Con esto dio fin Teodosia a su traición, no queriendo por entonces decirle nada de su voluntad, porque no sospechase su engaño; y don Jorge principio a una celosa y desesperada cólera, porque en un punto ponderó el atrevimiento de su hermano y deslealtad de Constanza, y haciendo juez a sus celos y fiscal a su amor, juntando con esto el aborrecimiento con que trataba a Federico, aun sin pensar en la ofensa, dio luego contra él rigurosa sentencia; mas disimulando, por no alborotar, con Teodosia, le agradeció cortésmente la merced que le hacía, prometiendo el agradecimiento de ella, y por principio tomar su consejo y apartarse de la voluntad de Constanza, pues se empleaba en su hermano más debidamente que en él, despidiéndose de ella y dejándola en extremo alegre, pareciéndole que, defraudado don Jorge de alcanzar a su hermana, le sería a ella fácil de haberle por esposo.
Apenas se apartó don Jorge de Teodosia, cuando se fue a buscar a su aborrecido hermano, si bien primero llamó a un paje de quien fiaba mayores secretos, y dándole cantidad de joyas y dineros, con un caballo le mandó que le aguardase fuera de la ciudad en un señalado puesto. Hecho esto, se fue a Federico y le dijo que tenía ciertas cosas que tratar con él, para lo cual era necesario salir hacia el campo.
Hízolo Federico, no tan descuidado que no se recelase de su hermano, por conocer la poca amistad que le tenía; mas la fortuna hace sus cosas como le da gusto, sin mirar méritos ni ignorancias: tenía ya hecha la suerte por don Jorge contra el miserable Federico, porque apenas llegaron a un lugar a propósito, apartado de la gente, cuando sacando don Jorge la espada, llamándole robador de su mayor descanso y bien, sin darle lugar a que sacase la suya le dio una estocada en el corazón, de que cayó muerto.
Don Jorge acudió adonde le aguardaba su criado con el caballo y subiendo en él con su secretario a las ancas, se fue a Barcelona; de allí, hallando las galeras que se partían a Nápoles, se embarcó en ellas, despidiéndose para siempre de España.
Fue hallado muerto esta misma noche el malogrado Federico, y traído a sus padres, con tanto dolor suyo y de toda la ciudad que a una lloraban su desgraciada muerte, ignorándose el agresor de ella. Sintió mucho Constanza la ausencia de don Jorge, mas no de suerte que diese que sospechar cosa que no estuviese muy bien a su opinión.
En este tiempo murió su padre, dejando a sus hermosas hijas con gran suma de riqueza y a su madre por su amparo: la cual, ocupada en el gobierno de su hacienda, no trató de darlas estado en más de dos años, sin que en todo este tiempo se supiese cosa alguna de don Jorge, cuyo olvido fue haciendo su acostumbrado efecto en la voluntad de Constanza, lo que no pudo hacer en la de Teodosia que, siempre amante y siempre firme, deseaba ver casada a su hermana para vivir más segura si don Jorge pareciese.
Sucedió en este tiempo venir a algunos negocios a Zaragoza un hidalgo montañés, más rico de bienes de naturaleza que de fortuna, hombre de hasta treinta o treinta y seis años, galán discreto y de muy amables partes, llamado Carlos. Tomó posada en frente de la casa de Constanza, y a la primera vez que vio la belleza de la dama, le dio en pago de haberla visto la libertad, dándole asiento en el alma con tantas veras que sola la muerte le pudo sacar de esta determinación.
Veíase nuestro Carlos pobre fuera de su patria, porque, aunque le sobraba de noble lo que le faltaba de rico, no era bastante para atreverse a pedirla por mujer, seguro de que no se la habían de dar; mas como no hay amor sin astucias ni cuerdo que no sepa aprovecharse de ellas, imaginó una que fue bastante a darle lo mismo que deseaba, y para conseguirla empezó a tomar amistad con Fabia, que así se llamaba la madre de Constanza, y a regalarla con algunas cosas que procuraba para este efecto, haciendo la noble señora en agradecimiento lo mismo. Visitábalas algunas veces, granjeando con su agrado y linda conversación la voluntad de todas, tanto que ya no se hallaban sin él.
En teniendo Carlos dispuesto este negocio tan a su gusto, descubrió su intento a una ama vieja que le servía, prometiéndole pagárselo muy bien, y de esta suerte se empezó a fingir enfermo, y no solo con achaque limitado sino que de golpe se arrojó en la cama.
Tenía ya su vieja ama prevenido un médico, a quien dieron un gran regalo, y así comenzó a curarle a título de un cruel tabardillo. Supo la noble Fabia la enfermedad de su vecino y con notable sentimiento le fue luego a ver, y le asistía como si fuera un hijo. Creció la fingida enfermedad, a dicho del médico y congojas del enfermo, tanto que se le ordenó que hiciese testamento.