Supieron su padre y hermana el suceso, trataron de llevarme y restituirme a mi convento; mas yo, aunque sentía con tantas veras la muerte de mi esposo, no lo acepté, por no volver a los ojos de mis deudos sin su amparo, ni menos con las monjas, respecto de haber sido la causa de su escándalo; demás que mi poca salud no me daba lugar de ponerme en camino, ni volver de nuevo a sufrir la carga de la religión; antes di orden que Sarabia, a quien ya tenía por compañero en mis fortunas, se fuese a gobernar mi hacienda, y yo quedé en compañía de doña Guiomar y su madre, que me tenían en lugar de hija; y no hacían mucho, pues gastaba con ellas toda mi renta.

Aconsejábanme algunas amigas que me casase, mas yo no hallaba otro don Félix que satisfaciese mis ojos, ni hinchiese el vacío de mi corazón, aunque no lo estaba de su memoria, ni mis compañeras quisieran que le hallara; mas para mi desdicha le halló amor, que quizá estaba sentido de mi descuido.

Visitaba a doña Guiomar un mancebo noble, rico y galán, cuyo nombre es Celio, tan cuerdo como falso, pues sabía amar cuando quería, y olvidar cuando le daba gusto; porque en él las virtudes y los engaños están como los ramilletes de Madrid, mezclados ya los olorosos claveles, como hermosas mosquetas, con las flores campesinas, sin olor ni virtud alguna. Hablaba bien, y escribía mejor, siendo tan diestro en amar como en aborrecer.

Este mancebo que digo, en mucho tiempo que entró en mi casa jamás se le conoció designio alguno, porque con llaneza y amistad entretenía la conversación; siendo tal vez el más puntal en prevenir consuelos a mi tristeza, unas veces jugando con doña Guiomar y otras diciendo algunos versos, en que era muy diestro. Pasaba el tiempo, teniendo en todo lo que intentaba más acierto que yo quisiera.

Igualmente nos alababa; sin ofender a ninguna nos quería; ya engrandecía la doncella; ya encarecía la viuda; y como yo también hacía versos, competía conmigo en ellos, admirándole, no el que yo los compusiese, pues no es milagro en una mujer, cuya alma es la misma que la del hombre, o porque naturaleza quiso hacer esa maravilla, o porque los hombres no se desvaneciesen, siendo ellos solos los que gozan de sus grandezas, sino porque los hacía con algún acierto.

Jamás miré a Celio para amarle, aunque nunca procuré aborrecerle; porque si me agradaba de sus gracias, temía sus despejos, de que él mismo nos daba noticia; particularmente un día que nos contó cómo era querido de una dama, y que la aborrecía con las mismas veras que la amaba, gloriándose de las sinrazones con que pagaba sus ternezas.

¿Quién pensara, Fabio, que esto despertara mi cuidado, no para amarle, sino para mirarle con más atención que fuera justo? De mirar su gallardía renació en mí un poco de deseo, y con desear se empezaron a enjugar mis ojos, y fui cobrando salud, porque la memoria empezó a divertirse tanto, que del todo le vine a querer, si bien callaba mi amor por no parecer liviana, hasta que él mismo trajo la ocasión por los cabellos, y fue pedirme que hiciera un soneto a una dama, que mirándose a un espejo, dio en él el sol, y la deslumbró. Y yo aprovechándome de ella, hice este soneto:

En el claro cristal del desengaño

Se miraba Jacinta descuidada,

Contenta de no amar sin ser amada,