Leandro.—Dios te dé buena ventura, que más nos hartará tu buena voluntad y gracia que todos los manjares y vinos del mundo, y pues que así es, comencemos á comer, que en verdad yo estaba medio desmayado con pensar que esta noche la habíamos de pasar como camaleones.
Florián.—Nunca Dios hizo á quien desamparase, y yo os prometo que me sabe mejor lo que como y bebo que si estuviéssemos en el mejor banquete que se hace en la corte.
Amintas.—El buen gusto hácelo el buen apetito y la hambre, que es la cosa que mayor sabor pone á los manjares, y así agora no podrá saberos mal el pan de centeno de mi convite que tan buenos bocados os veo dar en él como si fuesse de trigo y de lo muy escogido, blanco y regalado.
Florián.—Así me ayuda Dios que hasta agora yo no había mirado si era de trigo ó de centeno, porque me sabe tan bien, que no tengo cuidado sino de hartarme.
Amintas.—Si queréis, señores, leche migada, aquí la tengo en este cacharro nuevo; bien podéis comer sin asco, que yo os digo está bien limpio.
Leandro.—Está tan sabrosa y tan dulce que ninguna cosa me ha sabido mejor en mi vida. Comed della, señor Florián, que por ventura nunca mejor la comistes.
Florián.—Assí es la verdad, pero no comamos tanta que nos pueda hacer daño.
Leandro.—Bien habéis dicho, que yo ya estoy satisfecho.
Florián.—Y yo muy bien harto. Dios dé mucha salud á quien tan bien nos ha convidado.
Amintas.—Assí haga, señores, á vosotros, aunque no tenéis de qué darme gracias, si no es por la voluntad, que, conforme á ella, de otra manera fuérades convidados.