Fue la pretensión de Lisis en esto volver por la fama de las mujeres, tan postrada y abatida por su mal juicio que apenas hay quien hable bien de ellas. Y como son los hombres los que presiden en todo, jamás cuentan los malos pagos que dan sino los que les dan: y si bien lo miran, ellos cometen la culpa y ellas siguen tras su opinión, pensando que aciertan, y lo cierto es que no hubiera malas mujeres si no hubiera malos hombres.

No hablo con los que no lo fueren, que de la misma manera que a la mujer falsa, inconstante, liviana y sin reputación no se le ha de dar nombre de mujer sino de bestia fiera, así el hombre cuerdo, bien intencionado y que sabe en los mismos vicios aprovecharse de la virtud y nobleza a que está obligado, no será comprendido en mi reprensión: mas hablo de los que, olvidados de sus obligaciones, hacen diferente de lo que es justo: estos tales no serán hombres sino monstruos, y si todos lo son, con todos hablo, advirtiendo que las mujeres que hablaré en este libro no son de las comunes, y que tienen por oficio y grangería el serlo, que esas pasan por sabandijas; sino de las no merecedoras de desdichados sucesos.

Habíale pedido a Lisis Zelima por merced le fuese concedido que los versos que se cantasen los diese ella, de que Lisis se holgó por excusarse de este trabajo, y que la primera que desengañase fuese ella; y Lisis, imaginando la petición no por acaso, lo tuvo a bien; y así nombró para la primera noche a Zelima, y tras ella a su prima Lisarda, luego a Nise, y tras ellas a Filis.

Para la segunda noche puso la primera a su madre, segunda a Matilde y tercera y cuarta a doña Luisa y doña Francisca, dos señoras hermanas que poco había vivían en su casa, la primera viuda y la otra doncella, mozas hermosas y muy bien entendidas.

Y la tercera noche puso primero a doña Estefanía; esta era una prima suya que tenía religiosa, que había con licencia salido del convento a curarse de unas peligrosas cuartanas, y ya sana de ellas no aguardaba para volverse a él más de que se celebrasen las bodas de Lisis, y ella tomó para sí el postrero desengaño, para que hubiese lugar para su desposorio.

Ordenado esto, convidó a todos los caballeros y damas, citados en la primera parte, y muchos más que vinieron avisados unos de otros. Con esto se sacó licencia del nuncio para que se desposasen sin amonestaciones, o por más secreto, o por mayor grandeza (que está ya el gusto tan empalagado de lo antiguo, que buscan lo más moderno, y lo tienen por sainete).

Se previnieron músicos y entoldaron las salas de ricas tapicerías, suntuosos estrados, curiosos escritorios, vistosas sillas y taburetes, aliñados braseros, tanto de buenas lumbres como de diversas y olorosas perfumaderas, claros y resplandecientes faroles, muchas bujías, y sobre todo sabrosas y costosas colaciones, sin que faltase el amigo chocolate (que en todo se halla como la mala ventura).

Todo tan en su punto que la hermosa sala no parecía sino un abreviado cielo, y más cuando empezaron a ocuparla tantas jerarquías de serafines, presidiendo a todas la divina Lisis, de negro, con muchos botones de oro: y si bien esta dama no era la más linda de todas, en la gallardía y entendimiento las excedía.

Acomodados todos en sus lugares, sin que faltasen de los suyos el ingrato don Juan y el dichoso don Diego, y todos los hombres mal contentos, quienes por no serles concedido el novelar no podían dar muestra de sus intenciones, y quizá los que escriben deseosos de verse en ocasión de vengarse, como si a mí me importase algo, pues no les quito el entendimiento que Dios les dio, si acaso escribir esto fuese presunción y no entretenimiento, no obstante las damas contentas de que les llegaba la ocasión de satisfacerse de tantos agravios como les hacen en sentir mal de ellas y juzgar a todas por una, Zelima, que junto a Lisis estaba, se levantó, y haciendo una cortés y humilde reverencia (habiendo prevenido a los músicos de lo que habían de hacer, como a quien tocaba dar los versos), se entró en una cuadra y los músicos dieron principio a la fiesta con este romance:

Mentiroso pastorcillo,