SÉPTIMA PARTE
DEL PASTOR DE FILIDA

Si en la llaneza y soledad de los campos se lloran celos y se padece olvido, ¿de qué más se puede Amor culpar, en la pompa de las Cortes y en el tráfago de las ciudades, de la mentira y engaño de un corazón que, dividido en mil partes, sin reparar en ninguna, á todas se vende por entero? ¿Y de la miseria del amador, que á trueco de no ser olvidado, le es fácil passar callando por más mal que sospechas y recelos, donde claro se ve cuánto mayor sea el dolor del olvido que la passión celosa? Celosos he visto yo sin miedo de ser olvidados, y jamás vi olvidado que no viviesse celoso; ausencia calle con celos; celo y ausencia con olvido; que si el ausente carece de su contento, puédele buscar, y el celoso si le halla, es en poder ajeno; y el olvidado ausente está, y con más violencia, y celoso y con menos reparo; pero todo esto no puede compararse, Amor, á la injusticia de un engaño, que mientras uno con lealtad y fe sirva y ame, sea pagado con fingida voluntad y agradecida esta paga. Mas, ¿quién me aparta á tan insufrible consideración? Vuélvame la verdad de mis pastores á la agradable ribera, donde ya que como humanos hagan mudanza, no como dañados harán engaños. Vimos venir á Sasio del templo de Diana, tan contento de la venida de Silvera como si tuviera muchas y grandes seguridades de su Amor; mas sucedióle lo que suele á los confiados, que la pastorcilla gentil, no estimando en nada haberla él hospedado en la ribera de Pisuerga y agasajádola con su música y canto tantas veces, y alabádola en tiernas y numerosas rimas, y menos la afición que de presente le mostraba, puso los ojos en el prendado Arsiano; empleo que á la verdad pudiera tener Sasio por venganza, si su mucho amor la consintiera, porque más que nunca Arsiano amaba á la hermosa Amarantha; y de aquí vino que Sasio y Arsiano adolecieron á un tiempo, con el contino cuidado, con el celoso dolor, con las noches malas y los peores días, y en muy breves Sasio murió, dexando un general sentimiento por cuantas aguas riegan nuestra España, especial en los pastores y hermosas hijas del sagrado Tajo; y pienso que las nueve musas y el mismo Apolo sintieron esta pérdida. ¡Oh, gran padre de la Música, sin duda callabas cuando te llamó la muerte! Tú, con tu voz divina, mil veces alegraste los tristes y aliviaste los dolores ajenos, digno fué tu acento de resonar en los cielos y de mover las peñas en la tierra. ¿Cómo ahora no lo haces en la que te cubre? Vengan, Sasio, de las remotas naciones los hombres raros á llorar tu muerte, y de la propia, llore Filardo, lloren Arsiano y Matunto, y tu traslado Belisa, en quien nos queda tu mayor herencia y nuestro mayor consuelo. Fué puesto Sasio poco distante de su cabaña, en un mármol cavado, negro como el ébano de Oriente, cubierto de otro, blanco como la nieve de la sierra, y en muchas plantas que alrededor tenía se escribieron diversos epitafios en sus loores; mas entre todos el famoso Tirsi, cuyas rimas tantas veces Sasio solía cantar, en el tronco de un olmo, que con sus ramas cubría el ancho sepulcro, escribió estos versos de su mano:

DE TIRSI Á SASIO

Yace á la sombra deste duro canto
el que le enterneciera, si cantara;
dexando al mundo su silencio en llanto,
dexó el velo mortal el Alma cara;
mas no pudieran Muerte y Amor tanto,
si el cielo para sí no le invidiara,
Amor y Muerte dan; recibe el cielo,
el don es, Sasio, y quien le llora el suelo.

Entre las lágrimas justas destos amigos pastores, nació otra justíssima ambición y codicia para heredar la lira del segundo Orfeo: los opositores fueron Filardo y Matunto, Belisa y Arsiano, que aunque enfermo y sin gusto, dexó el lecho y se animó á esta empresa. Pusieron por jueces al venerable Sileno, al celebrado Arciolo, al famoso Tirsi, que todos tres sabían la dignidad de los cuatro pretendientes, y aun esto fué causa de no determinarse, antes remitieron el juicio y la lira á las ninfas del río: ellas la tuvieron un día en su poder y la cubrieron de una rica funda de oro y seda, hecha por las hermosas manos de Arethusa; y assí adornada la enviaron á las deesas de las selvas, donde estuvieron tres días, entre olorosas flores y hierbas, y hecho un carro triunfal, cubierto de hiedra y de frescas ramas, tirado de los dos blancos becerros, fué llevada en él á las diosas de los montes, y allí se consagró á Filida, en cuyo poder, de conformidad de ninfas y pastores, quedó aquel don caro del cielo, y con mayor fuerza que antes mueve á los animales y las gentes por la grandeza de su poseedora. Pero la lástima universal de Sasio y el general aplauso de su muerte, ¿por ventura movieron el pecho de Silvera? Esso no; que moría por Arsiano, y mientras un contento huye, mal puede haber otra cosa que lastime. Juntos estaban un día gran número de pastores y pastoras, caído el sol, gozando de la frescura de un verde pradecillo y del templado viento que soplaba, donde Alfeo los ojos en Finea, Andria los suyos en Alfeo, los de Arsiano en Andria y los de Silvera en Arsiano, Andria rompió el silencio y dixo al son de la zampoña de Silvera:

ANDRIA

Suele en el bosque espesso el animoso
mozo gallardo, que con el agudo
venablo fuerte ha penetrado el crudo
pecho del tigre, del león ó el osso,
Mirarle en tierra muerto, sanguinoso,
y recrearse viendo lo que pudo;
y á las veces, dexándole desnudo,
la piel á cuestas irse victorioso.
¿No he sido digna yo de tanta cuenta
como las fieras, que la muerte suya
baña de invidia mis cansados ojos;
Pues tienes el matarme por afrenta,
y estimas en tan poco mis despojos,
que te ofende mi alma porque es tuya?

Acostumbrado estaba Alfeo á oir estas mancillas y Arsiano á sentirlas por los dos, pero no por esso menguaba punto de su Amor, y como ahora vido que, callando Silvera, Filardo tañía, dixo assí, puestos los ojos en la fingida Amarantha:

ARSIANO

Mientras el más ocioso pensamiento
del bravo mozo, con soberbio pecho,
levanta de su honra ó su provecho
hasta las nubes machinas de viento,
Las vitorias allí de ciento en ciento,
la plata, el oro se le viene al lecho,
y alargando la mano á lo que ha hecho,
se ve de rico pobre en un momento.
Dejando yo estas torres de vitoria,
de triunfos, de riquezas, de despojos,
suelo fingir, pastora, por lo menos,
Que me miras de grado con tus ojos,
mas despiértame luego la memoria,
y quedo con los míos de agua llenos.