Hay en Nápoles, como una milla apartada de la ciudad, camino de Nuestra Señora del Arca, imagen muy devota de aquel reino, y el mismo por donde se va a Piedrablanca, como un tiro de piedra del camino real, a un lado de él, un humilladero de cincuenta pies de largo y otros tantos de ancho: la puerta del cual está hacia el camino, y en frente de ella un altar con una imagen pintada en la misma pared.
Tiene el humilladero estado y medio de alto, el suelo es una fosa de más de cuatro en hondura que coge toda la dicha capilla, y solo queda alrededor un poyo de media vara de ancho por el cual se anda todo el humilladero. A estado de hombre, y menos, hay puestos por las paredes unos garfios de hierro en los cuales cuelgan a los que ahorcan en la plaza; y como los tales se van deshaciendo, caen los huesos en aquel hoyo que, como está sagrado, les sirve de sepultura.
Pues a esta parte tan espantosa guió sus pasos Laura, donde a la sazón había seis hombres que por salteadores habían ajusticiado pocos días hacía: la cual, llegando a él con ánimo increíble (que se lo daba amor), tan olvidada del peligro cuanto acordada de sus fortunas, pues podía temer si no a la gente con quien iba a negociar a lo menos caer dentro de aquella profundidad, donde si tal fuera jamás se supiera de ella.
Ya he contado como el padre y hermanos de Laura, por no verla maltratar y ponerse en ocasión de perderse con su cuñado, se habían retirado a Piedrablanca, donde vivían (si no olvidados de ella, a lo menos desviados de verla).
Estando don Carlos acostado en su cama al tiempo que llegó Laura al humilladero, despertó con riguroso y cruel sobresalto, dando tales voces que parecía se le acababa la vida.
Alborotose la casa, vino su padre, acudieron sus criados; todos confusos y turbados, y solemnizando su dolor con lágrimas le preguntaban la causa de su mal, la cual estaba escondida aun al mismo que la sentía.
El cual, vuelto más en sí, levantándose de la cama y diciendo: «En algún peligro está mi hermana», se comenzó a vestir a toda diligencia, dando orden a un criado para que luego al punto le ensillase un caballo, el cual apercibido saltó en él, y sin querer aguardar que le acompañase algún criado, a todo correr de él partió la vía de Nápoles con tanta prisa que a la una se halló en frente del humilladero, donde paró el caballo de la misma suerte que si fuera de piedra.
Procuraba don Carlos pasar adelante, mas era porfiar en la misma porfía; porque atrás ni adelante era posible volver, antes, como arrimándole la espuela quería que caminase, el caballo daba unos bufidos espantosos.
Viendo don Carlos tal cosa, y acordándose del humilladero, volvió a mirarle, y como vio luz que salía de la linterna que su hermana tenía, pensó que alguna hechicería le detenía, y deseando saberlo de cierto, probó si el caballo quería caminar hacia allá, y apenas hizo la acción cuando el caballo, sin apremio alguno, hizo la voluntad de su dueño; y llegando a la puerta con su espada en la mano, dijo:
—Quienquiera que sea quien está ahí dentro, salga luego fuera, que si no lo hace, por vida del rey que no me he de ir de aquí hasta que con la luz del día vea quién es y qué hace en tal lugar.