Pasada pues poco más de media hora volví en mí y me hallé, mal digo, no me hallé, pues me hallé con la pérdida que no supe, ni pude, ni podré ganar jamás, e infundiéndome mi agravio una mortífera rabia, lo que en otra mujer pudiera causar lágrimas y desesperaciones, en mí fue un furor diabólico, con el cual, desasiéndome de sus infames lazos, arremetí a la espada que tenía a la cabecera de la cama y, sacándola de la vaina, se la fui a esconder en su cuerpo; hurtome el golpe y no fue milagro, porque estaba diestro en hurtar, y abrazándose conmigo me quitó la espada, que me la iba a entrar por mi cuerpo por haber errado el del infame, diciéndole de esta suerte:

—Traidor, me vengo en mí, pues no he podido en ti, que las mujeres como yo así vengan sus agravios.

Procuró el cauteloso amante amansarme y satisfacerme, temeroso de que no diera fin a mi vida, y disculpó su atrevimiento con decir que lo había hecho por tenerme segura; y ya con caricias, ya con enojos mezclados con halagos, me dio palabra de ser mi esposo.

En fin, a su parecer más quieta, aunque no al mío, que estaba hecha una pisada serpiente, me dejó volver a mi aposento tan ahogada en lágrimas que apenas tenía aliento para vivir.

Este suceso dio conmigo en la cama de una peligrosa enfermedad que fomentada de mis ahogos y tristezas me vino a poner a punto de muerte; estando de verme así tan tristes mis padres que lastimaban a quien los veía.

Lo que granjeó don Manuel con este atrevimiento fue que si antes me causaba algún agrado, ya aborrecía hasta su sombra; y aunque Claudia hacía instancias por saber de mí la causa de este pesar que había en mí, no lo consiguió, ni jamás la quise escuchar palabra que don Manuel procurase decirme, y las veces que su hermana me veía era para mí la misma muerte. En fin, yo estaba tan aborrecida que, si no me la di yo misma, fue por no perder el alma.

Bien conocía Claudia mi mal en mis sentimientos, y por asegurarse más habló a don Manuel, de quien supo todo lo sucedido; pidiole me aquietase y procurase desenojar, prometiéndole a ella lo que a mí, que no sería otro su esposo: permitió el cielo que mejorase de mi mal, porque aún me faltaban por pasar otros mayores; y un día que estaba Claudia sola conmigo, que ni mi madre ni las demás criadas estaban en casa, me dijo estas razones:

—No me espanto, señora mía, que tu sentimiento sea de la calidad que has mostrado y muestras; mas a los casos que la fortuna encamina y el cielo permite para secretos suyos, que a nosotros no nos toca el saberlo, no se han de tomar tan a pechos y por el cabo que se aventure a perder la vida, y con ella el alma. Confieso que el atrevimiento del señor don Manuel fue el mayor que se puede imaginar; mas tu temeridad es más terrible, y supuesto que en este suceso, aunque has aventurado mucho, no has perdido nada, pues en siendo tu esposo queda puesto el reparo: si tu pérdida se pudiera remediar con esos sentimientos y desesperaciones, fuera razón tenerlas; ya no sirven desvíos para quien posee y es dueño de tu honor, pues con ellos das motivo para que arrepentido y enfadado de tus sequedades te deje burlada; pues no son las prendas de tu ofensor de tan pocos méritos que no podrá conquistar con ella cualquiera hermosura de su patria; y puesto que más acertado es que se acuda al remedio antes que cuando le busques no le halles, hoy me ha pedido que te amanse y te diga cuán mal lo haces con él y contigo misma, y que está con mucha pena de tu mal; que te alientes y procures cobrar salud, que tu voluntad es la suya y no saldrá en esto y en todo lo que ordenares de tu gusto: mira, señora, que esto es lo que te está bien, y que se pongan medios con tus padres para que sea tu esposo, con que la quiebra de tu honor quedará soldada y satisfecha, y todo lo demás es locura y acabar de perderte.

Bien conocí que Claudia me aconsejaba lo cierto, supuesto que ya no se podía hallar otro remedio; mas estaba tan aborrecida de mí misma que en muchos días no llevó de mí buena respuesta; y aunque ya me empezaba a levantar, en más de dos meses no me dejé ver de mi atrevido amante, ni recado que me enviaba quería recibir, ni papel que llegaba a mis manos llevaba otra respuesta que hacerle pedazos; tanto que don Manuel, o fuese que en aquella ocasión me tenía alguna voluntad, o porque picado de mis desdenes quería llevar adelante sus traiciones, se descubrió a su hermana y la contó lo que conmigo le había pasado, de que doña Eufrasia admirada y pesarosa, después de haberle afeado acción tan grosera y mal hecha, tomó por su cuenta quitarme el enojo.

Finalmente, ella y Claudia trabajaron tanto conmigo que me rindieron: y como sobre las pesadumbres entre amantes las paces aumentan el gusto, todo el aborrecimiento que tenía a don Manuel se volvió en amor, y el suyo en aborrecimiento; que los hombres, en estando en posesión, su voluntad se desvanece como humo.