Licenciado.—Así es la verdad; pero lo mejor sería que no los aparejasen ni los hubiesen.

Ruiz.—Contraria opinión es esta de la común, porque todos los hombres generalmente querrían comer y beber lo mejor que pudiesen.

Licenciado.—Si comiendo bien, digo de buenas cosas, no comiesen más de aquello que les basta para sustentarse, no es muy mala opinión la que decís; pero por la mayor parte nacen della la desorden y vienen los hombres con el aparejo á comer más de lo necesario, sin sentirlo, y assí sin sentirse se recrece dello el daño, y cuando ya se siente, muchas veces no puede remediarse, y aun algunas cuesta tan caro, que suele perderse por ello la vida.

Salazar.—Pues lo que con todas essas condiciones el día de hoy más se usa en esta tierra es comer y beber sin temor, y después venga lo que viniere.

Licenciado.—También se usa morirse las gentes muy más presto de lo que solían en otros tiempos.

Salazar.—¿Y es por ventura el comer la causa?

Licenciado.—Sí, por la mayor parte, y si queréis escuchar la razón, yo os la diré para que lo entendáis notoriamente. En los tiempos antiguos que los hombres vivían con mayor simplicidad que agora, y contentándose con lo que la naturaleza les aparejaba para su mantenimiento, sin andar buscando otras nuevas formas de composiciones en los manjares que comían, vivían los hombres muy largos tiempos, como á todos es notorio la larga vida de Adán, nuestro primero padre, de Matusalén y de otros muchos, los cuales se contentaban con comer solas las frutas silvestras, y principalmente debían de ser bellotas y castañas, y otras desta manera, porque después del diluvio de Noé que ya habían pasado muy largos tiempos, las gentes comían esto mesmo y se sustentaban con ello, principalmente los de la provincia de Arcadia. Los atenienses su mantenimiento eran higos secos. El de los caramanos, dátiles. El de los meotides, mijo. El de los persas, mastuerzo. Los de Tirinto comían peras silvestres, y assí otras naciones se mantenían de otras diferentes frutas y raíces, de las cuales dicen que era la principal la de una hierba que llamamos grama, hasta que vino aquella mujer llamada Ceres, que andando buscando las simientes de las hierbas que eran buenas para comer, halló la simiente del trigo y la manera que había de tener para hacerse pan della, y por esta causa fue adorada por diosa entre los gentiles. Y cuando los antiguos comían algunas carnes no andaban buscando que fuesen sabrosas ni delicadas, ni buscaban de darles otro nuevo sabor con las salsas y aparejos que agora se les hacen. Y así cuenta Homero que Alcinoo, rey de los feaces, teniendo por huésped á Ulises y por convidados á todos los principales de su reino, para el banquete que les hizo mandó matar doce ovejas y ocho puercos y dos bueyes, que estonces debían ser los más preciados manjares que se usaban; y en este tiempo también tenían los hombres muy larga la vida, y como comenzaron á inventar manjares nuevos y compuestos, así comenzaron á debilitar y enflaquecer con ellos los estómagos, porque la diversidad de los sabores que hallaban en ellos les hacía comer más de lo que podían gastar los estómagos. Y así dice Galeno que del tiempo de Hipócrates hasta el suyo, la naturaleza estaba debilitada en los hombres, y el tiempo de Galeno acá también lo deben de estar mucho más, pues siempre vemos que van en disminución de los años de la vida, y que viven agora menos que solían; pero la culpa que ponemos á la naturaleza no es suya, sino de nuestra desorden, porque si tuviéssemos mayor concierto y templanza en el comer y beber, nuestra vida generalmente sería muy más larga. Y así lo dice Hipócrates en el libro sexto de Las enfermedades populares: El concierto de nuestra salud en esto consiste que comamos con tanta templanza que nunca nos hartemos de los manjares; y si en algún tiempo hubo desorden y desconcierto es en el de agora, que cuando me pongo á pensarlo de ver las invenciones que las gentes han procurado, todo en daño de sus vidas, como si las tuviesen por enemigas y su intención no fuese otra sino de acabarlas muy presto.

Quiñones.—No es mala materia ni poco provechosa lo que se trata, si el señor licenciado la lleva adelante así como la ha comenzado.

Licenciado.—Si vuestras mercedes huelgan de oirla, yo me iré declarando más particularmente, aunque no aproveche para más de que entendamos el yerro que hacemos, porque verdaderamente es muy grande, y tan grande, que yo no he visto mayor desatino que el que agora se ha introducido en el mundo, á lo menos en la christiandad, que en las otras naciones de gentes son más templadas y viven más moderadamente. Solían en nuestra España comer las personas ricas y los caballeros un poco de carnero assado y cocido, y cuando comían una gallina ó una perdiz era por muy gran fiesta. Los señores y grandes comían una ave cocida y otra assada, y si querían con esto comer otras cosas, eran frutas y manjares simples. Agora ya no se entiende en sus casas de los señores sino en hacer provisión de cosas exquisitas, y si con esto se contentasen, no habría tanto de qué maravillarnos; pero es cosa de ver los platillos, los potajes, las frutas de sartén, las tortadas en que van mezcladas cien cosas tan diferentes las unas de las otras, que la diversidad y contrariedad dellas las hace que en nuestro estómago estén peleando para la digestión. Y es tanto lo que en esto se gasta, que á mi juicio ha encarecido las especias, la manteca, la miel y la azúcar, porque todo va cargado dello, y como comen á la flamenca, con cada servicio que llevan va un plato destos para los hombres golosos, y con no tocarse algunas veces en ellos, tienen mayor costa que toda la comida. Y comer de todos estos manjares diferentes (aunque cada uno dellos sea simple) sería muy dañoso, cuanto más siendo los más dellos compuestos, que muchos hay dellos que llevan encorporadas diez y doce y veinte cosas juntas, no mirando lo que Plinio dice contra ello en el undécimo capítulo de la Natural Historia, cuyas palabras son: El manjar simple para los hombres es muy provechoso, y el ayuntamiento de manjares es pestilencia, y más dañoso que pestilencia cuando los manjares son adobados. Y lo peor de todo es que, muchos, cuando se sientan á la mesa y aun casi todos, como es cosa natural, luego procuran satisfacer á la hambre que llevan y comen hasta hartarse de lo primero que les ponen delante, y pudiéndose levantar y sustentar con ello conservando su salud y vida, como después vienen otras cosas nuevas y que despiertan en la golosina el apetito, aunque no hagan sino probar de cada uno un bocado, hacen tan gran replición en el estómago, que no pueden gastarse, y desasosiegan y dan trabajo al que las ha comido. Y esto es lo que dice Galeno en el tercer libro de Régimen: Que la diversidad de las cosas que se comen, cuando no son semejantes en sus virtudes, hacen en el estómago desasosiego. Y en otra parte: Las cosas compuestas de muchas sustancias son de muy más fácil corrupción que las simples y compuestas de pocas; pero todo esto no basta para que las gentes se concierten en el comer, porque con ver los hombres plebeyos la desorden que los que pueden y tienen mayores haciendas y más aparejo hacen, toman argumento para comer y gastar más de lo que tienen, y en esto está tan estragada la razón y tan perdida la buena regla, que hay muchos que, no teniendo sino dos reales, aquello dan por una trucha ó por una gallina, que comen aquel día sin mirar á lo de adelante, y todo cuanto ganan lo echan en comer, sin guardar un maravedí, y, después, si caen enfermos ó se han de morir de hambre ó han de hacer que pidan por Dios para ellos, y esto tienen en menos que dejar de probar todas cuantas cosas buenas y preciosas vienen á venderse, cuesten lo que costaren.

Ruiz.—No se puede negar todo lo que vuestra merced dice ser assí; pero muchas cosas hay que, aunque se conozca en ellas el yerro, no hay orden para que pueda remediarse, como es esto del comer desordenado de la gente común, porque no se les puede ir á la mano en ello, sino que han de hacer lo que quisieren, como coman de sus haciendas y no de las ajenas.