Luis.—Essa es la mayor pérdida. Porque con ello perdéis la autoridad, la fe que habéis dado, y por ventura perderéis los amigos, que de tales se os volverán enemigos no cumpliendo con ellos lo que habéis quedado.
Bernardo.—Ninguno se obliga á lo imposible, y si no lo tengo, como suelen decir, el rey me hace franco; cuando pudiere les pagaré y en tanto tengan paciencia, pues yo la tengo, no me quedando qué jugar, y lo peor es que gastar, ni con qué remediarme.
Antonio.—Muy mala razón es essa, señor Bernardo, y por lo mucho que os quiero no querría que la dixérades fuera de entre nosotros porque seríades mal juzgado. Y pues que tantas veces tenéis experiencia de los males y daños y desasosiegos que el juego trae consigo, debríades moderaros en jugar, y aun lo mejor sería dexarlo del todo, pues habéis visto la ganancia que sacáis de andaros jugando toda la vida, que en fin no la podéis sacar mejor que todos la sacan, la cual es acabaros de perder del todo si no ponéis remedio en lo porvenir, pues tenéis tiempo para hacerlo.
Bernardo.—Por Dios que me parece, señor Antonio, que queréis contrahacer al raposo, que se vestía en hábito de frayre para predicar á las gallinas; nunca vi yo rufián que después de haber dexado el oficio por faltarle las fuerzas y aparejos para seguirle trayendo un rosario muy largo de agallones, y aun á las veces el hábito de hermitaño, mejor supiese hacer del hipócrita y dar á entender á las gentes ser un sancto sin pecado, que vos lo hacéis agora conmigo como si no tuviese noticias de vuestra vida ni os hubiese conocido hasta agora. Después que habéis jugado lo vuestro y lo de vuestros amigos, y que lo habéis tenido por oficio toda vuestra vida, pensáis de hacerme entender que es muy mala cosa el juego. Muy gran traición le haréis siendo vos de los mayores amigos y privados que él ha tenido y tiene, tratarle tan mal en ausencia; pero á fe que ó él podrá poco ó se vengará de vos en algún tiempo.
Antonio.—Ya le voy yo perdiendo el miedo, aunque no puedo negaros no ser verdad todo lo que habéis dicho, assí dejásedes vos su amistad como yo la he dexado. Por que he conocido sus traiciones y falsedades, sus trapazas y sus engaños. He visto esto, hele cobrado odio y enemistad y tan ruin voluntad, que de muy grande amigo le he hecho muy grande enemigo.
Bernardo.—Ora ya que poco trabajo sería menester para que retornasen á hacer las amistades.
Antonio.—Bien me tenéis entendido, si vos queréis tener paciencia para escucharme un cuarto de hora como la tenéis para jugar cincuenta días y noches, yo os mostraré lo que siento del juego y de los que siguen su blandeza para que entendáis cuál lexos estoy de tornar á caer en este piélago, y por ventura podrá aprovecharos á vos tanto que, aunque no sea muy á vuestro salvo, no dexéis de saliros á buen tiempo deste laberinto en que andáis tan perdido.
Bernardo.—Mirad, señor Antonio; si me queréis predicar los males y daños del juego y el peligro de la conciencia de los que juegan, en mi posada tengo un librillo que se llama Remedio de jugadores, que trata esta materia muy copiosamente; si habéis de decirme lo mismo que en él he leído, bien podéis desde agora excusaros de tomar esse trabajo.
Antonio.—¿Y no os ha aprovechado ninguna cosa lo que aquel frayre os aconseja?
Bernardo.—No, porque con ver que no hacía al propósito de mi voluntad, por un oído me entraba y por otro me salía; porque estoy determinado de no ser sancto como él me quiere hacer.