¡Ay bien sentidos males!

Poderosos seréis para matarme,

Mas no podéis hacer

Que amor se acabe.

Con tanto gusto escuchaba Fabio la lastimosa voz y bien sentidas quejas, que aunque el dueño de ellas no era el más diestro que hubiese oído, casi le pesó de que acabase tan presto.

El gusto, el tiempo, el lugar y la montaña le daban deseo de que pasara adelante, y si algo le consoló el no hacerlo, fue el pensar que estaba en parte que podría presto con la vista dar gusto al alma, como con la voz había dado aliento a los oídos; pues cuando la causa fuera más humilde, oír cantar en un monte era de no pequeño alivio para quien no esperaba sino el aullido de alguna bestia fiera.

En fin, Fabio, alentado más que antes, prosiguió su camino en descubrimiento del dueño de la voz que había oído, pareciéndole no estar en tal parte sin causa, llevándole enternecido y lastimado a oír quejas en tan áspera parte. Notable piedad y generosa acción enternecerse de la pasión ajena.

Iba Fabio tan deseoso de hablar al lastimado músico, que no hay quien sepa encarecerlo: y porque no se escondiese, iba con todo el silencio posible.

Siguiendo en fin por la margen de la cinta de cristal, buscando su hermoso nacimiento, pareciéndole que sería el lugar que atesoraba la joya que a su parecer buscaba con alguna sospecha de lo mismo que era; y no se engañó, porque acabando de subir a un pradillo que en lo alto del monte estaba, morada solo para la casta Diana o para alguna desesperada criatura, al cual hacía por una parte espaldas una blanca peña, de donde salía un grueso pedazo de cristal, sabroso sustento de las flores, verdes romeros y graciosos tomillos, vio recostado en ellos un mozo, que al parecer su edad estaba en la primera de sus años, vestido sobre un calzón pardo, una blanca y erizada piel de algún cordero, su zurrón y cayado junto a sí, y con sus abarcas y montera.

Apenas le vio, cuando conoció ser el dueño de los cantados versos, porque le pareció estar suspenso y triste, llorando las pasiones que había cantado.