Licenciado.—Bien se parece que no ha leído vuestra merced algunos autores que tratan de una ley que los romanos hicieron y se guardó mucho tiempo en Roma, y principalmente lo cuenta Macrobio en el tercero libro de las Saturnales.

Ruiz.—¿Y qué ley era essa?

Licenciado.—Una ley que mandaba por ella que todos comiesen públicamente en los portales de sus casas y que hubiesse por los barrios repetidos veedores que andaban de casa en casa mirando si alguno comía más curiosamente ó suntuosamente de lo que convenía á su estado, y luego eran castigados por esto, y si por acaso lo querían comer en ascondido, no podían, porque no osaban comprarlo, temiendo ser acusados de quien lo viese, y aun por ventura de quien lo vendía; y como estonces se cumplía esta ley, también se podía hacer agora, y aun en algunas partes se guarda alguna cosa della, porque dicen que en Francia los villanos no pueden comer gallina ninguna, ni los perniles de los tocinos, si no fuesse con mucha necesidad.

Quiñones.—Bien lejos estamos de que en España se hagan essas leyes ni se guarden tampoco, y hablar en ello es predicar en desierto.

Licenciado.—Yo no lo digo porque se ha de hacer, sino porque sería justo que se hiciese; y lo que más principalmente convendría es que los caballeros y señores y grandes se moderasen en sus gastos excesivos, y que ellos mismos, juntándose, hiciesen entre sí mesmos una ley, ó que nuestro emperador lo hiciese, de que en ningún banquete ni comida suntuosa se sirviesen sino tantos platos tasados; porque después que un hombre come de cuatro manjares ó cinco, el estómago está satisfecho y todo lo lo demás es superfluo, que no aprovecha para otra cosa sino para estragar los estómagos y disminuir la salud y las haciendas, y tan disminuídas, que de aquí viene que solían hacer más los señores y mantenerse más gentes y criados con cuatro cuentos de renta que agora con doce, y entonces ahorraban dineros para sus necesidades, y estaban ricos y prósperos, y agora siempre andan empeñados y alcanzados, y todo esto se gasta en comer y en beber, principalmente si tienen huéspedes, si andan en corte, que han de hacer plato, porque entonces tienen por mayor grandeza lo que sobra y se pierde y se gasta bien gastado. Y verdaderamente esta es la principal causa de sus necesidades, que de andar los señores ó un caballero en la corte un año ó dos haciendo estos gastos vienen á ponerse en necesidad, que con estar otros cuatro en sus casas ahorrando y estrechándose no pueden salir della y muchas veces en su vida. Y el mayor daño de todos es que lo mesmo quiere hacer un señor de dos cuentos de renta que de quince, y también quiere que sirvan á su mesa veinte y treinta platos diferentes, como si no gastasen en ello dineros.

Quiñones.—Poco es para lo que agora se usa, que ya en un banquete no se sufre dar de ochenta ó cien platos abajo, y aun averiguado es y notorio que ha poco tiempo que en un banquete que hizo un señor eclesiástico se sirvieron setecientos platos, y si no fuera tan público, no osara decirlo por parecer cosa fuera de término.

Ruiz.—Mal cumple ese y todos los otros señores eclesiásticos lo que son obligados conforme aquel decreto que dice que los bienes de los clérigos son bienes de los pobres, porque después de gastado lo necesario para sí y para su familia, todo lo demás tiene obligación de gastarlo con ellos, so pena de ir al infierno como quien hurta hacienda ajena, pues hacen esos banquetes á los ricos, y sin necesidad, quitándolo á la gente pobre y necesitada. Pero todos me parece que van igualmente desordenados, sin tener atención ninguna sino á comer y beber á su voluntad.

Licenciado.—Bien conforma esso con lo que Valerio Máximo dice de la costumbre que se solía tener en el comer antiguamente, lo cual trata por estas palabras en el segundo libro de Las instituciones antiguas: Hubo en los tiempos pasados, en los antiguos, grandísima sencilleza y templanza en el comer, lo cual es demostración muy cierta de su moderación y continencia, porque no comían manjares los cuales por su demasía hubiesen vergüenza de que todos los viesen. Estaban en tanta manera los hombres de mayor autoridad en sus pueblos continientes, que lo que más ordinariamente comían eran poleadas ó puchas, y con ellas se contentaban. Y en el mismo capítulo y libro torna á decir: La templanza en el comer y beber era como verdadera madre de su salud, y enemiga de los manjares superfinos y apartada de toda abundancia de vinos y de todo uso demasiado de destemplanza. Agora me parece que todo es ya al contrario de lo que Valerio ha dicho, como si toda la bienaventuranza de la vida consistiese en el comer y beber destempladamente, y muy pocos hay que no pecan en este vicio si no son los que no tienen ni pueden más, que destos Dios sabe su buena voluntad. Y deste comer mucho y beber demasiado se siguen grandes daños é inconvenientes que todos ayudan á destruir y desconcertar la vida, como lo trata Hipócrates en el libro De afectionibus, Acaccio Antiocheno en el tercero libro Tetrablibii, y esto procede de que no puede el estómago con los muchos manjares, ni con la diversidad ni abundancia dellos para gastarlos y digirirlos. Y así dice el filósofo en el quinto capítulo del tercero libro De partibus animalium: Es verdad que el calor natural no gasta ni digiere lo que se come demasiado, no porque él sea pequeño, sino porque comemos más de lo que es necesario para sustentarnos; pero nosotros no tenemos atención á esto, sino á ser unos epicuros, teniendo este vicio por suma felicidad; y es la desorden tan grande, que si hoy hubiese quien tornase á sustentar esta opinión epicúrea de nuevo, no faltaran gentes que con muy gran afición y voluntad la siguiessen. Y dejando lo del comer, qué destemplanza tan grande es la del vino, que ya que en muchos no se muestra la beodez y desatinos que del demasiado beber proceden, á lo menos veremos la curiosidad en buscar vinos de olor y sabor exquisitos, no teniendo en nada la costa que se hace por estar proveídos dellos, aunque éste no le tengo por gran vicio cuando la templanza anda de por medio, de manera que no beban demasiado ni reciban daño en su salud por lo que bebieren.

Salazar.—Paréceme que el señor licenciado de teólogo se ha vuelto médico; pero bien es que los hombres sean estudiosos, de manera que puedan hablar en todas las materias que se propusiesen, que quien lo viere alegar tantas autoridades á su popósito, parecerle ha que no ha estudiado más teología que medicina, y con todo esto no quiero que se vaya alabando que no halla contradicción en todos nosotros para lo que ha dicho, porque yo quiero agora decir que no hará poco cuando le hubiera dado buena salida.

Licenciado.—Haré lo que pudiere, pues que hasta agora no me ha obligado á más que á esto.