Supo mi padre la ausencia de don Félix, y como discreto, trazó, ya que no se podía vengar de él, hacerlo de mí. Y la primera traza que para esto dio, fue tomar los caminos, para que ni a su padre ni a mí viniesen cartas, tomándolas todas: y no fue mal acuerdo, pues así sabía el camino que llevaba, que los caballeros de la calidad de mi padre en todas partes tienen amigos a quien cometer su venganza.

Pasaron veinte días de ausencia, pareciéndome a mi veinte mil años, sin haber tenido nuevas de mi ausente. Ya un día que estaba conmigo mi suegro y cuñado entró un cartero, y dio a mi suegro una carta, diciendo ser de Barcelona, que con lo que después supe, había sido echada en el correo. Decía así:

«Mucho siento ser el primero que dé a usted tan malas nuevas; mas aunque quisiera excusarme, no es justo dejar de acudir a mi amistad y obligación. Anoche, saliendo el alférez don Félix Ponce de León, su hijo de usted, de una casa de juego, sin saber quién ni cómo le dieron de puñaladas, sin darle lugar ni aun a imaginar quién fuese el agresor. Esta mañana le enterramos, y despacho esta para que usted lo sepa, a quien consuele nuestro Señor, y dé la vida que sus servidores deseamos. A Sarabia pasaré conmigo a Nápoles si usted no manda otra cosa. Barcelona, 20 de junio.

El capitán Diego de Mesa.»

¡Ay Fabio, y qué nuevas! No quiero traer a la memoria mis extremos; basta decir que las creí por ser este capitán muy amigo de don Félix, con quien él tenía correspondencia, y a quien pensaba seguir en este viaje; y pues las creí, por esto podrás conjeturar mi sentimiento y lágrimas.

No quieras saber más, sino que, sin hacer más información, a otro día tomé el hábito de religiosa, y conmigo, para consolarme y acompañarme, doña Isabel, que me quería ternísimamente.

Ve prevenido, discreto Fabio, de que mi padre fue el que hizo este engaño, y escribió esta carta; y como cogía todas las que venían, supo que don Félix, como llegó a Barcelona, halló embarcado al virrey, y sin tener lugar de escribir más que cuatro renglones, avisando de cómo ese día partían las galeras, se embarcó, y con él Sarabia, que no le había querido dejar, temeroso de su peligro: pedía que le escribiésemos a Nápoles, donde pensaba llegar, y desde allí dar la vuelta a Flandes.

Pues como su padre y yo no recibimos esa carta, pues en su lugar vino la de su muerte, y la tuviésemos por cierta, no escribimos más ni hicimos más diligencia que, cumplido el año, hacer doña Isabel y yo nuestra profesión con mucho gusto, particularmente yo, pareciéndome que, faltando don Félix, no quedaba en el mundo quien me mereciese.

A un mes de mi profesión murió mi padre, dejándome heredera de cuatro mil ducados de renta, los cuales no me pudo quitar por no tener hijos, que aunque tenía enojo, en aquel punto acudió a su obligación.

Estos gastaba yo largamente en cosas del convento; y así era señora de él, sin que se hiciese en todo más que mi gusto.