Atada la razón, libre osadía;
Buscar lugar en que alterar los males,
Y no querer del mal hacer mudanza,
Desear sin saber qué se desea;
Tener el gusto y el disgusto iguales,
Y todo el bien librado en la esperanza:
Si aquesto no es amor, no sé qué sea.
Dispuesta tenía amor mi perdición, y así me iba poniendo los lazos en que me enredase y los hoyos donde cayese: porque hallando la ocasión que yo misma buscaba, desde que oí la música me bajé a un aposento bajo de un criado de mi padre, llamado Sarabia, más codicioso que leal, donde me era fácil hablar, por tener una reja baja, tanto que no era difícil tomar las manos. Y viendo a don Félix cerca, le dije:
—Si tan acertadamente amáis como lo decís, dichosa será la dama que mereciere vuestra voluntad.
—Bien sabéis vos, señora mía —respondió don Félix—, de mis ojos, de mis deseos y de mis cuidados, que siempre manifiestan mi dulce perdición, que sé mejor querer que decirlo; que vos sepáis que habéis de ser mi dueño mientras tuviere vida, es lo que procuro, y no acreditarme ni de buen poeta ni mejor músico.