Y tomándola en sus brazos, como quien la amaba tiernamente, con gran priesa pedía que llamasen a los médicos, pareciéndole que estaba sin vida, por cuya causa su marido y hermana solemnizaban con lágrimas su muerte, a cuyos llantos acudió mucha gente que se había juntado en el jardín que en la plaza estaba, y entre ellos don Jorge, que luego imaginó lo que podía ser.

Media hora estuvo la hermosa señora de esta suerte, haciéndosele innumerables remedios, cuando, estremeciéndose fuertemente, tornó en sí; y viéndose en los brazos de su amado esposo, cercada de gente, y entre ellos don Jorge, llorando amarga y abundantemente, puestos los ojos en Carlos, le empezó a decir:

—Ya, señor mío, si quieres tener honra, y que tus hijos la tengan y mis nobles deudos no la pierdan sino que tú se la des, conviene que al punto me quites la vida; no porque a él ni a ellos he ofendido; mas porque puse precio a tu honor y al suyo, sin mirar que no le tiene. Yo lo hiciera imitando a Lucrecia, y aun dejándola atrás, pues si ella se mató después de haber hecho la ofensa, yo muriera sin cometerla; mas soy cristiana y no es razón que, pues yo estoy sin culpa, pierda la vida y te pierda juntamente a ti, que lo eres mío, y pierda el alma que tanto costó a su Criador.

Más espanto dieron estas razones a Carlos que lo demás que había visto; y así le pidió que dijese la causa por qué las decía y lloraba con tanto sentimiento. Entonces Constanza, aquietándose un poco, contó públicamente cuanto con don Jorge la había pasado desde que la empezó a amar hasta el punto en que estaba, añadiendo por fin que, pues ella había pedido a don Jorge un imposible y él le había cumplido, que en aquel caso no había otro remedio sino su muerte, con la cual, dándosela su marido, como el más agraviado, tendría todo fin y don Jorge no podría tener queja de ella.

Viendo Carlos un caso tan extraño, considerando que por su esposa se veía en tanta prosperidad, pues la desigualdad muchas veces suele ser freno a las inclinaciones de los hombres, porque el que escoge mujer más rica que él no lleva mujer sino señora; y asimismo, más enamorado que nunca de la hermosa Constanza, la dijo:

—No puedo negar, señora mía, que hicisteis mal en poner precio a lo que en realidad de verdad no lo tiene ni puede tener, porque la virtud y la castidad de la mujer no hay en el mundo con que se pueda pagar, pues aunque os fiasteis de un imposible, pudierais considerar que no le hay para un amante que lo es de veras, y el premio de su amor le espera alcanzar con cometer imposibles y hacerlos; mas esta culpa ya la pagáis con la pena en que os veo; por tanto ni yo os quitaré la vida ni os daré más pesadumbre de la que tenéis: el que ha de morir es Carlos, que, como desdichado, ya la fortuna, cansada de sufrirle, le quería derribar.

Y diciendo esto sacó la espada y fuésela a meter por los pechos, sin mirar que con esta desesperada acción perdía el alma, al tiempo que don Jorge, temiendo lo mismo que él quería hacer, había de un salto juntádose con él, y asiéndole fuertemente el puño de la espada le dijo:

—Tente, Carlos, tente.

Y así como estaba, prosiguió contando cuanto con el demonio le había pasado hasta el punto que estaba, y pasando adelante dijo:

—No es razón que a tan noble condición como la tuya haga yo ninguna ofensa, pues solo con ver que te quitas la vida porque yo no muera (pues no hay muerte para mí más cruel que privarme del bien que tanto me cuesta, pues he dado por precio el alma), me ha obligado de suerte que no una sino mil perdiera por no ofenderte: tu esposa está ya libre de su obligación, que yo la alzo la palabra; goce Constanza a Carlos, y Carlos a Constanza, pues el cielo los crió tan conformes que solo él es el que la merece y ella la que es digna de ser suya; y muera don Jorge, pues nació tan desdichado que no solo ha perdido gusto por amar, sino la joya que le costó a Dios morir en una cruz.