—¿Qué tienes, don Jorge? ¿Por qué das voces y suspiros al viento pudiendo remediar tu pasión de otra suerte? ¿Qué lágrimas femeniles son estas? ¿No tiene más ánimo un hombre de tu valor que el que aquí muestras? ¿No echas de ver que, pues tu dama puso precio a tu pasión, que no es tan difícil tu remedio como piensas?
Mirándole estaba don Jorge, espantado de oírle decir lo que él apenas creía que sabía nadie, y así le respondió:
—¿Y quién eres tú, que sabes lo que yo mismo no sé y que asimismo me prometes remedio? ¿Qué puedes tú hacer cuando aun al demonio es imposible?
—Y si yo fuese el que dices —respondió—, ¿qué dirías? Ten ánimo y mira qué me darás si yo hago el jardín que tu dama pide.
—Pon tú el precio a lo que por mí quieres hacer, que pronto estoy a otorgarlo.
—Pues mándame el alma —dijo el demonio— y hazme de ella cédula, que antes que amanezca podrás cumplir a tu dama su deseo.
Amaba el mal aconsejado mozo, y así no dificultó hacer lo que el demonio le pedía. Hízole la cédula en la manera que él la ordenó, y firmando sin mirar lo que hacía ni que por precio de un desordenado apetito daba una joya tan apreciada y que tanto le costó al divino Criador. Hecho esto, don Jorge se fue a su posada y el demonio a dar principio a su fabulosa fábrica.
Llegó la mañana y don Jorge, creyendo que había de ser la de su gloria, se levantó al amanecer, y vistiéndose lo más rica y costosamente que pudo, se fue donde el jardín se había de hacer, y llegando a la placeta que estaba en frente de la casa de la hermosa Constanza el más contento que en su vida estuvo, vio la más hermosa obra que jamás había visto, que a no ser mentira, como el autor de ella, pudiera ser recreación de cualquier monarca. Entrose dentro y estuvo aguardando un buen rato que saliese su dama a ver como había cumplido su deseo.
Carlos, que aunque la misma noche que Constanza habló con don Jorge había venido de caza cansado, madrugó aquella mañana para acudir a un negocio que se le había ofrecido; y como apenas fuese de día, abrió una ventana que caía a la placeta, poniéndose a vestir en ella; y como se le ofreciese a los ojos la máquina ordenada por el demonio para derribar la fortaleza del honor de su esposa, como admirado estuvo un rato creyendo que soñaba, mas viendo que ya que los ojos se pudieran engañar, no lo hacían los oídos, que absortos a la dulce armonía de tantos y tan diversos pajarillos como en el deleitoso jardín estaban, empezó a dar voces, llamando a su esposa y a los demás de su casa, diciéndoles que se levantasen y verían la mayor maravilla que jamás se vio.
A las voces que Carlos dio se levantó Constanza y su madre, y cuantos en su casa había, bien seguros de tal novedad, porque la dama ya no se acordaba de lo que le había pedido a don Jorge, segura de que no lo había de hacer, y como descuidada se llegase a ver qué la quería su esposo y viese el jardín, precio de su honor, tan adornado de flores y árboles, que aun le pareció que era menos lo que ella había pedido, y muy poco, según lo que la daban, pues las fuentes y hermosos cenadores ponían espanto a quien las veía, y viese a don Jorge tan lleno de galas y bizarría pasearse por él, y en un punto considerase lo que había prometido, sin poderse tener en sus pies se dejó caer en el suelo, a cuyo golpe acudió su esposo y los demás, pareciéndoles que estaban encantados según los prodigios que veían.