Todo lo cual se hizo en presencia de Fabia, que sentía el mal de Carlos en el alma, a la cual dijo el astuto Carlos, asidas las manos, estando para hacer testamento:
—Ya veis, señora mía, en el estado que está mi vida, más cerca de la muerte que de otra cosa; no lo siento tanto por haberme venido en la mitad de mis años cuanto por estorbarse con ella el deseo que siempre he tenido de serviros después que os conocí, mas para que mi alma vaya con algún consuelo de este mundo, dadme licencia para descubriros un secreto. Seis meses ha, señora Fabia —dijo Carlos—, que vivo en frente de vuestra casa, y esos mismos que adoro y deseo para mi mujer a mi señora doña Constanza, vuestra hija: por su hermosura y virtudes no he querido tratar de ello, aguardando la venida de un caballero, deudo mío, a quien esperaba para que lo tratase; mas Dios, que sabe lo que más conviene, ha sido servido de atajar mis intentos de la manera que veis, sin dejarme gozar de ese deseado bien: la licencia que ahora me habéis de dar es para que yo la deje toda mi hacienda, y que ella la acepte, quedando vos, señora, por testamentaria, y después de cumplido mi testamento, todo lo demás sea para su dote.
Agradeciole Fabia con palabras amorosas la merced que le hacía, sintiendo y solemnizando con lágrimas el perderle.
Hizo Carlos su testamento, y por decirlo de una vez, él testó más de cien mil ducados, señalando en muchas partes de la montaña muy lucida hacienda, y de todo dejó por heredera a Constanza, y a su madre tan lastimada que pedía al cielo con lágrimas su vida.
En viendo Fabia a su hija, echándole al cuello los brazos, le dijo:
—¡Ay hija mía, en qué obligación estás a Carlos! ya puedes desde hoy llamarte desdichada, perdiendo como pierdes tal marido.
—No quiera el cielo, señora —decía la hermosa dama, agradada de las buenas prendas de Carlos y obligada con la riqueza que la dejaba—, que Carlos muera, ni que yo sea de tan corta dicha que tal vea; yo espero en Dios que le ha de dar vida para que todas sirvamos la voluntad que nos muestra.
Dentro de pocos días empezó Carlos, como quien tenía en su mano la salud, a mejorar, y antes de un mes a estar del todo sano, y no solo sano sino esposo de la bella Constanza; porque Fabia, viéndole con salud, le llevó a su casa y desposó con su hija, granjeando este bien por medio de su engaño, y Constanza tan contenta porque su esposo sabía granjear su voluntad con tantos regalos y caricias que, ya muy seguro de su amor, se atrevió a descubrirle su engaño, dando la culpa a su hermosura y al verdadero amor que desde que la vio la tuvo.
Cuatro años serían pasados de la ausencia de don Jorge, muerte de Federico y casamiento de Constanza, en cuyo tiempo la bellísima dama tenía por prendas de su querido esposo dos hermosos hijos, con los cuales, más alegre que primero, juzgaba perdidos los años que había gastado en otros devaneos, sin haber sido siempre de su Carlos, cuando don Jorge, habiendo andado toda la Italia, Piamonte y toda Flandes, no pudiendo sufrir la ausencia de su amada señora, seguro, por algunas personas que había visto por dónde había estado, de que no le atribuían a él la muerte del malogrado Federico, dio la vuelta a su querida patria y se presentó a los ojos de sus padres, y si bien su ausencia había dado que sospechar, supo dar tal satisfacción y color a su fuga, llorando con fingidas lágrimas y disimulada pasión la muerte de su hermano, haciéndose muy nuevo en ella, que deslumbró cualquier indicio que pudiera haber.
La que menos contento mostró en esta venida fue Constanza, porque casi adivinando lo que había de suceder, como amaba tan de veras a su esposo, se entristeció de lo que los demás se alegraban; porque don Jorge, aunque sintió con las veras posibles hallarla casada, se allanó a servirla y solicitarla de nuevo, ya que no para su esposa, que era imposible, a lo menos para gozar de su hermosura, por malograr tantos años de amor. Los paseos, regalos, músicas y finezas eran tantas que casi se empezó a murmurar por la ciudad, mas a todo la dama estaba sorda, porque jamás admitía ni estimaba cuanto el amante por ella hacía, antes la servía de mayor pena.