Andaba con estos disfavores Federico tan triste que ya era conocida, si no la causa, la tristeza. Reparaba en ello Constanza que, por ser afable y amar tan honesta a don Jorge, no le cabía poca parte a su hermano; y casi sospechando que sería Teodosia la causa de su pena, por haber visto en los ojos de Federico algunas señales, lo procuró saber y fuele fácil por ser los caballeros muy familiares amigos de su casa, que siéndolo también los padres facilitaba cualquiera inconveniente.

Tuvo lugar la hermosa Constanza de hablar a Federico, sabiendo de él a pocos lances la voluntad que a su hermana tenía y los despegos con que ella le trataba, mas con apercibimiento que no supiese este caso don Jorge, pues, como se ha dicho, se llevaban mal.

Espantose Constanza de que su hermana desestimase a Federico, siendo por sus prendas digno de ser amado; mas como Teodosia tuviese tan oculta su afición, jamás creyó Constanza que fuese don Jorge la causa.

Estos enfados de don Jorge despertaron el alma a Teodosia a fin de dar modo cómo don Jorge aborreciese de todo punto a su hermana, pareciéndole a ella que el galán se contentaría con desamarla y no buscaría más venganza, y con esto tendría ella el lugar que su hermana perdiese: engaño común en todos los que hacen mal, pues sin mirar que le procuran al aborrecido, se le dan juntamente al amado.

Con este pensamiento, no temiendo el sangriento fin que podía tener tal desacierto, se determinó decir a don Jorge que Federico y Constanza se amaban, y pensando, lo puso en ejecución, que amor ciego ciegamente gobierna y de ciegos se sirve; y así, quien como ciego no procede, no puede llamarse verdaderamente su cautivo.

La ocasión que la fortuna dio a Teodosia fue hallarse solos Constanza y don Jorge, y el galán enfadado, y aun, si se puede decir, celoso de haberla hallado en conversación con su aborrecido hermano, dando a él la culpa de su tibia voluntad; no pudiendo creer que fuese recato honesto el que la dama con él tenía, la dijo algunos pesares, con que obligó a la dama a que le dijese estas palabras:

—Mucho siento, don Jorge, que no estiméis mi buena voluntad y el favor que os hago en dejarme amar, sino que os atreváis a tenerme en tan poco que, sospechando de mí lo que no es razón, entre mal advertidos pensamientos me digáis pesares celosos; y aun no contento con esto, os atrevéis a pedirme más favores que los que os he hecho, sabiendo que no los tengo de hacer. A sospecha tan mal fundada como la vuestra no respondo, porque si para vos no soy más tierna de lo que veis, ¿por qué habéis de creer que lo soy para vuestro hermano? A lo demás que decís, quejándoos de mi desabrimiento y tibieza, os digo, para que no os canséis en importunarme, que mientras no fuéredes mi esposo no habéis de alcanzar más de mí.

Y diciendo esto, por no dar lugar a que don Jorge tuviese algunas desenvolturas amorosas, le dejó y entró en otra sala donde había criados y gente.

No aguardaba Teodosia otra ocasión más que la presente para urdir su enredo, y habiendo estado a la mira y oído lo que había pasado, viendo quedar a don Jorge desabrido y cuidadoso de la resolución de Constanza, se fue adonde estaba y le dijo:

—No puedo ya sufrir ni disimular, señor don Jorge, la pasión que tengo de veros tan perdido y enamorado de mi hermana, y tan engañado en esto como amante suyo, y así, si me dais palabra de no decir en ningún tiempo que yo os he dicho lo que sé y os importa saber, os diré la causa de la tibia voluntad de Constanza. Sabed —dijo Teodosia— que vuestro hermano Federico y Constanza se aman con tanta terneza y firme voluntad que no hay para encarecerlo más que decir que tienen concertado de casarse; dada se tienen la palabra de esposos, y aun creo que con algunas más arraigadas prendas: testigo yo, sin querer ellos que lo fuese, oí y vi cuanto os digo, cuidadosa de lo mismo que ha sucedido: esto no tiene ya remedio, lo que yo os aconsejo es que, como tan bien entendido, llevéis este disgusto, creyendo que Constanza no nació para vuestra y que el cielo os tiene guardada sola la que os merece.