Bien haya el amor. Amén.
No sé si temeroso don Juan de la indignación de Lisis, quiso con este segundo romance disculparse de los agravios que le hacía en el primero; aunque a costa de los enojos de Lisarda, que enfadada de este cuanto gloriosa del otro, le mostró en un gracioso ceño con que miró a don Juan de lo que el falso amante se holgaba, porque a no ser así, tratara con más secreto y cordura esta voluntad, y no tan a descubierto, que él mismo se preciaba de amante de Lisarda, y mal correspondiente de Lisis. Prestaron luego todos muy grande atención y cuidado a don Alonso, que empezó su maravilla de esta suerte:
—Ya suele suceder, auditorio ilustre, a los más avisados, y que van más en los estribos de una malicia, caer en lo mismo que temen, como lo veréis en mi maravilla, para que ninguno se confíe de su entendimiento ni se atreva a probar a las mujeres, sino que teman lo que les puede suceder, estimando y poniendo en su lugar a cada una, pues al fin una mujer discreta no es manjar de un necio ni una necia empleo de un discreto: y para certificación y prueba de esto mismo, digo de esta suerte:
NOVELA CUARTA.
EL PREVENIDO ENGAÑADO.
Tuvo la ilustre ciudad de Granada (milagroso asombro de las grandezas de la Andalucía) por hijo a don Fadrique, cuyo apellido y linaje no será justo que se diga, por los nobles deudos que en ella tiene; solo se dice que su nobleza y riqueza corrían parejas con su talle, siendo en lo uno y lo otro el de más nombre, no solo en su tierra sino en otras muchas donde era conocido, no dándole otro que el del rico y galán don Fadrique.
Murieron sus padres, quedando este caballero muy mozo, mas él se gobernaba con tanto acuerdo que todos se admiraban de su entendimiento, porque no le parecía de tan pocos años como tenía; y como los mozos sin amor dicen algunos que son jugadores sin dinero o danzantes sin son, empleó su voluntad en una gallarda y hermosa dama de su misma tierra cuyo nombre era Serafina, y un serafín en belleza, aunque no tan rica como don Fadrique.
Apasionose tanto por ella cuanto ella desdeñosa le desfavorecía, por tener ocupado el deseo en otro caballero de la ciudad (lástima por cierto bien grande que llegase un hombre de las cualidades de don Fadrique a querer donde tenga otro tomada la posesión); no ignoraba don Fadrique el amor de Serafina, mas parecíale que con su riqueza vencería mayores inconvenientes, y más siendo el galán que la dama amaba ni de los más ricos ni de los más principales.