Despachose luego un correo al emperador, que estaba ya en Valladolid, dándole cuenta del caso, el cual más admirado que todos los demás, como quien la había visto hacer valerosas hazañas, no acababa de creer que fuese así, y respondió a las cartas con la enhorabuena y muchas joyas. Confirmó a Estela el estado que la dio, añadiéndole el de princesa de Buñol, y a don Carlos el hábito y renta de Estela, y el cargo de virrey de Valencia.

Con que los nuevos amantes, ricos y honrados, hechas todas las ceremonias y cosas acostumbradas de la iglesia, celebraron sus bodas, dando a la ciudad nuevo contento, a su estado hermosos herederos y a los historiadores motivo para escribir esta maravilla, con nuevas alabanzas al valor de la hermosa Estela, cuya prudencia y disimulación la hizo severo juez, siéndolo de su misma causa; que no es menos maravilla que las demás, que haya quien sepa juzgarse a sí mismo en mal ni bien; porque todos juzgamos faltas ajenas y no las nuestras propias.


NOVELA DÉCIMA.


EL JARDÍN ENGAÑOSO.

No ha muchos años que en la hermosísima y noble ciudad de Zaragoza vivía un caballero noble y rico, y él por sus gracias merecedor de tener por mujer una gallarda dama, igual en todo a sus virtudes y nobleza. Diole el cielo por fruto de su matrimonio dos hermosas hijas; la mayor llamada Constanza y la menor Teodosia, tan iguales en belleza, discreción y donaire que no desdecía nada la una de la otra. Eran estas dos bellísimas damas tan acabadas y perfectas que eran llamadas por renombre de su riqueza y hermosura las dos niñas de los ojos de su patria.

Llegando pues a los años de discreción, cuando en las doncellas campea la belleza y donaire, se aficionó de la hermosa Constanza don Jorge, caballero asimismo natural de la misma ciudad de Zaragoza, mozo galán y rico, único heredero en la casa de sus padres, que aunque había otro hermano, cuyo nombre era Federico, como don Jorge era el mayorazgo, le podemos llamar así.

Amaba Federico a Teodosia, si bien con tanto recato de su hermano que jamás entendió de él esta voluntad. No miraba Constanza mal a don Jorge, porque agradecida a su voluntad, le pagaba en tenérsela honestamente, pareciéndole que habiendo sus padres de darla esposo, ninguno en el mundo la merecía como don Jorge: y fiada en esto estimaba y favorecía sus deseos, teniendo por seguro el creer que apenas se la pediría a su padre, cuando tendría alegre y dichoso fin este amor, si bien le alentaba tan honesta y recatadamente que dejaba lugar a su padre para que en caso que no fuese su gusto el dársela por dueño, ella pudiese, sin ofensa de su honor, dejarse de esta pretensión.

No le sucedió tan felizmente a Federico con Teodosia porque jamás alcanzó de ella un mínimo favor, antes le aborrecía con todo extremo, y era la causa amar perdida a don Jorge, tanto que empezó a tratar y buscar modos de apartarle de la voluntad de su hermana.