Antonio.—Pues si no os aprovechó lo quél como buen frayre y muy buen teólogo os ha dicho, por ventura os aprovechará lo que yo como tahur y como hombre que he traído á cuestas los atabales os dixesse, porque serán diferentes cosas y conocidas por pura expiriencia, por haber passado las más dellas por mí y haber visto las otras en otras gentes, y también os quiero decir que no han passado menos por vos. Y pues esse frayre trata lo que principalmente toca al ánima y á la conciencia, yo trataré agora de los males y persecuciones que el cuerpo recibe por el juego, aunque al cabo también diré lo uno como lo otro. Lo primero que tiene el juego es quitar á los hombres el buen conocimiento, para que no entiendan lo que hacen, que si lo entendiesen él quedaría perdido del todo, porque no habría quien le siguiesse, ni aun quien le conociesse, y assí usa deste ardid y de otros muchos, principalmente de dar algunos alegrones de ganancias, para después se le restituya todo con doblada pérdida, de las cuales la mayor de todas es la del tiempo mal empleado. Porque si San Bernardo dice que todas las horas que se duermen se han de quitar y descontar de la vida, ¿qué mayor sueño que el del juego, donde todos los sentidos están tan atentos, la memoria de otras cosas tan olvidada y el juicio tan fuera de sí mesmo, para entender cuál es bueno ni cuál es malo, que, como todos sabemos, muchas veces estamos como beodos, porque conociendo la ventura contraria, los naipes y suertes dellos, en favor de los que juegan con nosotros, de manera que casi claramente nos dicen que hemos de perder, la beodez del juego nos detiene y nos adormece, de manera que no despertamos hasta acabársenos la moneda, y entonces caemos en la cuenta de nuestro daño, cuando ya no tiene remedio? Verdaderamente, señor Bernardo, podéis creer que los que juegan no viven, y que, teniéndolo por oficio, su vida es como sueño, porque cuando comen no toman gusto en los manjares, pensando en lo que han perdido y cómo se desquitarán, y si han ganado cómo acabarán de ganar cuantos dineros hay en el mundo, y tan embelesados están en esto, que acaesce muchas veces acabando de comer preguntarles lo que han comido y no saber decirlo, ni acordarse dello; y con el bocado en la boca van á buscar con quien jueguen, y si á su posada vienen jugadores, primero están los dados ó los naipes en la mesa que se alcen los manteles; y muchas veces les acaesce comenzar á jugar y pasarse aquel día y después la noche y ser otro día sin haberse levantado de un lugar. Esta bien se puede decir que no es vida, pues se passa el tiempo sin vivirlo, y de aquí nascen muchos inconvenientes porque dexan los hombres de entender en lo que toca á las haciendas y al aprovechamiento de sus casas: pierden el cuidado de las mujeres y de los hijos y de lo que es menester proveer para ellos, y tienen en poco la salud de los cuerpos; porque de la desorden del juego suceden muchas enfermedades, que de estar tantas horas y tanto tiempo sentados sin hacer ejercicio, ni movimiento, no se gastan los manjares que se comen, y vienen á corromperse y á engendrar malos humores. Y demás desto, el que pierde porque no se levante el otro con la ganancia, y el que gana porque no se le passe la dicha ó ventura que tiene, aunque tengan necesidad de cumplir con lo que es forzoso con sus cuerpos, se detienen y fuerzan á estar quedos, y desto viene muchas veces la cólica pasión, la estrangurria, la disuria, mal de hijada y otras pasiones diferentes destas, y aun muchas veces tras ellas la muerte. Porque si estos trabajos del juego ó se pasan ó pueden mejor tolerarse en verano, veréis hombres en el ivierno que con estar fuego y brasas en las piezas donde juegan, están tan descuidados y embebecidos en los juegos, que cuando los dexan y se levantan tienen las piernas casi entomidas con el frío, el cual con la humidad les ha penetrado los huesos, y cuando se van á sus camas no pueden calentar en toda la noche, y cuando esto se continúa se vienen á follecer y padecer mill trabajos, poniendo la culpa dellos á otras ocasiones muy diferentes y no al juego, por no perder la amistad que con él tienen. Pues las cabezas de los que juegan desta manera, ¿no padescen detrimento, que los más se levantan con muy grande dolor dellas, y otros tan desvanecidos, que después que se levantan de jugar no se pueden tener en los pies? Tras esto viene que los que han ganado mucho muestren con grandes señales de regocijo la alegría que llevan consigo, y los que han perdido, una incomparable tristeza, teniendo la color mudada, los ojos baxos, el gesto turbado, dándonos tristes y muy profundos suspiros, todo en mengua y afrenta y ignominia suya, no sintiendo los desventurados lo que se platica, lo que se dice y murmura dellos y de su poquedad y desventura. Porque los que assí sienten la pérdida no debían aventurarla por la ganancia, por no mostrar tan gran flaqueza en lo uno como en lo otro. Otros cuando juegan, si están perdiendo se congoxan y trasudan; vereislos limpiar el sudor cien veces, ya dexan las capas, ya las gorras, ya se afloxan los vestidos hasta mostrar las camisas, porque la congoxa de la pérdida les ahoga y quita el huelgo, y así hacen diversos meneos y visajes como si estuviesen locos. De manera que dan qué mirar y qué reir y burlar á los que están presentes. Cada cosa que viene les embaraza; de cada uno que entra se amotinan; cada palabra que oyen juzgan que es en su perjuicio, y en fin, no hay cosa que no les saque de paciencia, y pluguiese á Dios que parassen en esto, y no en perderlo del todo, offendiendo á Dios con las lenguas é blasfemar, que aunque todos no lo hacen en público, pocos hay que en secreto no hablen con Dios muy enojados, y unas veces con el pensamiento y otras veces entre dientes le dicen lo que se les antoja, con palabras desacatadas, tratando entre sí muchas y diversas herejías, que por cada una dellas merecían ser gravemente castigados en el alma y en el cuerpo.
Luis.—Ya esso es salir de lo que cuando comenzasteis esta materia prometisteis: pues dexados los daños del cuerpo, comenzáis á tratar los del alma.
Antonio.—No es posible menos para que vaya bien enhilado; pues tornando á lo que decía, después que se van jugando los dineros y las haciendas, los que los llevan se aprovechan dellos como de dineros de trasgos. Hay algunos tan avarientos y tan codiciosos del juego, que no gastarán en sus casas un real aunque hayan ganado cien ducados, porque no les falte para jugar, teniendo aquello por suma felicidad, y con esto tornan á jugar otro día, perdiendo lo que ganaron sin quedarles ninguna cosa; otros hay contrarios desta opinión, que cuando han ganado les parece que hallaron aquella hacienda en la calle, y assí la gastan y destruyen comiendo demasiada y curiosamente, y haciendo gastos excesivos, de manera que se les cae por entre los dedos, y después cuando tornan á jugar y pierden, páganlo de sus propias haciendas, padeciendo ellos y sus mujeres y hijos y familia.
Luis.—Para esso yo os podré decir lo que pocos días ha yo mismo ví, que un amigo mío ganó en tres ó cuatro veces hasta ochenta ducados, y de hoy á tres días, jugando sobre su palabra, le ganaron los veinte dellos; y fué para mí muy congoxado, rogándome que se los buscase sobre unas prendas, porque no los tenía. Y yo le pregunté qué había hecho de los que ganara. Y queriendo echar cuenta y averiguar en qué los había gastado, jamás pudo llegar al término dellos, y jurábame que más daño recebiría en pagar aquellos veinte que provecho con los ochenta que había ganado.
Antonio.—Todas las ganancias de los tahures son desa manera, y después, cuando no tienen qué jugar, su officio es andar pidiendo emprestado de los unos y de los otros, envergonzándose con muchos que no les dan los dineros. Y si bien se considerase cuán grande affrenta es ésta para un hombre que se tiene en algo, bastaría quitarle del juego de manera que lo aborreciese perpetuamente. Veréis demás desto andar las prendas suyas y de sus amigos de casa en casa empeñadas y (lo que es peor) los vestidos de las mujeres empeñados y vendidos, que muchas veces no les dexan con qué salir de casa, y cuando no hay más que jugar (y aunque lo haya), si han perdido en alguna cantidad, muchos quieren que los de su casa padezcan los desatinos que ellos han hecho, buscando ocasiones para reñir, y el descontento y desabrimiento que traen consigo, hanlo de pagar las mujeres, los hijos y los criados, reñendo con ellos, dándoles y maltratándoles sin causa; de suerte que parece que el juego los dexó locos ó desatinados, y assí andan dando voces por casa como beodos ó gente sin juicio, y después están en sus camas pensando en la pérdida, no duermen sueño, sino dan vueltas á una parte y á otra, sospirar y gemir y andar vacilando, con el sentido sin reposo alguno. Y si el cansancio los vence, para que duerman algún poco, luego despiertan con el sobresalto de la pérdida; de manera que una noche mala de las que assí llevan habían de estimar en más los hombres de buen conocimiento que toda la ganancia que el juego puede darles en la vida, y despegarse de su vicio tan ponzoñoso. Y cuando esto no bastasse, debría bastar lo que saben que han de sufrir los que tienen por oficio andar siempre jugando. Pintadme los caballeros, ó muy valientes, ó personas que estiman en mucho la honra de cualquiera suerte que sean; han de sufrir injurias y afrentas por muchas vías y maneras, porque la codicia de la ganancia les hace jugar con gente vil y de baja suerte, y el juego es de tal condición que los hace á todos iguales. Y assí los inferiores quieren tratar á los otros igualmente, porque si pierden quieren que les sufran y si ganan súfrenlos porque no se levanten con la ganancia. Y cuando un hombre ruin ha dicho una injuria á un hombre honrado y le reprende porque se la ha sufrido, responde éste con pasión, y á los que pierden todos les han de sufrir, y mayor mengua es tomarme yo con aquél. De manera que anda la honra entre los que juegan debajo de los pies, y si hay algunos que son recatados y no sufren (como dicen) cosquillas, son muy pocos, y aun essos no todas veces salen desto tan bien como querrían.
Bernardo.—No habéis dicho cosa que no sea muy verdadera, y por eso he sufrido escucharos. Proseguid vuestra plática, que hasta el cabo della me tendréis muy atento.
Antonio.—Huelgo que toméis gusto de lo que digo, y más holgaría de que os aprovechásedes dello. Pues escuchad, que no he acabado de decir todo lo que siento. ¿Tenéis por pequeño trabajo el andar buscando por las calles y de casa en casa quien juegue, rogando al uno, fatigando al otro, haciendo plegarias, conjurándolos como á espirituados? Y como en los juegos se prestan unos á otros dineros, y la principal causa porque otra vez se los presten al que los da, cuando no hay aparejo para pagarlos, andan los hombres corridos, affrentados de faltar sus palabras y promesas, y assí se esconden muchas veces de aquellos á quien son deudores, y si los ven venir por una calle ellos huyen por la otra, y si van á alguna casa á donde están no entran en ella. Y aun no solamente hacen esto los que no tienen aparejo para pagar, que muchos traen consigo los dineros y tienen en poco esta vergüenza, y disimulan porque no les falte para jugar. No es este el mayor mal, que otros hay muy mayores. Los hombres casados dan muchas veces ocasión á que sus mujeres, viviendo mal, hagan desatinos y los amengüen, lo que no harían por ventura no teniendo tan buen aparejo. Porque como saben que los maridos juegan noches y días y que no han de entender lo que ellas hacen, porque todo su cuidado es en el juego, toman mayor licencia con la libertad y con el tiempo que les sobra para sus pasatiempos deshonestos. Y demás desto suceden los debates y rencillas que hay sobre el juego. Que aunque, como he dicho, se suffran muchas injurias, son tantas y tantas veces, que algunas dellas vienen á parar en sangre y en muertes, como por experiencia se ha visto; de allí suceden pasiones, desafíos y desasosiegos, y quedan los hombres afrentados muchas veces sin poder tomar satisfacción ni venganza de los que los afrentaron. Sin esto veréis una pasión y flaqueza muy grande en muchos de los que pierden ó qué son las plegarias, las rogativas, las amenazas, los conjuros que hacen á los que se levantan del juego para que tornen á jugar con ellos para que dexen de ser jurados, porque este nombre les ponen ó que se han metido frailes. Desta suerte passan la vida los tahures noches y días con estos inconvenientes y otros más dañosos. Porque muchos dellos, cuando les faltan los dineros, procuran haberlos por todas las vías illícitas que pueden, y vienen á hurtar y robar y hacer insultos los hijos á los padres, los criados á los señores, y cuando de esta manera no pueden, lo roban de sobre el altar si lo hallan; y assí algunos lo vienen á pagar en las horcas, y aun si no lo pagan también las ánimas, no son tan mal librados. Y si el juego es tan malo generalmente para todos, los que sirven y son criados de señores tienen mayor obligación de huir y apartarse dél, porque si tienen y les dan cargos en que trayan hacienda entre manos, ó se han de aprovechar della para el juego ó ya que no lo hagan, siempre han de tener á sus amos sospechosos y recatados de que se aprovechan y hurtan para jugar, y sobre esto les dicen mil malicias y mil lástimas, que por ninguna cosa habían de dar ocasión á ellas; y si no tratan ni traen entre manos cosa de que pueda aprovecharse ni hacer menos, sirven muy mal, hacen mil faltas, cuando son menester no los hallan, cuando los buscan no parecen, cuando han de servir están embarazados, si topan con ellos ruegan á los que los llaman que digan que no los hallaron, y si les paresce que no pueden hacer menos de ir, van murmurando, blasfemando, perdiendo la paciencia con todos, diciendo mil injurias en ausencia á sus amos, y, finalmente, nadie puede servir bien jugando; y de mi consejo, quien jugare no sirva ó quien sirviere no juegue.
Bernardo.—Decidme, señor Antonio, ¿por qué no tomáis esse consejo para vos como lo dais á los otros?
Antonio.—Bien habéis dicho si no lo hubiese tomado, y no me acuséis ahora, pero acusadme de aquí adelante si me viérades hacer menos de lo que digo, que aunque haya sido tarde, todavía (como dice el proverbio) vale más que nunca; y porque no se me olvide lo que tengo que decir, tornando al propósito, no veo seguirse provecho ninguno del juego, y que se siguen los daños que he dicho, y tantos, que si todos se hubiessen de decir, sería para nunca acabar. Pero no quiero parar aquí, aunque os parezca que soy largo, porque no es de callar el trabajo que tienen los que se han de andar guardando de los chocarreros, que los que lo son ya tienen perdida la vergüenza á Dios y al mundo. Y como por la mayor parte hacen mayor mal los ladrones secretos que los públicos, assí éstos hacen grandísimo daño en las repúblicas, porque hurtan y roban secretamente las haciendas ajenas, no se guardando las gentes dellos; y para mí por tan gran hurto lo tengo, que á los que assí llevan los dineros mal ganados, con muy gran justicia les podrían poner á la hora una soga á la garganta y colgarlos sin piedad de la horca. Esta es una manera de hurtar sotil, ingeniosa, delicada, encubierta, engañosa y traidora, digna de muy gran castigo; y no veo que jamás se castiga, que las ferias están siempre llenas de ellos, en los pueblos se hallarán á cada passo, y, en fin, las justicias se han muy remisamente en no castigar un delito tan dañoso y perjudicial como éste; que con razón podrían acriminarlo tanto en algunos, que de allí tomasen ejemplo los otros para apartarse de tan mal trato y officio, los cuales, por no verse en este peligro, debrían tomar otra manera de vida, y los tahures, por no andar siempre recatados y recelándose (como los que tienen enemigos y se guardan de traición), sería bien que se apartasen de este vicio del juego, porque es uno de los grandes trabajos que se pueden tener; pero hacen como los beodos, que, sabiendo que el vino les hace mal, lo buscan y procuran, sin recelarse del daño que reciben en beberlo.
Luis.—¿No nos diríades qué son los delitos que cometen y cómo los hacen, pues que generalmente tanto mal decís dellos?