Acabó Filis su cantar, mas no cessaron sus sospiros, á la cual Clori piadosamente dixo: Desde ayer te veo llorosa, Filis, y no te he preguntado la causa; pero pues Filida te ha procurado consolar, dime qué nueva passión te aflige para que yo también lo haga. A esto respondió Filis: «No es nuevo tener yo que llorar, ni dolerte tú de mis pesares; mas ahora son de manera que los extraños lo pueden hacer, cuanto más Filida y tú á quien yo tanto amo. El descuido de Mendino me tiene llena de sospechas, y nunca el alma me dice cosa que me engañe». Palabras fueron estas que hicieron temblar el corazón de alguna que allí estaba y por muy amada de Mendino se tenía; turbó el color de su rostro y atravesó razones que descubrieron más su sentimiento, lo cual mirando Clori con gracioso semblante dixo: Todos los hombres son mudables, y á la verdad menos nosotras nos dexamos olvidar, pero yo muy disculpada estoy en haber dexado Castalio por Cardenio, pues hice la voluntad de su padre y el mío, y aun mi negocio y el suyo: pésame que Mendino te dé ocasión de quexarte aunque ya tú le conoces; bien sabes á quién amó en el Henares, y en apartándose en lo que se entretuvo, y que apenas murió Elisa, cuando se ocupó en otras partes, que antes de llegar á ti tuvo muchas leguas de mal camino. A esto dixo Filis: ¡Oh, Clori, qué engaño tan grande es pensar que tenga Mendino olvidado su primer amor! Más vivo está en su alma que nunca estuvo; con esta carga le tomé, Ninfa; y de otras muertas y vivas antes de mí, poco me penó, que es agua passada: cosas nuevas son las que escuecen y lo harán hasta la muerte. Esso me admira, dixo Clori; luego cuando trata Mendino, ¿pasatiempo y burla es? Tenlo por cierto, dixo la bella Albanisa; que yo soy bastante testigo de sus veras y sé que con nadie las puede tener, porque las consagró á buen lugar. Su hado lo sea, dixo Pradelia, que el contento general sería. A esto Filis quiso responder, mas fué impedida de Florela, que estaba en guarda de las redes, y como vido llena la selva de aves que se venían á recoger del sol, presurosa le vino á avisar, y ellas sin detenerse dejaron la plática y la fuente y siguieron á Florela. Los pastores, que ni palabra ni afecto habían perdido, cuál confuso y cuál contento se fueron con el mismo secreto siguiéndolas por entre las plantas; hasta que, sin avisarse, toparon con una de las redes, teñida en verde perfetíssimo, que de dos altos chopos hasta la tierra pendía. A un lado estaba una alta peña cubierta con las copas de árboles, donde los cuatro pastores subiéndose sin ser vistos, descubrían la selva: vieron las hermosas Ninfas, que, puestas en ala, con largos ramos en las manos comenzaron á sacudir las plantas, trayendo cada una las aves hacia sus redes, que, espantadas del ruido, de rama en rama venían hasta dar en ellas. No á cuarto de hora que desta suerte fatigaron la selva, sus anchas redes se sembraron de más de cien maneras de aves, desde el simple ruiseñor hasta la astuta corneja. Y á este tiempo, passando Ergasto por la selva, sentado sobre el asnillo, las Ninfas le llamaron para que las ayudasse á desprender, las redes: ésta tomaron los pastores por propicia ocasión, y decendiendo á las Ninfas, alegremente fueron dellas recibidos. Allí vió Siralvo todo su bien; Cardenio todo su gusto, porque era general con Ninfas y pastoras; pero Mendino, que había oído hablar tan profundamente de sí, con más recato gozó de aquella buena suerte; y todos juntos llegándose á las redes, baxó Siralvo las de Filida, Cardenio las de Clori, Mendino las de Albanisa, que era su deudo y verdadero amigo; Carpino las de Filis y Ergasto las de Pradelia, y echándolas sobre el asnillo, á Florela se le encomendó que las llevasse al monte, y en tanto que tornaba acordaron de volverse juntos á la fuente. ¡Oh, amadas Ninfas; oh, pastores míos! ¿quién podrá decir lo que allí passastes? ¿Quién viera á Siralvo ardiendo en su castíssimo amor, donde jamás sintió brizna de humano deseo; á Cardenio tan enriquecido de despojos; á Carpino tan inclinado á todas, y á Mendino de todas tan juzgado, que sola Albanisa le defendía? No se descuidó Cardenio en decir cómo los tres iban buscando la cueva de Erión, con intención de habitar en ella, ni las Ninfas contradijeron su propósito, antes le aprobaron; y al fin de sus razones Filida pidió á Siralvo que cantasse, y él, que quizá lo tenía más gana, sacó la lira, á cuyo son dixo mirando los ojos de la hermosa Ninfa:
SIRALVO
Ojos llenos de consuelo,
si vuestra luz me faltasse,
fálteme él, si no esquivasse
los míos de la del cielo;
quien de vuestro mírar tierno
gozó la gloria algún día,
fuera della, ¿qué vería
que no le fuesse un infierno?
Van el daño y el provecho
tan juntos en esta historia,
que vuestra sola memoria
fabrica un cielo en mi pecho;
pero si el helado miedo
de perderos llega allí,
¿quién dará señas de mí?
Hable Amor, que yo no puedo.
No será poca osadía
tenerla Amor en hablar,
que yo le he visto temblar
á vuestra luz más de un día;
él me ofende y yo le ofendo
si nuestras causas callamos,
ojos, hablemos entramos,
él temblando y yo muriendo.
Vos sabéis que no hay quien huya
de essos rayos vencedores,
y él sabe que sois señores
de mi alma y de la suya;
yo sé que si me dexáis
llevará Muerte la palma,
pues tanto tengo en el alma,
ojos, cuando me miráis.
Cuando miráis producís
mayos de contentamiento,
y á cualquier apartamiento
inviernos los convertís,
y en la sequedad mayor,
como tornéis á mirar,
el más marchito lugar
vuelve de vuestro color.
Teniendo tales maestros,
tal espíritu quisiera,
que quien mis loores oyera
conociera que eran vuestros;
mas si en la intención se gana,
en el efecto se yerra:
mal podrá pincel de tierra
sacar labor soberana.
A la gloria de miraros
sólo iguala el bien de veros,
y á la pena de perderos
el dolor de no hallaros;
el punto que os puedo ver
es el que tiene el deseo,
y si no os veo, no veo;
ved si hay más que encarecer.
Aunque mi alma sustenta
vuestra luz en mis enojos,
la sed de veros, mis ojos,
con miraros se acrecienta;
y ¿qué señal más segura,
qué razón más conocida
de estar sin alma y sin vida,
que haber en veros hartura?
Sois grandezas peregrinas,
sois milagros inmortales,
sois tesoros celestiales,
sois invenciones divinas,
sois señales de bonanza,
sois muertes de los enojos,
sois ídolos de mis ojos,
sois ojos de mi esperanza.
Por más agradable tuviéramos á Florela, á ser esta vez menos diligente, porque no hizo más de llegar al monte y en lugar señalado dejar en guarda la caza y volverse con el asnillo de Ergasto á llamar á las ninfas que la fuessen á repartir. Llegó cuando Siralvo acababa su canción, y acabóseles á todos el contento, porque á la hora, dejando sentimiento en el lugar cuanto más en los corazones, que más que á sí las amaban, las ninfas se despidieron; también el galán Carpino se fué por su parte, Ergasto por la suya; Cardenio, Mendino y Siralvo atravessaron por sendas y veredas al valle de los Fresnos, y á la misma hora de medio día bajaron los riscos y passaron á la morada de Erión, donde le hallaron curando con hierbas á un miserable pastor que, siguiendo á una ninfa á quien amaba y se huía, con rabia y dolor se había despeñado, y sus amigos lleváronle al mago sin sentido. Luego conocieron los pastores que era el mismo que ellos venían siguiendo, y después de saludar á Erión y ser dél alegremente recebidos, ayudaron allí en lo que pudieron, hasta que Livio, que si os acordáis assí le llamó la ninfa, volvió en sí, y haciéndole beber de un precioso licor, quedó totalmente reparado y arrepentido, que tal fuerza puso Díos en el saber humano. Con esto Mendino apartó al mago y le dixo cómo los tres venían por algunos días á habitar su morada, de que Erión recibió mucho contento, y despidiendo á Livio y á sus compañeros, entró con los tres por los secretos de su cueva, que, para no la agraviar, era de realíssima fábrica, pero toda debajo de tierra, con anchas lumbres que en vivas peñas se abrían á una parte del risco, donde jamás humano pie llegaba. No sé yo si esto fuesse por fuerza de encantamiento ó verdadero edificio, pero sé que su riqueza era sin par. Primero entraron á una ancha y larga sala de blanco estuco, donde, en concavidades embebidas, estaban de mármol los romanos Césares, unos con bastones y otros con espadas en sus manos, y en los pedestales abreviados versos griegos y latinos, que ni negaban á Julio César sus vitorias ni callaban á Heliogábalo sus vicios. El techo desta sala era todo de unos pendientes racimos de oro y plata, que por sí pudieran clarificar el alto aposento, en medio del cual estaba una mesa redonda de precioso cedro sobre tres pies de brasil, diestramente estriados, y alrededor los assientos eran de olorosa sabina. Aquí pienso que el mago adivinó la necessidad, porque los hizo sentar y sacó fresquíssima manteca y pan, que en blancura le excedía, sin faltar precioso vino, que con el agua saltaba de los curiosos vasos, y habiendo satisfecho á esta necessidad, entraron á otros aposentos (aunque no tan grandes), de mucha más riqueza. Admirados quedaron los pastores de que en las entrañas de los riscos pudiesse haber tan maravillosa labor, pero á poco rato perdieron la admiración desto, y la hallaron mayor en un fresco jardín que sólo el cielo y ellos le veían, donde la abundancia de fuentes, árboles y hierbas, la harmonía de las diversas aves y la fragancia de las flores, representaban un paraíso celestial; á la una parte del cual estaba una lonja larga de cien passos y ancha de veinte, cubierta de la misma labor de la primera sala. Era el suelo de ladrillo esmaltado, que por ninguna parte se le veía juntura; á una mano era pared cerrada y á otra abierta, sobre colunas de un hermoso jaspe natural; por todas partes se veía llena de varias figuras que, de divino pincel, con la naturaleza competían, y en la cabecera se levantaba, sobre diez grados de pórfido, un suntuoso altar, cubierto de ricos doseles de oro y plata, y en él la imagen de la ligera Fama, cubierta de abiertos ojos y bocas, lenguas y plumas, con la sonora trompa en sus labios; tenía á sus lados muchos retratos de damas de tan excesiva gracia y hermosura, que todo lo demás juzgaron por poco y de poca estima. Aquí Erión los hizo sentar en ricas sillas de marfil, y él con ellos, al son de una suave baldosa, assí les dixo, puestos los ojos en la inmensa beldad de las figuras:
ERIÓN
Desde los Etíopes abrasados
hasta los senos del helado Scita,
fueron nueve varones consagrados
á la diosa gentil que al alma imita;
los nueve de la Fama son llamados,
y lo serán en cuanto el que se quita
y se pone en Oriente para el suelo,
no se cansare de habitar el cielo.
Agora cuanta gloria se derrama
por todo el orbe, nuestra Iberia encierra
en otras lumbres de la eterna Fama,
por quien sus infinitas nunca cierra;
recuperaron con su nueva llama
aquella antigua que admiró la tierra,
para que, como entonces de varones,
muestre de hoy más de hembras sus blasones.
Estas cuatro primeras son aquellas
que á nuestro cristianíssimo monarca
han prosperado las grandezas dellas
más que cuanto su fuerte diestra abarca;
después que el mundo vió su fruto en ellas,
segó las flores la violenta Parca.
Luso, Galia, Alemania con Bretaña
lloran, y Iberia el rostro en llanto baña.
Tras ellas la Princesa valerosa,
aquella sola de mil reinos dina,
á quien fué poco nombre el de hermosa,
no siendo demasiado el de divina;
á cuya sombra la virtud reposa
y á cuya llama la del sol se inclina,
ínclita y poderosa doña Juana,
por todo el mundo gloria Lusitana.
Las dos infantas que en el ancho suelo
con sus rayos claríssimos deslumbran
como dos nortes en que estriba el cielo,
como dos soles que la tierra alumbran,
son las que á fuerza de su inmenso vuelo
el soberano nombre de Austria encumbran,
bella Isabel y Catarina bella,
ésta sin par y sin igual aquélla.
De claríssimos dones adornadas
luego veréis las damas escogidas
que, al soberano gremio consagradas,
rinden las voluntades y las vidas;
ni de pincel humano retratadas,
ni de pluma mortal encarecidas,
jamás pudieron ver ojos mortales
otras que en algo pareciessen tales.
Aquel rayo puríssimo que assoma,
como el sol tras el alba en cielo claro,
es doña Ana Manrique, de quien toma
la bondad suerte y el valor amparo;
la siguiente es doña María Coloma,
que en hermosura y en ingenio raro,
en gracia y discreción y fama clara
su nombre sube y nuestra vida para.
Hoy la beldad con el saber concuerda[1271],
hoy el valor en grado milagroso,
en otras dos que cada cual acuerda
la largueza del cielo poderoso;
ésta de Bobadilla y de la Cerda,
con estotra de Castro y de Moscoso,
una Mencía y otra Mariana:
ésta el lucero y ésta la mañana.
Doña María de Aragón parece
esclareciendo al mundo su belleza;
su valor con su gracia resplandece,
su saber frisa con su gentileza,
y la que nuestra patria ensoberbece,
y á Lusitania pone en tanta alteza
con cuantos bienes comunica el cielo,
es la bella Guiomar, gloria de Melo.
La más gentil, discreta y valerosa,
la de más natural merecimiento,
será doña María, en quien reposa
el real nombre de Manuel contento;
y esta Beatriz, tan bella y tan graciosa,
que excede á todo humano entendimiento,
luz de Bolea, diga el que la viere:
Quien á tus manos muere, ¿qué más quiere?
Doña Luisa y doña Madalena
de Lasso y Borja, el triunfo que más pessa,
vida de la beldad, de amor cadena,
de la virtud la más heroica empressa,
que cada cual con su valor condena
á la fama inmortal que nunca cessa,
ni cessará eu su nombre eternamente:
veislas allí, si su beldad consiente.
Aquel cuerpo gentil, aquel sereno,
rostro que veis, aquel pecho bastante,
es de doña Francisca, por ser bueno
Manrique, porque va tan adelante;
y aquellas dos, que no hay valor ajeno
que se pueda llamar más importante,
son doña Claudia y Jasincur, adonde
con el deseo la gloria corresponde.
De Diatristán el nombre esclarecido,
en Ana y en Hipólita se arrima,
y en ellas vemos el deseo cumplido
de cuantos buscan de beldad la cima;
su mucho aviso, su valor crecido,
de suerte se conoce, assí se estima,
que vista humana no se halla dina
para mirar tal dama y tal Menina.
Doña Juana Manrique viene luego,
doña Isabel de Haro en compañía,
y doña Juana Enríquez, por quien niego
que haya otras gracias ni otra gallardía;
por estas tres espera el Amor ciego
quitar la venda y conocer el día,
que esta estrella, este norte, este lucero,
serán prisión de más de un prisionero.
Aquesta es la claríssima compaña
que el invicto Felipe escoge y tiene
con los soles puríssimos de España,
y cuanto el cielo con su luz mantiene;
de lo que el Tajo riega, el Ebro baña,
mostraros otras lumbres me conviene,
que donde aquestas son fueron criadas,
y otras no menos dinas y estimadas.
La que con gracia y discreción ayuda
á su mucha beldad, con ser tan bella,
que si estuviera su beldad desnuda,
gracia y saber halláramos en ella,
doña Luisa Enríquez es sin duda;
duquesa es del Infantado, aquella
en quien el cielo por igual derrama
hermosura, linaje y clara fama.
Desta rama esta flor maravillosa,
de aqueste cielo aquesta luz fulgente,
deste todo esta parte gloriosa,
de aquesta mar aquesta viva fuente;
bella, discreta, sabia, generosa,
es gloria y ser de inumerable gente,
dice doña Ana de Mendoza el mundo,
y el Infantado queda sin segundo.
Aquellas dos duquesas de un linaje,
entrambas de Mendoza, entrambas Anas,
á quien dan dos Medinas homenaje,
de Sidonia y Ruiseco, más humanas
rinden las alabanzas vassallaje,
á sus altas virtudes soberanas,
Mendoza y Silva, en sangre y en ejemplo
de valor y beldad el mismo templo.
Doña Isabel, gentil, discreta y bella,
de Aragón y Mendoza, allí se muestra
marquesa de la Guardia, en quien se sella
todo el ser y valor que el mundo muestra;
¿qué bien da el cielo que no viva en ella?
¿qué virtud hay que allí no tenga muestra?
Diga el nombre quién es, que lo que vale,
no hay acá nombre que á tal nombre iguale.
Mirad las dos de igual valor, doña Ana
y doña Elvira, cada cual corona
de cuanto bien del cielo al mundo mana,
como la fama sin cessar entona,
Enríquez y Mendoza, por quien gana
tal nombre Villafranca y tal Cardona,
que de su suerte y triunfo incomparables
quedarán en el mundo inestimables.
Humane un rayo de su rostro claro
en mi pecho, si quiere ser loada,
aquélla que en virtud é ingenio raro
es sobre las perfetas acabada:
ser condesa de Andrada y ser amparo
de Apolo, es alabanza no fundada;
ser doña Catarina, ésta lo sea
de Zúñiga y del cielo viva idea.
Veis las dos nueras del segundo Marte,
y de la sin igual en las nacidas,
á quien el cielo ha dado tanta parte,
que son por gloria suya conocidas:
la una dellas en la Albana parte,
y la otra en Navarra obedecidas,
son María y Brianda y su memoria,
de Toledo y Viamonte honor y gloria.
Aquella viva luz en quien se avisa
para alumbrar el claro sol de Oriente,
que entre sus ojos lleva por devisa
la gracia y la prudencia juntamente,
será la sin igual doña Luisa
de Manrique y de Lara procediente,
duquesa de Maqueda, y más segura
reina y señora de la hermosura.
Aquella que los ánimos recuerda
á buscar alabanza más que humana,
á donde, si es possible que se pierda,
hallaréis la beldad, pues della mana,
la gloria de Mendoza y de la Cerda,
es la sabia y honesta doña Juana,
por quien la gracia y el valor se humilla
y se enriquece el nombre de Padilla.
Aquella en quien natura hizo[1272] prueba
de su poder, y el cielo y la fortuna,
doña Isabel riqueza de la Cueva,
duquesa es de la felice Ossuna;
y el claro sol que nuestros ojos lleva
á contemplar sus partes de una en una,
es doña Mariana Enríquez, bella,
fénix del mundo, para no ofendella.
La que con sus virtudes reverbera
en su misma beldad, luz sin medida,
es doña Guiomar Pardo de Tavera,
en quien valor y discreción se anida;
y la que levantando su bandera
es á las más bastantes preferida,
es doña Inés de Zúñiga, en quien cabe
cuanto la fama de más gloria sabe.
Veis aquella condesa generosa
de Aguilar, á quien Amor respeta,
entre las muy hermosas más hermosa
y entre las muy discretas más discreta,
que de virtud y gracia milagrosa
tocar la vemos una y otra meta,
doña Luisa de Cárdenas se llama,
gloria del mundo y vida de la fama.
Ved el portento que produjo el suelo
donde natura mayor gloria halle,
Madalena gentil, que el cortés cielo
Cortés le plugo su consorte dalle,
Cortés levanta de Guzmán el vuelo,
Guzmán resuena en el felice Valle,
porque el descubridor del Nuevo Mundo
goce del nuevo triunfo sin segundo.
Aquella de valor tan soberano
que es agravio loarla en hermosura,
aunque natura, con atenta mano
se quiso engrandecer en su figura,
en quien linaje y fama es claro, y llano
poner su raya en la suprema altura,
condesa de Chinchón; mas es el eco,
que lo cabal es doña Inés Pacheco.
Doña Juana y doña Ana, son aquéllas
de la Cueva y la Lama, madre y hija,
Medina Celi y Cogolludo en ellas
tienen el bien que al mundo regocija:
hermosura y valor que están en ellas,
sin que halle la invidia que corrija,
fama y linaje deste bien blasonan
y las virtudes dellas se coronan.
Aquella fortaleza sin reparo,
aquella hermosura sobre modo,
aquella discreción, aquel don raro
de dones, y el de gracia sobre todo,
del tronco de Padilla, lo más claro
de las reliquias del linaje godo,
en quien del mundo lo mejor se muestra,
es marquesa de Auñón y gloria nuestra.
Aquélla es la princesa por quien suena
la temerosa trompa tan segura,
y dice doña Porcia Madalena,
por quien Asculi goza tal ventura;
y aquella que el nublado sol serena
y el claro ofusca con su hermosura,
tal que en Barajas vencerá la fama,
doña Mencía de Cárdenas se llama.
Otra más dulce y más templada cuerda,
otra voz más sonora y no del suelo,
cante á doña María de la Cerda,
que en la Puebla podrá poblar un cielo;
y pues el son con el nivel concuerda,
que escucha atento el gran señor de Delo,
y la voz oye y la harmonía siente,
doña Isabel de Leiva es la siguiente.
Aquella que entre todas raya hace
en valor, en saber y en gentileza,
que de Mendoza y de la Cerda nace,
y de Leiva quien goza su belleza;
por quien la Fama tanto satisface,
que con lo llano sin buscar destreza,
hace que el suelo Mariana diga
y que el deseo tras otro bien no siga.
La que á los ojos con beldad admira,
y á los juicios con saber recrea,
Denia la ofrece, espérala Altamira,
y quien la goza más, más la desea;
doña Leonor de Rojas, con quien tira
Amor sus flechas y su brazo emplea,
Fama se esfuerza, pero no la paga,
porque no hay cosa en que su prueba haga.
Veréis las dos de Castro, á quien Fortuna
impossible es que al merecer iguale,
son Juana, á quien jamás llegó ninguna;
Francisca, que entre todas tanto vale,
que el claro sol y la hermosa luna
de Mendoza y Pizarro en ellas sale,
Juana y Francisca Puñonrostro canta
y el mundo al son los ánimos levanta.
Hermanas son y bien se les parece
en valor y beldad y cortesía
las dos, do más el nombre resplandece
de Zapata, que el sol á medio día,
son Jerónima y Juana, en quien ofrece
el cielo cuanto por milagro cría,
Rubí se engasta de su esmalte puro,
Puertocarrero el puerto ve seguro.
En el discurso de la grave lista
id con nuevo recato apercebidos,
que la belleza ofuscará la vista
y el valor y el saber á los sentidos:
la condesa mirad de Alba de Lista,
veréis en ella los deseos cumplidos,
que cuanto el mundo considera y sabe,
doña María de Urrea es en quien cabe.
Aquella viva lumbre, decendiente
de Mendoza, Velasco se apellida,
Juana Gentil, en quien Ramírez siente
bondad y gracia y triunfo sin medida;
es doña Juana Cuello la siguiente,
donde tal suerte y tal valor se anida,
tal beldad, tal saber, tal gentileza,
que empereza la Fama su grandeza.
Si queréis ver de discreción la suma,
si queréis de valor ver el extremo,
de hermosura el fin, donde la pluma
se ha de abrasar y al pensamiento temo,
golfo de bienes que, aunque más presuma,
no correrá el deseo á vela y remo,
volved, veréis las cuatro lumbres bellas,
y lo más que diré, lo menos dellas.
Brianda, Andrea serán, Teresa y Ana,
nortes del mundo y más de nuestra Iberia,
por quien gozan vitoria más que humana
Béjar, Gibraleón, Arcos y Feria;
Guzmán, Sarmiento, Zúñiga, que llana
hacen la palma nuestra y dan materia
á la Fama, que haga formas tales,
que durarán por siglos inmortales.
Gracia, bondad, valor, beldad, prudencia,
linaje, fama y otras celestiales
partes se ven en firme competencia,
para quedar en un lugar iguales:
es Mariana quien les da excelencia,
la gloria de Bazán, por quien son tales
y á quien la casa de Coruña llama,
para más nombre, gloria, triunfo y fama.
Entre estas maravillas singulares
doña María Pimentel se mira,
valerosa condesa de Olivares,
en quien el valor mismo se remira;
y aquella preferida en mil lugares,
doña Luisa Faxardo es quien admira
á la natura, y Medellín, dichoso
por ella, al mundo dexará invidioso.
Aquella gracia y discreción que iguala
á la beldad, con ser en tanto grado,
que lo menos que vemos tiende el ala
sobre lo más perfecto y acabado,
miradla bien, que es doña Inés de Ayala,
sin poder ser de otra aquel traslado,
aquel extremo de amistad y vida,
de antigua y clara sangre producida.
Mirad, veréis á la gentil doña Ana
Félix, felicidad de nuestra era;
es condesa de Ricla, es quien allana
al siglo el nombre de la edad primera;
y aquella que se muestra más que humana
en valor, suerte y gracia verdadera,
doña Guiomar de Saa, será su historia
luz de Vanegas, de Espinosa gloria.
En Tavara y Cerralvo contemplamos
nueva luz, que los ánimos assombre,
con estas dos bellezas que juzgamos,
engrandeciendo de Toledo el nombre:
si ofuscada la vista retiramos,
veremos otro sol de tal renombre,
que el de Guzmán adelantado queda,
por quien compite con el cielo Uceda.
Allí se muestra en rostro grave y ledo
aquella admiración de los vivientes,
honor de Enríquez, gloria de Acevedo,
siendo condesa sin igual de Fuentes;
y aquella (si en tan poco tanto puedo
que, dexadas sus partes excelentes,
diga su nombre) es doña Catarina
de Carrillo y Pacheco la más dina.
Mirad las dos de extraña maravilla
en valor, en saber y en hermosura:
la una de Escobedo, otra de Arcilla,
gloria y honor, y más de la natura,
María y Catarina, á quien se humilla
todo lo digno de alabanza pura,
ambas por albedrío y por estrella,
aquésta de Bazán, de Hoyo aquélla.
Llegue doña María de Peralta,
en quien se alegra y enriquece el suelo;
doña Angela de Tarsis, do se esmalta
más viva luz que la que muestra el cielo;
doña Isabel Chacón aquí no falta,
que faltara la gloria y el consuelo;
tres tales son que, para no agraviallas,
gastar debía tres siglos en loallas.
Vamos á aquella de la antigua cepa
de Córdova, sin par doña María,
es marquesa de Estepa, y con Estepa,
serlo de un mundo entero merecía;
y á ti en quien no es possible que más quepa
suerte, valor, beldad y gallardía,
del tronco de Velasco, Mariana,
por quien el de Alvarado tanto gana.
Las tres hermanas que en mirar se goza
con atención el regidor de Oriente,
veislas aquí cómo las muestra Poza,
y cómo Aranda, y cómo Avilafuente;
en ellas el real nombre se alboroza
de Enríquez, y un misterio nuevo siente,
que aunque no es nuevo en él el bien cumplido,
eslo en el mundo el que ellas han tenido.
De Castro y de Moscoso llana hacen
dos Teresas la luz, y al sol escaso,
por quien Mendoza y Vargas satisfacen
sin haber cosa que más haga al caso,
con doña Mariana más aplacen,
por quien Mendoza, enriqueciendo á Lasso,
se alegra el Tajo, y su feliz corriente
dirá Lasso y Mendoza eternamente.
Las dos hermanas en quien cupo tanto,
que en lengua humana su loor no cabe,
son Blanca y Catarina, y son espanto
de quien lo menos de sus partes sabe,
el claro nombre de la Cerda, en tanto
abre su lumbre y éstas son la llave
con su gracia y virtud resplandecientes,
una de Denia y otra de Cifuentes.
Aquella que, aunque el sol más se le acerque,
es impossible que á su luz parezca,
y por más vueltas con que el cielo cerque,
no hallará quien tanto loor merezca,
es la gentil duquesa de Alburquerque,
por quien después que todo el bien parezca,
recobrarse podrá en la antigua Cueva,
que ha de ser siempre milagrosa y nueva.
De singulares dones mejorada
se ve doña María de Padilla,
del mundo por valor Adelantada,
siéndolo por estado de Castilla;
y la que fué de tal beldad dotada,
que la misma belleza se le humilla,
doña Juana de Acuña, en quien se halla
tanto, que más la alaba el que más calla.
La de Velada y la del Carpio vienen,
aquésta de Toledo, ésta de Haro,
y ambas del cielo en lo que en sí contienen
de beldad y valor é ingenio raro;
junto con ellas á su lado tienen
á la que no fué el cielo más avaro,
es señora de Pinto, y es aquella
luz de Carrillo y de Faxardo estrella.
No nos encubre la alta Catarina
de Mendoza su aspecto valeroso,
marquesa de Mondéjar, sola dina
de hacer nuestro siglo venturoso;
ni aquella de bondad tan peregrina
del nombre de Velasco generoso,
que desde Peñafiel hinche la tierra
de cuanto bien y gloria el mundo encierra.
La que al sol mira en medio de su esfera,
y el sol se ofusca al resplandor jocundo,
es doña Ana del Aguila, do espera
Ciudad Rodrigo, y goza el bien del mundo;
quise cantar aquesta luz primera,
al cabo de este templo sin segundo,
ya que en el orden no hay otro remedio
para igualar principio y fin y medio.
Dixo el mago Erión; y vuelto á los tres pastores, que con sumo contento le escuchaban, recibió dellos las debidas gracias, y tornando del fresco jardín, les señaló aposentos en que habitassen y familiares suyos que los sirviessen; donde gozaban sin medida su deleite, cuándo con las diosas de los montes, siguiendo las fieras, cuándo con las deesas de las selvas, cazando las aves, y cuándo con las ninfas del sagrado río, apartando el oro de entre la menuda arena; vida dulce, más fácil de ser invidiada que imitada, donde era la razón señora, el deseo cautivo, el gusto honor, el honor regalo, Amor ardía y el respeto no se helaba; bien se puede aquí esperar firmeza, que donde falta virtud, difícil es la perseverancia. Y ahora volvamos á la ribera, donde, con su bien ó su mal, quedaron nuestros pastores esperándonos.
NOTAS:
[1271] En la primera edición se lee acuerda, repitiendo el consonante Mayans enmendó bien concuerda.
[1272] Así en la primera edición. En la de Mayans, hace.