En todo este tiempo no tuve cartas de don Félix, y aunque pudieran consolarme las de su padre y hermana, que alegres de saber el fin de tantas desdichas, y prevenidas de mil regalos y dineros, me daban el parabién, pidiéndome que en volviendo don Félix, tratásemos de irnos a descansar en su compañía, no era posible que hinchiesen el vacío de mi cuidadosa voluntad, la cual me daba mil sospechas de mi desdicha; porque tengo para mí que no hay más ciertos astrólogos que los amantes.

Más habían pasado de cuatro meses que tenía esta vida, cuando una noche, que parece que el sueño se había apoderado más de mí que otras (porque como la fortuna me dio a don Félix en sueños, quiso quitármele de la misma suerte), soñaba que recibía una carta suya, y una caja que parecía traer algunas joyas, y yéndola a abrir, hallé dentro la cabeza de mi esposo.

Considera, Fabio, que fueron tan grandes los gritos y las voces que di, despertando con tantas lágrimas, congojas y ansias, que parecía que se me acababa la vida; y desmayándome, no volví en mí sino a las voces que me daba doña Guiomar, y agua que me echaban en el rostro.

Conteles el sueño, y ella, su madre y las criadas no osaban apartarse de mí por el temor con que estaba, pareciéndome que a todas partes que volvía la cabeza vía la de don Félix.

Llegada la mañana, determinaron llevarme a mi confesor para que me confesase, por ser sacerdote muy entendido y teólogo consumado. Al tiempo de salir de mi casa oí una voz, aunque las demás no la oyeron:

—Muerto es, sin duda, don Félix.

Con tales agüeros puedes creer que no hallé consuelo en el confesor, ni le tenía en cosa criada.

Pasé así algunos días, al cabo de los cuales vinieron las nuevas de lo que sucedió en la Mamora, y con ellas la relación de los que en ella se ahogaron, viniendo casi en los primeros don Félix.

De aquí algunos días llegó Sarabia, que fue la nueva más cierta, el cual contó como yendo a tomar puerto las naves, en competencia unas de otras, dos de ellas se hicieron pedazos, y se fueron a pique, sin poderse salvar de los que iban en ellas ni tan solo un hombre. En una de estas iba don Félix, armado de unas armas dobles, causa de que, cayendo en el mar, no volvió a parecer más; echó algunos fuera, él no fue visto. Así acabó la vida en tan desgraciada ocasión el más galán mozo que tuvo la Andalucía, porque a treinta años acompañaban las mayores gracias que pudo formar la naturaleza.

Cansarte en contar mi sentimiento, mis ansias, mi llanto, sería pagarte mal el gusto con que me escuchas; solo te digo que en tres años ni supe qué fue alegría ni salud.