Lerma.—Algunos habrá, si vuessa merced manda no llevarlos á todos por un rasero.
Pimentel.—Si los hay yo no los veo, y reniego del mejor de vosotros, como dixo el que araba con los lobos.
Lerma.—Vámonos, señor Dionisio, que basta lo que el uno al otro nos hemos dicho sin esperar la cólera del señor Pimentel, que yo le veo en términos de ponernos á todos muy presto del lodo.
Pimentel.—Eso será por no esperarse á oir las verdades.
Dionisio.—¿No bastan las que nosotros hemos tratado sin que vuessa merced quiera traer cosas nuevas? Y si han de ser para echarnos de aquí por fuerza, mejor será que nos vamos antes que oyamos con que nos pese.
Lerma.—Aunque yo quisiese detenerme, no puedo hacerlo. Vuessa merced, señor Gaspar, está mejor, loado Dios, y para el dolor del hígado se aplicarán luego los remedios necesarios. Yo me voy por la botica de Dionisio, donde dexaré dada la orden en lo que se hubiese de hacer. No se beba otra agua sino la de doradilla, y con tanto, beso las manos á vuesas mercedes.
D. Gaspar.—No sea esta visitación para olvidarme tanto como estos días.
Dionisio.—No será, porque yo tendré cuidado de ponerlo al señor licenciado para que venga muchas veces.
D. Gaspar.—A vos, señor Dionisio, os pido yo por merced que vengáis, que no huelgo menos con vuessa visitación que con la de cuantos médicos hay en el mundo.
Dionisio.—Yo lo haré así, y agora vuestras mercedes me perdonen, que el licenciado lleva priesa y quiero seguirle porque no se agravie, y aun podrá ser que sospeche que todavía quedamos murmurando.