Antonio.—Mejor viva yo que no quisiérades vos más que durara lo que habéis dexado y que vuestra bolsa os prestara más aparejo. Pero vos hacéis con el juego lo que ella hace con vos, que le dexáis cuando ella dexa de daros dineros, y assí creo que debe de haberos acaecido agora.
Bernardo.—¿En qué lo veis?
Antonio.—Vuestro gesto lo dice y el semblante que traéis muestra que habéis perdido lo que teníades.
Bernardo.—Pluguiera á Dios que no fuera más de esso, y de lo que me pesa es que no sólo perdí lo que tenía, pero también lo de mis amigos, que treinta ducados me prestaron y tampoco me dexaron blanca dellos.
Luis.—¿Pues por qué dexaste de jugar? Quizá os desquitárades.
Bernardo.—Porque no hallé quien me prestase más dineros.
Antonio.—Yo lo creo bien, que si el juego no os dexa á vos, no le dexaréis vos á él. ¿Y quién os lo ganó?
Bernardo.—Ruiz y Guevara me trataron como os digo.
Antonio.—¿Y por haber perdido habéis de mostrar essa tristeza? Péssame ya que nadie os lo sintiesse por lo que toca á vuestra honra. Ya yo os he visto perder mayor cantidad y no por eso dexasteis de quedar muy alegre y contento.
Bernardo.—No serán pocas veces las que esso me ha acaecido, pero entonces quedárame con qué poder tornar á jugar, y assí no sentía tanto la pérdida, y agora ha días que el juego me tiene fatigado, y no solamente he perdido cuanto tengo, pero también el crédito. Porque ya no hallo quien me preste un ducado, y los que agora me prestaron fué porque les debía más dineros, y quisieron aventurallos porque si ganasse se los pagasse todos. Y también empeñé mi palabra que lo uno y lo otro les pagaría dentro de tercero día, lo cual puedo tan bien cumplir como volar de aquí al cielo.