—¿Y paréceos —repliqué yo— que me estará bien creer eso que vos decís?

—Sí —respondió mi amante—, porque hasta dejar quererse, y querer al que ha de ser su marido, tiene licencia una dama.

—¿Pues quién me asegura a mí que vos lo habéis de ser? —le torné a decir.

—Mi amor —dijo don Félix— y esta mano, que si la queréis en prendas de mi palabra, no será cobarde aunque le cueste a su dueño la vida.

¿Qué mujer, viéndose rogada con lo mismo que desea, amigo Fabio, despreció jamás la ocasión de casarse, y más del mismo que ama, que no acepte luego cualquier partido, pues no hay mayor cebo en que pique la perdición de una mujer que este? Y así no quise poner en condición mi dicha, que por tal la tuve, y tendré siempre que traiga a la memoria este día.

Y sacando la mano por la reja, tomé la que me ofrecía mi dueño, diciendo:

—Ya no es tiempo, señor don Félix, de buscar desdenes a fuerza de engaños, ni encubrir voluntades a costa de despegos, suspiros y lágrimas; yo os quiero no tan solo desde el día que os vi, sino antes; y para que no os tengan confuso mis palabras, os diré cosas que espanten —y luego le conté todo lo que te he dicho de mi sueño.

No hacía don Félix, mientras yo le decía estas novedades, para él y para cuantos lo oyen, sino besarme la mano que tenía en las suyas, como en agradecimiento de mis penas; en cuya gloria nos cogiera el día, y aun el de hoy, si no hubiera llegado nuestro amor a más atrevimiento.

Despedímonos con mil ternezas, quedando muy asentada nuestra voluntad y con propósito de vernos todas las noches en la misma parte; venciendo con oro el imposible del criado, y con mi atrevimiento el poder llegar allí, respecto de haber de pasar por delante de la cama de mi padre y hermano para salir de mi aposento.

Visitábame muy a menudo doña Isabel, obligándola a esto, después de su amistad, el dar gusto a su hermano, y servirle de fiel tercera a su amor.