Él presentó los papeles de sus servicios en el consejo de guerra, pidiendo una compañía, pareciéndole que con título de capitán y nuestra hacienda sería rey en Baeza, premisas ciertas de su pretensión.
Había salido orden de Su Majestad, que todos los soldados pretendientes fuesen a servirle a la Mamora, que a la vuelta les haría mercedes; y como don Félix, respecto de haber servido tan bien, le honrasen para esta ocasión con el deseado cargo de capitán, no le dejaron sus honrados pensamientos acudir a las obligaciones de mi amor. Y así un día que se vio conmigo ante sus parientas, me dijo:
—Amada Jacinta, ya sabes en la ocasión que estoy, que no solo a los caballeros obliga, mas a los humildes, si nacieron con honra; esta empresa no puede durar mucho tiempo, y caso que dure más de lo que ahora imagino, como un hombre tenga lo que ama consigo, y no le falte una posada honrada, vivir en Argel o en Constantinopla, todo es vivir, pues el amor hace los campos ciudades, y las chozas palacios.
Dígote esto porque mi ausencia no se excusa por tan justos respectos, que si los atropellase daría mucho que decir. Tan honrosa causa disculpa el amor, si quieres dar ese nombre a mi partida. La confianza que tengo de ti me excusa el llevarte, que si no fuera esto, me animara a que en mi compañía empezaras a padecer de nuevo, o ya viéndome a mí cercado de trabajos, o llegando ocasión de morir juntos.
Más será Dios servido que en sosegándose estas revoluciones, tenga yo lugar de venir a poseerte, o por lo menos enviar por ti donde me emplee en servirte, que bien sé la deuda en que estoy a tu valor y voluntad; mi esposa eres, y siete meses nos faltan para poder yo libremente tenerte por mía.
La honra y acrecentamiento que yo tuviere es tuya. Ten por bien, señora mía, esta jornada, pues ahorrarás con esto parte del pesar que has de tener y yo tengo. En casa de mi tía quedas, y con la deuda de ser quien eres.
Lo necesario para tu regalo no te ha de faltar. A mi padre y hermano dejo escrito, dándoles cuenta de mis sucesos; a ti vendrán cartas y dineros. Con esto y las tuyas tendré más ánimo en las ocasiones, y más esperanzas de volverte a ver.
Yo me he de partir esta tarde, que no he querido hasta este punto decirte nada. Por tu vida y la mía, que mostrando en esta ocasión el valor que en las demás has tenido, excuses el sentimiento, y no me niegues la licencia que te pido.
Con un mar de lágrimas en mis ojos escuché a mi don Félix, pareciéndome en aquel punto más galán y más amoroso, y mi amor mayor que nunca; habíale de perder, ¿qué mucho que para atormentarme urdiese mi mala suerte esta cautela? Queríale responder, y no me daba lugar la pasión, y en este tiempo consideré que tenía razón en lo que decía: y así le dije con muy turbadas palabras, que mis ojos respondían por mí, pues que ellos hacían tal sentimiento, pasando entre los dos palabras tan amorosas, que servían para aumentar más y más nuestras penas.
Llegó la hora en que le había de perder para siempre: partiose al fin don Félix, y quedé como el que ha perdido el juicio, porque ni podía llorar ni hablar, ni oír los consuelos que a porfía me daban doña Guiomar y su madre. Finalmente, me costó la pérdida de mi dueño tres meses de enfermedad, que estuve ya para desamparar la vida. ¡Pluguiera al cielo que me hiciera este bien! Mas ¿cuándo le reciben los desdichados ni aun de quien tiene tantos que dar?