La que tenía Teodosia de ver estos extremos de amor en su querido don Jorge era tanta que, a no alentarla los desdenes con que su hermana le trataba, mil veces perdiera la vida. No ignoraba Constanza de dónde le procedía a su hermana la pena, y deseaba que don Jorge se inclinase a remediarla, tanto por no verla padecer como también por no verse perseguida de sus importunaciones; mas cada hora lo hallaba más imposible, por estar ya don Jorge tan rematado y loco en solicitar su pretensión que no sentía que en Zaragoza se murmurase ni que el esposo de Constanza lo sintiese.
Más de un año pasó don Jorge en este tema, sin ser parte las veras con que Constanza excusaba su vista, cuando Teodosia, agravada de su tristeza, cayó en la cama de una peligrosa enfermedad, tanto que se llegó a tener muy poca esperanza de su vida.
Constanza, que la amaba tiernamente, conociendo que el remedio de su pena estaba en don Jorge, se determinó a hablarle, forzando, por la vida de su hermana, su desapegada y cruel condición; y así, un día que Carlos se había ido a caza, le envió a llamar.
Loco de contento recibió don Jorge el venturoso recado de su querida dama; y por no perder esta ventura fue a ver lo que el dueño de su alma le quería. Con alegre rostro recibió Constanza a don Jorge, y sentándose con él en su estrado, lo más amorosa y honestamente que pudo, por obligarle y traerle a su voluntad, le dijo las razones siguientes:
—No puedo negar, señor don Jorge, si miro desapasionadamente vuestros méritos y la voluntad que os debo, que fui desgraciada el día que os ausentasteis de esta ciudad, pues con esto perdí el alcanzaros por esposo, cosa que jamás creí de la honesta afición con que admitía vuestros favores y finezas, si bien el que tengo es tan de mi gusto que doy mil gracias al cielo por haberle merecido: esta voluntad deseo pagaros sin ser a costa de mi honor, dándoos en mi lugar otra que de mi parte pague lo que en mí es sin remedio. En concederme este bien me ganáis, no solo por verdadera amiga sino por perpetua esclava, y para no teneros suspenso, esta hermosura que en cambio de la mía os quiero dar es mi hermana Teodosia, la cual, desesperada de vuestro desdén, está en lo último de su vida, sin saber otro remedio para dársela sino vos mismo. Ahora es tiempo de que yo vea lo que valgo con vos, si alcanzo que nos honréis a todos dándola la mano de esposo. Con esto quitáis al mundo de murmuraciones, a mi esposo de sospechas, a vos mismo de pena, y a mi hermana de las manos de la muerte: y yo, teniéndoos por hermano, podré pagar con agradecimientos lo que ahora niego por recato.
Turbado oyó don Jorge a Constanza, y precipitado en su pasión amorosa, la respondió:
—¿Este es el premio, hermosa Constanza, que tenías guardado al tormento que por ti paso y al firme amor que te tengo? Pues cuando entendí que obligada de él me llamabas para dármele, me quieres imposibilitar de todo punto de él; pues asegúrote que conmigo no tienen lugar tus ruegos, porque otra que no sea Constanza no triunfará de mí: amándote he de morir, y amándote viviré hasta que me asalte la muerte; mira si cuando la deseo para mí se la excusaré a tu hermana.
Púsose Constanza, oyendo esto, en pie, y en modo de burla dijo:
—Hagamos, señor don Jorge, un concierto, y sea que como vos me hagáis en esta placeta que está delante de mi casa, de aquí a la mañana, un jardín tan adornado de cuadros y olorosas y vistosas flores, árboles y fuentes, que ni en su frescura ni belleza, ni en la diversidad de pájaros que en él haya, desdiga de los nombrados pensiles de Babilonia que Semíramis hizo sobre sus muros, yo me pondré en vuestro poder y haré por vos cuanto deseáis; y si no, que os habéis de dejar de esta pretensión, otorgándome en pago el ser esposo de mi hermana, porque si no es a precio de este imposible no han de perder Carlos y Constanza su honor, granjeado con tanto cuidado y sustentado con tanto aumento.
Con esto se entró donde estaba su hermana, bien descontenta del mal recado que llevaba de su pretensión, dejando a don Jorge tan desesperado que fue milagro no quitarse la vida. Saliose asimismo loco y perdido de casa de Constanza, y con desconcertados pasos, sin mirar dónde iba, se fue al campo, y allí maldiciendo su suerte, dando tristes y lastimosos suspiros, y cercado de mortales pensamientos, se le puso (sin ver por dónde ni cómo había venido) delante un hombre que le dijo: