Laura, que en la voz conoció a su hermano, pensando que se iría y mudando cuanto pudo la suya, le respondió:

—Yo soy una pobre mujer, que por cierto caso estoy en este lugar; y pues no os importa saber quién soy, por amor de Dios que os vayáis: y creed que si porfiáis en aguardar, me arrojaré luego al punto en esa sepultura, aunque piense perder la vida y el alma.

No disimuló Laura tanto la habla que su hermano, que no la tenía tan olvidada como ella pensó, dando una gran voz, acompañada con un suspiro, dijo:

—¡Ay hermana, grande mal hay, pues tú estás aquí; sal fuera, que no en vano me decía mi corazón este suceso!

Pues viendo Laura que ya su hermano la había conocido, con el mayor tiento que pudo, por no caer en la fosa, salió arrimándose a las paredes, y tal vez a los mismos ahorcados, y llegando donde su hermano lleno de mil pesares la aguardaba, y no sin lágrimas, se arrojó en sus brazos, y apartándose a un lado supo de Laura en breves razones la ocasión que había tenido por venir allá, y ella de él la que le había traído a tal tiempo; y el remedio que don Carlos tomó fue ponerla sobre su caballo, y subiendo asimismo él, dar la vuela a Piedrablanca, teniendo por milagrosa su venida; y lo mismo sintió Laura, mirándose arrepentida de lo que había hecho.

Cerca de la mañana llegaron a Piedrablanca, donde sabido de su padre el suceso, haciendo poner un coche, metiéndose en él con sus hijos e hija, se vino a Nápoles, y derecho al palacio del virrey, a cuyos pies arrodillado le dijo que, para contar un caso portentoso que había sucedido, le suplicaba mandase venir allí a don Diego Piñatelo, su yerno, porque importaba a su autoridad y sosiego.

Su excelencia lo hizo así: y como llegase don Diego a la sala del virrey y hallase en ella a su suegro, cuñados y mujer, quedó absorto, y más cuando Laura en su presencia contó al virrey lo que en este caso queda escrito, acabando la plática con decir que ella estaba desengañada de lo que era el mundo y los hombres; y que así no quería más batallar con ellos, porque cuando pensaba lo que había hecho y dónde se había visto, no acababa de admirarse; y que supuesto esto, ella se quería entrar en un monasterio, sagrado poderoso para valerse de las miserias a que las mujeres están sujetas.

Oyendo don Diego esto, y negándole al alma el ser causa de tanto mal, en fin como hombre bien entendido, estimando en aquel punto a Laura más que nunca y temiendo que ejecutase su determinación, no esperando él por sí alcanzar de ella cosa alguna, según estaba agraviada, tomó por medio al virrey, suplicándole pidiese a Laura que volviese con él, prometiendo la enmienda de allí adelante.

Hízolo el virrey, mas Laura, temerosa de lo pasado, no fue posible que lo aceptase, antes, más firme en su propósito, dijo que era cansarse en vano, que ella quería hacer por Dios, que era amante más agradecido, lo que por un ingrato había hecho; con que este mismo día se entró en la Concepción, convento noble, rico y santo.

Don Diego desesperado se fue a su casa, y tomando las joyas y dineros que halló, se partió sin despedirse de nadie de la ciudad, donde a pocos meses se supo que en la guerra que la majestad de Felipe III tenía con el duque de Saboya había acabado la vida.