Bien sentía el ingrato don Juan ser él la causa de la enfermedad de Lisis; pues el frío de sus tibiezas era la mayor calentura de la dama, y sentía faltase del mundo una estrella que le daba ser: tal era la belleza y discreción de Lisis, junto con otras mayores virtudes de que era dotada; mas estaba tan rendido a la hermosura de Lisarda que presto hallaba en ella el consuelo de su pena: y aunque muchas veces proponía, para alentarla, hacerle más caricias, y con esta intención la visitaba, como Lisarda jamás se apartaba de su prima, en viéndola él afectuosamente, no se acordaba de los propósitos hechos.
Aumentábase el mal de Lisis, faltando en todos las esperanzas de su salud, y más a la bien entendida señora, que como era quien le sentía y sabía mejor las circunstancias de él, pues unas veces se hallaba ya entre las manos de la muerte, ya otras (aunque pocas) con más alivio, tuvo lugar su divino entendimiento de obrar en su alma nuevos propósitos, si bien a nadie lo daba a entender, guardando para su tiempo la disposición de su deseo, mostrando a don Diego y a la demás familia, cuando se hallaba con notable mejoría, un honesto agrado con que enfrenaba cualquier deseo, y solo le tenían puesto en verla con salud.
Más de un año duró la enfermedad con caídas y recaídas, sin tratarse en todo este tiempo de otra cosa sino de acudir a la presente causa, padeciendo don Diego el achaque de desesperado; tanto que ya quisiera de cualquier suerte fuera suya Lisis por estar seguro de él; mas si alguna vez lo proponía, hallaba en la dama un enojo agradable y una resistencia honesta, con que le obligaba a pedir perdón de haberlo intentado.
En esta ocasión le trajeron a Lisis una hermosísima esclava, herrada en el rostro, mas no porque la S y clavo que esmaltaba sus mejillas manchase su belleza, que antes la descubría más; era mora y su nombre Zelima, de gallardo entendimiento y muchas gracias, como era leer, escribir, cantar, tañer, bordar y, sobre todo, hacer excelentísimos versos. Este presente le hizo a Lisis una tía suya, hermana de su madre, que vivía en la ciudad de Valencia; y aunque pudiera desdorar algo la estimación de tal prenda el ser mora, sazonaba este género de desabrimiento con decir quería ser cristiana.
Con esta hermosa mora se alegró tanto Lisis que, gozándose con sus habilidades y agrados, casi se olvidaba de la enfermedad, cobrándose tanto amor que no era como de señora y esclava, sino de dos queridas hermanas: sabía muy bien Zelima granjear y atraer a sí la voluntad de Lisis, y Lisis pagárselo en quererla tanto que apenas se hallaba sin ella.
Entretenía Zelima a su señora, haciendo alarde de sus habilidades, ya cantando y tañendo, ya recitando versos, ya contándole cosas de Argel, su patria; y aunque muchas veces la veía Lisis divertida y tan transportada que sin sentir se le caían las lágrimas de sus divinos ojos, creía Lisis serían memorias de su tierra; y tal vez que le preguntaba la causa, le respondía la discreta Zelima:
—A su tiempo, señora mía, lo sabrás y te admirarás de ella.
Con que Lisis no la importunaba más. Sanó Lisis, convaleció Lisis, y volvió el sol de su hermosura a recobrar nuevos rayos, y apenas la vio don Diego con entera salud cuando volvió de nuevo a sus pretensiones, hablando a Laura y pidiendo cumpliese la palabra de darle a Lisis por esposa.
Comunicó la discreta señora con su hermosa hija lo que don Diego le había propuesto, y la sabia dama dio a su madre la respuesta que se podía esperar de su obediente proceder, añadiendo que pues se allegaban los alegres días de las carnestolendas y en ellos se habían de celebrar sus bodas, que tenía gusto de que se mantuviese otro entretenido recreo como el pasado, empezando el domingo para que el último día se desposasen, y que le diese licencia para que lo dispusiese; de lo que se alegró mucho su madre con la fiesta que quería hacer Lisis.
Concedida facultad para ordenarlo, se dispuso de esta suerte: en primer lugar, que habían de ser las damas las que novelasen (y en esto acertó con la opinión de los hombres, pues siempre tenían a las mujeres por noveleras). Y en segundo, que los que refiriesen fuesen casos verdaderos y que tuviesen nombre de desengaños (en esto no sé si los satisfizo, porque como ellos procuran siempre engañarlas, sienten mucho se desengañen).