Dio fin la discreta Laura a su maravilla, y todas aquellas damas y caballeros principio a disputar cuál había hecho más, por quedar con la opinión de discreto; y porque la bella Lisis había puesto una joya para el que acertase, cada uno daba su razón: unos alegaban que el marido y otros que el amante, y todos juntos que el demonio, por ser en él cosa nunca vista el hacer bien.
Esta opinión sustentó divinamente don Juan, llevando la joya prometida, no con pocos celos de don Diego y gloria de Lisarda, a quien la rindió al punto, dando a Lisis no pequeño pesar.
En esto entretuvieron parte de la noche, y por no ser hora de representar la comedia, se quedó para el día de la Circuncisión, en que se habían de desposar don Diego y la hermosa Lisis; y así se fueron a cenar con mucho gusto, dando fin a la quinta noche, y yo a mi entretenido sarao; prometiendo segunda parte, y en ella el castigo de la ingratitud de don Juan, mudanza de Lisarda y bodas de Lisis; si, como espero, es estimado mi trabajo, agradecido mi deseo, y alabado, no mi tosco estilo, sino el deseo con que va escrito.
SEGUNDA PARTE.
INTRODUCCIÓN.
Para el primer día del año quedaron en la primera parte de mi entretenido sarao concertadas las bodas de la gallarda Lisis con el galán don Diego, tan dichoso en haber merecido esta suerte, como prometían las bellas prendas de la hermosa dama, y nuevas fiestas para solemnizarlas con más aplauso.
Mas cuando las cosas no están otorgadas del cielo, poco sirve que las gentes concierten si Dios no lo otorga; que como quien mira desapasionado lo que no está bien, dispone a su voluntad, y no a la nuestra, aunque nosotros sintamos lo contrario: y así, o que fuese algún desorden, como suele suceder en los suntuosos banquetes, o el pesar de considerarse Lisis ya en poder de extraño dueño, y solamente por vengarse del desprecio que le parecía haberle hecho don Juan amando a su prima Lisarda, usurpándole a ella las glorias de ser suya, mal hallada con dueño extraño de su voluntad y ya casi en poder del no apetecido, se dejó rendir a tan crueles desesperaciones, vertiendo tantas perlas sus divinos ojos, que amaneció otro día la hermosa dama con una mortal calentura, y tan desalentada y rendida a ella que los médicos, desconfiando de su vida, antes de hacerle otros remedios le ordenaron los importantes al alma, mandándola confesar y recibir el Santísimo Sacramento como la más cordial medicina, y luego procuraron con su ciencia hacer las importantes al cuerpo; con cuya alteración y nuevos cuidados cesaron las fiestas ya dichas, y volvió la alegría de las pasadas noches en llanto y tristeza de su noble madre y queridas amigas, que lo sentían ternísimamente, y principalmente don Diego; y no hay que maravillar, pues cuando se veía casi en posesión de su belleza, se hallaba temeroso de perderla para siempre.