Don Félix llegó a Nápoles, y no hallando cartas allí, como pensó, enojado de mi descuido, sin querer escribir, viendo que se partían cinco compañías a Flandes, y que en una de ellas le habían vuelto a dar la bandera, se partió, y en Bruselas, para desapasionarse de mis cuidados, dio los suyos a damas y juegos, en que se divirtió de manera, que en seis años no se acordó de España ni de la triste Jacinta que había dejado en ella: pluguiera a Dios se estuviera hasta hoy, y me hubiera dejado en mi quietud, sin haberme sujetado a tantas desdichas; pues para traerme a ellas, al cabo de este tiempo, trayendo a la memoria sus obligaciones, dio la vuelta a España, donde entrando al anochecer, sin ir a la casa de sus padres, se fue derecho al convento, y llegando al torno a tiempo que querían cerrarle, preguntó por doña Jacinta, diciendo que la traía unas cartas de Flandes. Era tornera una de sus tías, y deseosa de saber lo que me quería, pareciéndome novedad que me buscase nadie fuera del padre de don Félix, que era la visita que yo siempre tenía, se apartó un poco, y llegándose luego, preguntó:
—¿Quién busca a doña Jacinta, que yo soy?
—Ese engaño no a mí —dijo don Félix—, que el soldado que me dio la carta me dio también a conocer su voz.
Viendo la sutileza la mensajera, a toda diligencia me envió a llamar por saber tales enigmas, y como llegué preguntando quién me buscaba, y conociese don Félix mi voz, se llegó, diciendo:
—¿Era tiempo, Jacinta mía, de verte?
¡Oh Fabio, y qué voz para mí, ahora parece que la escucho, y siento lo que sentí en aquel punto! Así como conocí en la habla a don Félix, considerando en un punto las falsas nuevas de su muerte, mi estado, y la imposibilidad de poseerle, despertando mi amor, que había estado dormido, di un gran grito, formando en él un ay tan lastimoso como triste, y di conmigo en el suelo con un desmayo tan cruel, que me duró tres días estar como muerta; y aunque los médicos declaraban que tenía vida, por más remedios que se hacían no podían volverme en mí.
Recogiose don Félix a una cuadra dentro de la sala, que debió de ser la misma en que primero estuvo, donde vio a su hermana, porque había en ella una reja donde nos hablamos, de quien supo lo hasta allí sucedido, y viendo que estaba profesa, fue milagro no perder la vida. Encargole el cuidado de mi salud y el secreto de su venida, porque no quería que la supiese su padre, que ya su madre era muerta.
Yo volví del desmayo, y mejoré del mal; porque guardaba el cielo mi vida para más desdichas, y salí a ver a don Félix. Lloramos los dos, y concertamos de que Sarabia fuese a Roma por licencia para casarnos, pues la primera palabra era la valedera.
Mientras yo juntaba dineros que llevase, pasaron quince días, en cuyo tiempo volvió a revivir el amor, y las persuasiones de don Félix a tener la fuerza que siempre habían tenido, y mi flaqueza a rendirse.
Y pareciéndonos que el breve del papa estaba seguro, fiándonos en la palabra dada antes de la profesión, di orden de haber la llave de la puerta falsa por donde salió don Félix para ir a Flandes, la cual le di a mi amante, hallándome más gozosa que con un reino.