Salazar.—Ni yo quiero más tampoco, y para que mejor nos entendamos, lo principal que vuesa merced ha dado y sobre lo que más ha fundado su intención es la templanza de los antiguos en el comer y beber, y hay tantas cosas que alegar contra esto, que creo que algunas se ofreceran á mi memoria. Y la primera es la destemplanza del gran Alejandro en los convites, que con ella vino á matar á Clito, su familiar y muy privado, y después en Babilonia se estaban haciendo banquetes y fiestas cuando le dieron la ponzoña con que le mataron. Sin esto, á todos es notorio cuán destemplado fué el emperador Nerón, que muchas veces duraban los banquetes desde un día á la hora que él y sus convidados se sentaban á la mesa hasta otro día á la mesma hora. De Heliogábalo todos saben los grandes y excesivos gastos que hacía en procurar manjares preciosos y delicados y costosos, tanto que algunos quieren decir que hacía buscar papagallos que de los sesos dellos pudiesen hacer salsa que bastara para muchos convidados que con él comían. No es menos lo que se dice del emperador Galba, y de Joviniano escribe Bautista Ignacio que, comió tanto en una cena, que por no gastarlo se murió. Otro tanto dice Eufesio de Domicio Afro, y el banquete que Marco Antonio hizo á Cleopatra todos lo saben, y el que ella le tornó á hacer, que porque fuese más costoso deshizo en vinagre una perla de tan grande estima que no le podían poner precio, y con él se hizo una salsa de que comió Marco Antonio. También es autor Flavio Vopisco, que uno llamado Phiago comía cien panes y una ternera y un puerco á un comer, aunque parece esto cosa que se creerá de mala gana. Eracides, griego, era tan gran comedor, que convidaba á los que querían comer con él á cualquiera hora del día por tornar á comer con ellos muchas veces. De los pueblos de Asia y de los asirios, muchos escriben que no entendían sino en comer y beber, y que en esto ponían su bienaventuranza; y lo que más se puede notar de todo es lo que escribe Julio César en el libro llamado Anticatones, que Marco Catón uticense, con todas las virtudes que dél se cuentan, era tan destemplado en el comer y beber, que muchas veces pasaba toda una noche sin dormir por estar en los banquetes. Quinto Ortensio, orador, fué el primero que hizo en Roma que los pavos se comiessen, y Sergio Orata, según dice Plinio, inventó estanques en el lago bayano por tener en él las ostras para vender á la gula de los romanos, y Lúculo rasgó una montaña sobre Nápoles á grandísima costa para hacer un estanque para tener pescado con que satisfacer su gula. Y porque me parece que bastan los ejemplos que he traído, oígan vuesas mercedes las palabras de Macrobio en el libro tercero de las Saturnales, las cuales son éstas: Quién negará haber sido grandíssima y indómita gula entre los antiguos, los cuales de mar tan largo traían instrumentos á su desorden, como son las lampreas que echaban en los estanques, y sin éstas, hay muchas cosas y autoridades que podrían hacer al caso para probar que los antiguos no tuvieron la templanza que el señor licenciado ha dicho; pero si él me satisface á esto, yo me daré por satisfecho en todo lo demás que pudiere alegar.

Licenciado.—En trabajo me ha puesto el señor Salazar, porque no tienen tan poca fuerza sus argumentos y razones que no será dificultosa la respuesta; pero yo espero en Dios de darle tan buena salida que le contente y confiesse ser verdad lo que yo he dicho. Y digo que es assí, que también entre los antiguos hubo algunos golosos y desordenados, tanto y más que agora lo son, y que se hacían los banquetes y gastos excesivos en muy gran cantidad; pero esta desorden no era general como agora lo es, sino particular, y de manera que generalmente parecía mal á todos, porque no hay ciudad tan bien ordenada donde no haya algunos delitos, ni campo de soldados tan bien concertado que no haya en él algunos revoltosos, ni aun monasterio, si es de muchos frayles, que no esté en él algún desasosegado, y así no es mucho que entre tan gran multitud de gentes como en los tiempos antiguos había en el mundo, hubiese algunos dados á la desorden de la gula, así como el señor Salazar lo ha dicho, que de creer es que aún serán muchos más de los que dice; pero éstos, en comparación de los otros que usaban de la templanza, es como una estrella para todas las que hay en el cielo, y una golondrina, como suelen decir, no hace verano, ni diez granos de neguilla en un muelo de trigo no son causa de que se haga mal pan, ni es justo que por tan pocos golosos condenemos á muchos templados; y la mayor señal de que lo eran es que luego se conocían entre ellos los que se desmandaban en el comer y beber demasiadamente. Y los poetas y oradores tratando de este vicio lo traían por exemplo para que los que después dellos viniesen, pensando que las gentes habían siempre de permanecer en la templanza que ellos comúnmente guardaban; pero agora en nuestros tiempos así podríamos notar un hombre templado y tenerlo en mucho, como si viésemos alguna cosa muy nueva, y los que lo son es porque no pueden más, que la gula y la curiosidad del comer está tan desenfrenada en todos, que es cosa para espantar á los que bien lo consideraren, y lo que peor es que los pobres y los que poco pueden muchas veces son más golosos y destemplados que los ricos, y no se contentan con un manjar ni con dos ni con tres, que querrían comer cincuenta si pudiessen. Y entre los antiguos no debían ser menos cinco que agora ciento, porque así dice Juvenal en la primera sátira reprendiendo este vicio: ¿Quién hubo entre los antiguos que en los convites secretos comiesse siete manjares? Como si dixese: Gran desorden es la que agora hay en Roma, pues que hay banquetes en que se sirven siete platos diferentes, lo cual nunca se hizo entre los antiguos. Y pues que Juvenal en su tiempo reprendía este desconcierto, ¿qué hiciera en el nuestro viendo los grandes desconciertos que ya vienen en dar en locura? En que, como he dicho, no sería poco necesario el remedio, como lo pusieron los atenienses con los criados y hijos de uno que se llamaba Nosipio, que porque supieron que comía y bebía demasiadamente, mandaron que no comiesen con él, porque no quedasen avezados á aquella mala costumbre. Agora hombres hay que comen mucho; pero si lo pide su estómago, no son tanto de reprenderle como los que quieren comer de muchos y diferentes manjares, adobados con mucha diversidad de cosas, entre las cuales unas son calientes, otras son frías, unas templadas y otras sin ninguna templanza; unas son duras y pessadas y otras son fáciles de gastar, de manera que la virtud del estómago se embaraza con ellas y no puede recebir tanto provecho que no será mayor el daño para no sé conservar la salud ni la vida. Y torno á decir que teniendo atención á la moderación y buena regla que los antiguos tenían en sus comidas, que todos agora se habrían de moderar en ellas, y principalmente los grandes señores, á lo menos en no hacer gastos superfluos y sin provecho, que después que se sirven lo que se pueden comer, y hasta sin hacer falta, no han de querer que se sirva lo demás para sólo el humo de la autoridad y de la grandeza, pues se conoce el poco provecho y el gran daño que se recibe. Y aun el mundo y la gente conocen dél tiene muy gran razón de agraviarse, porque esto es causa de que los mantenimientos se hayan subido en precios tan excesivos, porque saben que hay muchos que los compren y gasten y que han de hallar por ellos lo que pidieren y quisieren llevar. Y en verdad que no sería mal hecho que en esto se pusiese algún remedio y se hiciesse alguna ley en que se diese orden para remediarlo. Y porque me he divertido de lo que queda con el señor Salazar, que fué satisfacerle á sus objeciones, quiero saber si queda satisfecho con lo que he respondido, porque á no lo estar, yo me conformaré con su buen parecer y juicio.

Salazar.—No faltará qué poder replicar, pero yo sé que vuesa merced me satisfará tan bien á ello como á lo pasado, y assí lo quiero dexar, aunque no fuera malo que con reprender la desorden y destemplanza de las comidas se hubiera dicho algo de la que se tiene en el tiempo dellas, porque también se estima por grandeza no tener orden ni concierto en esto, haciendo del día noche y de la noche día, y caando han de comer á las diez del día comen á las dos de la tarde, y si han de cenar á las seis de la tarde cenan á las once y á las doce de la noche, assí que es una confusión y desatino la que ellos tienen por orden y concierto.

Ruiz.—Bien entendida está ya esta materia, porque el señor licenciado la ha tratado tan bien en tan pocas palabras, que queda poco por decir de lo dicho, y paréceme que no habrá menos que tratar de la desorden que se tiene en los vestidos y gastos que en ellos se hacen, porque no tienen menos destruído el mundo ni es menos el yerro que las gentes cometen en este desatino.

Licenciado.—Essa es materia más larga y para tratarse más despacio que el que agora tenemos, porque la noche se viene acercando y el sereno, con el frescor del río, podría hacernos daño si más nos detuviésemos, y si vuestras mercedes mandasen, será bien que nos vamos.

Quiñones.—También el señor licenciado se ha querido en esto mostrar médico como en lo pasado, y pues es su consejo tan bueno, justo será que lo sigamos.

Ruiz.—Por entre las huertas podremos ir, por no volver por donde venimos.

Salazar.—Guíe vuestra merced delante, que todos le seguiremos.

Finis.

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