni dió ni tiene que dar cosa que iguale con ser esposo de Diana. Atentamente escuchó Delio las palabras de Alcida, y en tanto que habló, la estuvo siempre mirando, tanto que á la fin de sus dulces y avisadas razones se halló tan preso de sus amores, que de atónito y pasmado no tuvo palabras con qué respondelle, sino que con un ardiente suspiro dió señal de la nueva herida que Cupido había hecho en sus entrañas. A este tiempo sintieron una voz, cuya suavidad los deleitó maravillosamente. Paráronse atentos á escuchalla, y volviendo los ojos hacia donde resonaba, vieron un pastor que muy fatigado venía hacia la fuente á guisa de congojado caminante, cantando desta manera:
Soneto.
No puede darme Amor mayor tormento,
ni la Fortuna hacer mayor mudanza;
no hay alma con tan poca confianza,
ni corazón en penas tan contento.
Hácelo Amor, que esfuerza el flaco aliento,
porque baste á sufrir mi malandanza,
y no deja morir con la esperanza
la vida, la aflicción ni el sufrimiento.
¡Ay, vano corazón! ¡Ay, ojos tristes!
¿por qué en tan largo tiempo y tanta pena
nunca se acaba el llanto ni la vida?
¡Ay, lástimas! ¿no os basta lo que hecistes?
Amor ¿por qué no aflojas mi cadena,
si en tanta libertad dejaste Alcida?.
Apenas acabó Alcida de oir la canción del pastor, que conosciendo quién era, toda temblando, con grande priessa se levantó, antes que él llegasse, rogándoles á Delio y Diana que no dijessen que ella había estado allí, porque le importaba la vida no ser hallada ni conoscida por aquel pastor, que como la misma muerte aborrescía. Ellos le ofrescieron hacello ansi, pesándoles en extremo de su presta y no pensada partida. Alcida, á más andar, metiéndose por un bosque muy espesso que junto á la fuente estaba, caminó con tanta presteza y recelo como si de una cruel y hambrienta tigre fuera perseguida. Poco después llegó el pastor tan cansado y afligido, que pareció la Fortuna, doliéndose dél, habelle ofrescido aquella clara fuente y la compañía de Diana para algún alivio de su pena. Porque como en tan calorosa siesta, tras el cansancio del fatigoso camino, vido la amenidad del lugar, el sombrío de los árboles, la verdura de las hierbas, la lindeza de la fuente y la hermosura de Diana, le paresció reposar un rato aunque la importancia de lo que buscaba y el deseo con que tras ello se perdía no daban lugar á descanso ni entretenimiento. Diana entonces le hizo las gracias y cortesías que conforme á los celos de Delio, que presente estaba, se podían hacer, y tuvo grande cuenta con el extranjero pastor, assí porque en su manera le paresció tener merescimiento, como porque le vido lastimado del mal que ella tenía. El pastor hizo grande caso de los favores de Diana, teniéndose por muy dichoso de haber hallado tan buena aventura. Estando en esto, mirando Diana en torno de sí, no vió á su esposo Delio, porque enamorado, como dijimos, de Alcida, en tanto que Diana estaba descuidada, empleándose en acariciar el nuevo pastor, se fué tras la fugitiva pastora, metiéndose por el mesmo camino con intención determinada de seguilla, aunque fuesse á la otra parte del mundo. Atónita quedó Diana de ver que faltasse tan improvisamente su esposo, y assi dió muchas voces repitiendo el nombre de Delio. Mas no aprovechó para que él desde el bosque respondiesse, ni dejasse de proseguir su camino, sino que con grandíssima priessa caminando, entendía en alcanzar la amada Alcida. De manera que Diana, viendo que Delio no parescía, mostró estar muy afligida por ello, haciendo tales sentimientos, que el pastor por consolarla le dijo: No te vea yo, hermosa pastora, tan sin razón afligida, ni des crédito á tu sospecha en tan gran perjuicio de tu descanso. Porque el pastor que tú buscas no ha tanto que falta que debas tenerte por desamparada. Sosiégate un poco, que podrá ser que estando tú divertida, convidado del sombrío de los amenos alisos y de la frescura del viento, que los está blandamente meneando, haya querido mudar asiento, sin que nosotros lo viéssemos, porque temía quizá no le contradijéssemos; ó por ventura le ha tanto pesado de mi venida, y tuviera por tan enojosa mi compañía, que ha escogido otro lugar donde sin ella pueda pasar alegremente la siesta.
A esto respondió Diana: Gracioso pastor, para conoscer el mal que maltrata tu vida, basta oir las palabras que publica tu lengua. Bien muestras estar del Amor atormentado, y vezado á engañar las amorosas sospechas con vanas imaginaciones. Porque costumbre es de los amadores dar á entender á sus pensamientos cosas falsas é impossibles, para hacer que no dén crédito á las ciertas y verdaderas. Semejantes consuelos, pastor, aprovechan más para señalar en ti el pesar de mi congoja que para remediar mi pena. Porque yo sé muy bien que mi esposo Delio va siguiendo una hermosíssima pastora, que de aquí se partió, y según la afición con que estando aquí la miraba y los suspiros que del alma le salían, yo que sé cuán determinadamente suele emprender cuanto le passa por el pensamiento, tengo por cierto que no dejará de seguir la pastora, aunque piense en toda su vida no volver ante mis ojos. Y lo que más me atormenta es conoscer la dura y desamorada condición de aquella pastora, porque tiene un alma tan enemiga del amor, que desprecia la más extremada beldad y no hace caso del valor más aventajado. Al triste pastor en este punto paresció que una mortal saeta le travesó el corazón, y dijo: ¡Ay de mí, desdichado amante! ¿con cuánta más razón se han de doler de mí las almas que no fueren de piedra, pues por el mundo busco la más cruel, la más áspera y despiadada doncella que se puede hallar? Duélete de veras, pastora, de tu esposo, que si la que él busca tiene tal condición como ésta, corre gran peligro su vida de perderse. Oyendo Diana estas palabras, acabó de conoscer su mal, y vió claramente que la pastora, que en ver este pastor tan prestamente huyó, era la que él por todas las partes del mundo había buscado. Y era ansí, porque ella huyendo dél, por no ser descubierta ni conoscida, había tomado hábito de pastora. Mas dissimuló por entonces con el pastor, y no quiso decille nada de esto, por cumplir con la palabra que á Alcida había dado al tiempo de partirse. Y también porque vió que ella gran rato había que era partida, corriendo con tanta presteza por aquel bosque espessíssimo, que fuera impossible alcanzalla. Y publicar al pastor esto, no sirviera para más de dalle mayor pena. Porque aquello fatiga más, cuando no se alcanza, que dió alguna esperanza de ser habido. Pero como Diana deseasse conoscellos y saber la causa de los amores dél y del aborrescimiento della, le dijo: Consuela, pastor, tu llanto, y cuéntame la causa dél; que por alivio desta congoja holgaré de saber quién eres y oir el processo de tus males; porque por la conmemoración dellos te ha de ser agradable, si eres verdadero amante, como creo. El entonces no se hizo mucho de rogar, antes, sentándose entrambos junto á la fuente, habló de esta manera:
No es mi mal de tal calidad que á toda suerte de gentes se pueda contar; mas la opinión que tengo de tu merescimiento y el valor que tu hermosura me publica me fuerzan á contarte abiertamente mi vida, si vida se puede llamar la que de grado trocaría con la muerte.
Sabe, pastora, que mi nombre es Marcelio, y mi estado muy diferente de lo que mi hábito señala. Porque fuí nascido en la ciudad Soldina, principal en la provincia Vandalia, de padres esclarecidos en linaje y abundantes de riquezas. En mi tierna edad fuí llevado á la corte del rey de lusitanos, y allí criado y querido, no sólo de los señores principales della, mas aun del mismo rey, tanto que nunca consintió que me partiesse de su corte, hasta que me encargó la gente de guerra que tenía en la costa de Africa. Allí estuve mucho tiempo capitán de las villas y fortalezas que él tiene en aquella costa, teniendo mi proprio assiento en la villa de Ceuta, donde fué el principio de mi desventura. Allí, por mi mal, había un noble y señalado caballero, nombrado Eugerio, que tenía cargo por el rey del gobierno de la villa, al cual Dios, allende de dalle nobleza y bienes de fortuna, le hizo merced de un hijo nombrado Polydoro, valeroso en todo extremo, y dos hijas llamadas Alcida y Clenarda, aventajadas en hermosura. Clenarda en tirar arco era diestríssima, pero Alcida, que era la mayor, en belleza la sobrepujaba. Esta de tal manera enamoró mi corazón, que ha podido causarme la desesperada vida que passo y la cruda muerte que cada día llamo y espero. Su padre tenía tanta cuenta con ella, que pocas veces consentía que se partiesse delante sus ojos. Y esto impedía que yo no le pudiesse hacer saber lo mucho que la quería. Sino que las veces que tenía ventura de vella, con un mirar apassionado y suspiros que salían de mi pecho sin licencia de mi voluntad, le publicaba mi pena. Tuve manera de escrebille una carta, y no perdiendo la ocasión que me concedió la fortuna, le hice una letra que decía ansí:
CARTA DE MARCELIO PARA ALCIDA