¡Oh caso atroz y riguroso! Casi todas o las más noches entraba a dormir conmigo, pues era fácil, por haber una celda que yo había labrado de aquella parte.

Cuando considero esto, no me admiro, Fabio, de las desdichas que me siguen, y antes alabo y engrandezco el amor y misericordia de Dios en no enviar un rayo contra nosotros.

En este tiempo se partió Sarabia a Roma, quedándose don Félix escondido, con determinación de que no se supiese que estaba allí hasta que el breve viniese.

Pues luego que Sarabia llegó a Roma, presentó los papeles y un memorial que llevaba para dar a su santidad, en el cual se daba cuenta de toda la sustancia del negocio, y cómo entraba en el convento. Sorprendió esto tanto a su santidad, que mandó que pena de excomunión mayor latæ sententiæ, pareciese don Félix ante su tribunal, donde sabiendo el caso más por menor daría la dispensación, dando por ella cuatro mil ducados.

Pues cuando aguardábamos el buen suceso, llegó Sarabia con estas nuevas: y yo empecé a sentir con mayores extremos la ausencia de don Félix, temiendo sus descuidos; el cual con la misma pena me pidió que me saliese del convento, y fuese con él a Roma, y que juntos alcanzaríamos más fácilmente la licencia para casarnos.

Díjolo a una mujer que amaba, que fue facilitar el caso, porque la siguiente noche, tomando yo cantidad de dineros y joyas que tenía, dejando escrita una carta a doña Isabel, y dejándole el cuidado y gobierno de mi hacienda, me puse en poder de don Félix, que en tres mulas que tenía Sarabia prevenidas, cuando llegó el día ya estábamos bien apartados de Baeza, y en otros doce nos hallamos en Valencia, y haciéndonos a la vela, con harto riesgo de las vidas y mil trabajos llegamos a Civitavecchia, y en ella tomamos tierra, y un coche en que llegamos a Roma.

Tenía don Félix amistad con el embajador de España, y algunos cardenales que habían estado en Baeza, con cuyo favor nos atrevimos a echarnos a los pies de su santidad, el cual mirando nuestro negocio con piedad, nos absolvió, mandando que diésemos dos mil ducados al hospital real de España que hay en Roma; y luego nos despachó con condición, y en penitencia del pecado, que no nos juntásemos en un año, y si lo hiciésemos quedase la pena y castigo reservado a él mismo.

Estuvimos en Roma visitando aquellos santuarios, y confesándonos generalmente, en cuyo intermedio supo don Félix cómo la condesa de Gelves, doña Leonor de Portugal, se embarcaba para venir a Zaragoza, de donde habían hecho a don Diego Pimentel, su marido, virrey.

Y pareciéndole buena ocasión para venir a España y a nuestra tierra a descansar, me trajo a Nápoles, y acomodó por vía del marqués de Santa Cruz con las damas de la condesa, y él se llegó a la tropa de los acompañantes.

Tuvo la fortuna el fin que se sabe, porque forzados de una tormenta, nos obligó a venir por tierra; bastaba que viniese yo allí. Finalmente, mi esposo y yo vinimos a Madrid, y en ella me llevó a casa de una deuda suya, viuda, y que tenía una hija tan dama como hermosa, y tan discreta como gallarda, donde quiso que estuviese, respecto de haber de estar apartados lo que faltaba del año.