Faltaba don Félix a mis visitas por acudir a las de su prima; y yo, desesperada, maltrataba mis ojos y culpaba su lealtad.
Una noche que quiso satisfacer mis celos, y que por excusar murmuraciones de los vecinos había facilitado con Sarabia el entrar dentro, viendo mis lágrimas, mis quejas y sentimientos, como amante firme e inculpable en mis sospechas, me dio cuenta de todo lo que con su prima pasaba; enamorado, mas no cuerdo, porque si hasta allí eran solos temores los míos, desde aquel punto fueron celos declarados. Y con una cólera de mujer celosa, que no lo pondero poco, le dije que no me hablase en su vida si no le decía a su prima que era mi esposo, y que no lo había de ser suyo.
Quise con este enojo irme a mi aposento, y no lo consintió mi amante; mas amoroso y humilde, me prometió que no pasaría el día que aguardaba sin obedecerme; que ya lo hubiera hecho, si no fuera por guardarme el justo decoro.
Y habiéndome dado nuevamente palabra delante del secretario de mis libertades, le di posesión de mi alma y cuerpo, pareciéndome que así le tendría más seguro.
Pasó la noche más aprisa que nunca, porque había de seguirle el día de mis desdichas; para cuya mañana había determinado el médico que doña Adriana, tomando un acerado jarabe, saliese a hacer ejercicio por el campo, porque como no podía verse el mal del alma, juzgaba por el perdido color que era opilaciones.
Y para este tiempo llevaba también mi esposo librado el desengaño de su amor, y satisfacción de mis celos; porque como un hombre no tiene más de un cuerpo y un alma, aunque tenga muchos deseos, no puede acudir a lo uno sin hacer falta a lo otro: y la pasada noche don Félix, por haberla tenido conmigo, había faltado a su prima; y lo más cierto es que la fortuna, que guiaba las cosas más a su gusto que a mi provecho, ordenó que doña Adriana madrugase a tomar su acerada bebida, y saliendo en compañía de su tía y criadas, la primera estación que hizo fue a casa de su primo, y entrando en ella con alegría de todos, que le daban como a un sol el parabién de su venida y salud, se fue con doña Isabel al cuarto de su hermano, que estaba reposando lo que había perdido de sueño en sus amorosos empleos, y le empezó delante de su hermana a pedirle cuenta de haber faltado la noche pasada; a quien don Félix no satisfizo, mas desengañó de suerte, que en pocas palabras le dio a entender que se cansaba en vano, porque demás de tener puesta su voluntad en mí, estaba ya desposado conmigo, y prendas de por medio, que si no era faltándole la vida, era imposible que faltasen.
Cubrió a estas razones un desmayo los ojos de doña Adriana, que fue fuerza sacarla de allí, y llevarla a la cama de su prima, la cual vuelta en sí, disimulando cuanto pudo las lágrimas se despidió de ella, respondiendo a los consuelos que doña Isabel le daba con grandísima sequedad y despego.
Llegó a su casa, donde en venganza de su desprecio hizo la mayor crueldad que se ha visto, consigo misma, con su primo y conmigo: ¡o celos, qué no haréis, y más si os apoderáis de pecho de mujer! En lo que dio principio a su furiosa rabia fue en escribir a mi padre un papel, dándole cuenta de lo que pasaba, diciéndole que velase y tuviese cuenta con su casa, que había quien le quitaba el honor; y con esto aguardó la mañana, que tomando su pítima, y dando el papel a un criado que le llevase a mi padre, ya con el manto puesto para salir a hacer ejercicio, se llegó a su madre algo más enternecida que su cruel corazón le daba lugar, y le dijo:
—Madre mía, al campo voy; si volviere, Dios lo sabe. Por su vida, señora, que me abrace, por si no la volviere a ver.
—Calla, Adriana, dijo alterada su madre, no digas tales disparates, si no es que tienes gusto de acabarme la vida: ¿por qué no me has de volver a ver, si ya estás tan buena que ha muchos días que no te he visto mejor? Vete, hija mía, con Dios, y no aguardes a que entre el sol.