Leandro.—Dime, hermano mío, ¿cómo es tu nombre?

Amintas.—Amintas, señor, me llamo, á vuestro servicio. Mas decidme, ¿para qué lo preguntáis?

Leandro.—Lo uno para saber de quién hemos recebido tan buena obra, y que cuando se ofreciere tiempo podamos galardonarte della, y lo otro para poderte mejor decir algunas cosas que después que aquí estamos me han pasado por el pensamiento.

Amintas.—Cuando alguna buena obra se hace, ella misma trae consigo el galardón en ser bien hecha, assí que yo me doy por bien pagado si en algo he podido serviros. En lo demás, decid, señor, lo que quisiéredes, que bien aparejado me hallaréis para oiros.

Leandro.—Pues tan buen aparejo hallo en ti, hermano Amintas, para escucharme, quiérote decir lo que estoy considerando, y no me tengas á mal mis razones, porque en el fin dellas conocerás que todas irán enderezadas en provecho y honra tuya; y cuando así no fuere, bien podré yo engañarme, pero mi intención será buena, pues quiero darte en todo el consejo que yo para mí mesmo tomaría, aunque por ello me puedas dar la viga que dicen que está aparejada para quien lo da á quien se lo pide.

Amintas.—Aquellos que son aconsejados mal ó bien, tienen una gran ventaja, y es que no son forzados, antes quedan en su libertad para escoger lo que mejor les está y les pareciere; que de otra manera no sería consejo, sino mandamiento forzoso; así que los que aconsejan, no solamente bien, pero aunque sea mal, han de ser con atención oídos, porque si el consejo es bueno pueden y deben los hombres aprovecharse dél, y si es malo toman las gentes mayor aviso para huir el peligro que consigo trae; aunque para esto yo confieso que hay necesidad de muy gran discreción, porque muchas veces las gentes simples son engañadas con el consejo de los maliciosos.

Leandro.—Tienes tanta razón en lo que dices y tan buenas razones en lo que hablas, y con tan polido y gentil estilo te muestras en tu plática tan prudente, que sólo esto me mueve á decirte mi parecer cerca de lo que debrías hacer de ti y de tu vida; que según siento traes tan mal empleada en la soledad de estos desiertos y montes, y en la braveza destas montañas, á donde aun las bestias fieras parece que de mala voluntad habitarían. Y para que mejor, hermano mío Amintas, puedas entenderme, yo he considerado que, siendo tú un mancebo al parecer de veintiuno á veintidós años, con muy buena disposición en el cuerpo y tan hermoso de rostro que andando tratado de otra manera pocos ó ninguno habría que te hiciesen ventaja, assí en gentileza como en hermosura, teniendo otras gracias que, según lo que de ti hemos visto y conocido no deben faltarte, y sobre todo un buen natural y juicio claro, dotado de gran discreción, con sutil y delicado entendimiento, que lo empleas tan mal todo ello, que con razón podrías ser reprendido de los que te conocen y sienten que podrías tener mayores y mejores pensamientos que no los que muestras andando tras el ganado, en hábito tan humilde que nunca serás ni podrás ser más de lo que agora paresces, que es ser pastor como los otros pastores. Y contentándote con la pobreza y desventura que todos tienen, sin pretender de pasar más adelante ni venir á ser más estimado y temido, habiendo en ti tanta habilidad y suficiencia, á lo que hemos visto y conocido, que más pareces hombre disfrazado que no criado en el hábito que traes. Así que, amigo Amintas, lo que todas las gentes pretenden, que es el valor de la persona y las riquezas, por donde vienen á ser más estimados y tenidos, tú también lo habías de pretender y procurar, no teniendo tan gran descuido para lo que te cumple, que si tú quieres ponerte en mudar el hábito y manera de vivir en que agora andas, yo fiador que ni te falten aparejos para venir poco á poco á poner tu persona en otra manera de vida con que puedas vivir más honrado y contento que agora lo estás, aunque á ti te parezca al contrario de lo que digo.

Florián.—Todas las mudanzas son trabajosas, y aunque sean de mal en bien ó de bien en mejor se hacen con dificultad, porque la costumbre se convierte en otra naturaleza, y assí debe de ser en Amintas, que aunque conozca que vuestro consejo, señor Leandro, es bueno y provechoso, con estar tan acostumbrado, y por ventura toda su vida, en el oficio que agora tiene, dificultosamente querrá dexarlo, que si él quisiesse todos le ayudaríamos para disponer de sí, mudando el hábito y procurando remediarse por otra vía más aventajada y honrosamente.

Amintas.—Conocido he, señores, la intención con que me habéis dicho lo que de mi vida os parece, y que el consejo que me dais es como de personas que deseáis mi bien y lo procuraríades cuando en vuestra mano estuviese, y pues no os lo puedo servir con las otras según mi pobreza, agradecéroslo he siempre con mi voluntad. Pero muy engañados estáis en lo que de mí habéis juzgado, porque yo voy por otro camino muy diferente del que á vosotros os parece que siga, y no debéis maravillaros mirando lo que comúnmente se dice: que cuantas cabezas hay, tantos son los pareceres y juicios diferentes. Vosotros fundáis vuestra opinión en aquello que tenéis por mejor y más bien acertado, porque así está concebido y determinado en vuestro entendimiento, y á mí pónenseme delante otras razones tan fuertes en lo contrario, que no me dexan determinar en dexar la vida que tengo, ni en que tenga por mejor otra ninguna de las que las gentes tienen; y si no fuesse por no cansaros y haceros perder el sueño, que os será más provechoso, yo las diría, para que viésedes que no me faltan razones, si por ventura con ellas me engaño, para querer ser pastor, como lo soy, y no tener en nada todo lo que el mundo para valer más me pueda poner delante.

Leandro.—No podrás, Amintas, darnos mejor noche que será con oirlas, que el sueño no nos hace falta, y pues que descansamos recostados en esta verde frescura, por amor de mí te ruego que prosigas hasta el cabo de tu plática, que de muy buena gana escucharemos, para poder entender qué causas pueden á ti moverte, fuera de la simpleza que los otros pastores tienen, para tener y estimar en mucho la vida que todos tenemos en poco, huyendo della con todo nuestro poder y fuerzas, y que tú por tu voluntad quieras seguirla, mostrando tan gran contentamiento con ella.