Un año pasé en estos desvanecimientos sin poder acabar con don Manuel pusiese terceros con mi padre para que se efectuasen nuestras bodas, y otras muchas que a mi padre le trataban no llegaban a efecto, por conocer la poca voluntad que tenía de casarme.
Mi amante me entretenía diciendo que en haciéndole Su Majestad merced de un hábito de Santiago que le había pedido, para que más justamente mi padre le admitiese por hijo, se cumplirían mis deseos y los suyos; si bien, aunque yo sentía mucho estas dilaciones y casi temía mal de ellas, por no disgustarle no apuraba más.
En este tiempo, en lugar de un criado que mi padre había despedido entró a servir en casa un mancebo que, como después supe, era aquel caballero pobre que jamás había sido bien visto de mis ojos (¿mas quién mira bien a un pobre?); el cual no pudiendo vivir sin mi presencia, mudado hábito y nombre, hizo esta transformación: pareciome cuando le vi la primera vez que era el mismo que me había antes querido, mas no hice reparo en ello, por parecerme imposible.
Bien conoció Luis (que así dijo llamarse) a los primeros lances la voluntad que yo y don Manuel nos teníamos, pero no creyó de la entereza de mi condición que pasase a más de honestos y recatados deseos, dirigidos al conyugal lazo: y él estaba cierto que no había de alcanzar aunque fuera conocido por don Felipe más que los despegos que siempre callaba, y por no privarse de verme sufría como amante aborrecido y desestimado, dándose por premiado de su amor con poderme hablar y ver a todas horas.
De esta manera pasé algunos meses, pues aunque el amor de don Manuel no era verdadero, sabía tan bien las artes de fingir que yo me daba por contenta y pagada de mi voluntad: así me duraran estos engaños; ¿mas cómo puede la mentira pasar por verdad sin que al cabo se descubra?
Acuérdome que una tarde que estábamos en el estrado de su hermana, chanceándonos y diciendo burlas y entretenidos festejos como otras veces, le llamaron; y él, al levantarse del asiento, me dejó caer la daga en las faldas, que se la había quitado por el estorbo que le hacía para estar sentado en bajo; a cuyo asunto hice este soneto:
Toma tu acero cortador, no seas
Causa de algún exceso inadvertido,
Que puede ser, Salicio, que sea Dido,
Si por mi mal quisieres ser Eneas.