Estaba ya mi corazón más blando que la cera, pues, mientras Claudia me decía lo referido, había entre mi pecho varios discursos y todos en abono de lo que me decía mi doncella y en favor de don Manuel; mas por no darla más atrevimientos, pues ya la juzgaba más de la parte contraria que de la mía, después de haberla mandado no hablase más en ello ni fuese adonde don Manuel estaba, porfié a quemar el papel y ella a defenderle, hasta que, deseando yo lo mismo que ella quería, le abrí, amonestándola primero que no supiese don Manuel sino que le había rompido sin leerle, y ella prometiéndolo, vi que decía así:

«No sé, ingrata señora mía, de qué tienes hecho el corazón, pues a ser de diamante ya le hubieran enternecido mis lágrimas; antes, sin mirar los riesgos que me vienen, le tienes cada día más endurecido: si yo te quisiera menos que para dueño de mí y de cuanto poseo, ya parece que se hallara disculpa a tu crueldad; mas, pues gustas que muera sin remedio, yo te prometo darte gusto ausentándome del mundo y de tus ingratos ojos, como lo verás en levantándome de esta cama, y quizá entonces te pesará de no haber admitido mi voluntad.»

No decía más que esto el papel, ¿pero qué más había de decir? Dios nos libre de un papel escrito a tiempo; saca fruto de donde no le hay y engendra voluntad aun sin ser visto: mirad qué sería de mí que ya admiraba los méritos de don Manuel todos juntos y cada uno de por sí.

¡Ay, engañoso amante; ay, falso caballero; ay, verdugo de mi inocencia! ¡Y ay, mujeres fáciles y mal aconsejadas, y cómo os dejáis vencer de mentiras bien afeitadas, y que no les dura el oro con que van cubiertas más que mientras dura el apetito! ¡Ay, desengaño, que visto, no se podrá engañar ninguna! ¡Ay, hombres!, y ¿por qué siendo hechos de la misma masa y trabazón que nosotras, no teniendo más nuestra alma que la vuestra, nos tratáis como si fuéramos hechas de otra pasta, sin que os obliguen los beneficios que desde el nacer al morir os hacemos? Pues si agradecierais los que recibís de vuestras madres, por ellas estimaríais y reverenciaríais a las demás; ya, yo lo tengo conocido a costa mía, que no lleváis otro designio sino perseguir nuestra inocencia, aviltar nuestro entendimiento, derribar nuestra fortaleza, y haciéndonos viles y comunes, alzaros con el imperio de la inmortal fama.

Abran las damas los ojos del entendimiento y no se dejen vencer de quien pueden temer el mal pago que a mí se me dio, y para que aprendan en esta ocasión y tiempo estos desengaños, pues podrá ser que por mi causa cobren las mujeres la opinión perdida y no den lugar a los hombres para alabarse ni hacer burla de ellas, ni sentir mal de sus flaquezas y malditos intereses, por los cuales hacen tantas que en lugar de ser amadas, son aborrecidas, aviltadas y vituperadas.

Volví de nuevo a mandar a Claudia, y de camino rogarle no supiese don Manuel que había leído el papel ni lo que había pasado entre las dos, y ella a prometerlo; y con esto se fue, dejándome divertida en tantos y tan confusos pensamientos que yo misma me aborrecía de tenerlos, y ya amaba, ya me arrepentía; ya me repetía piadosa, ya me hallaba mejor. Airada al final, me determiné a no favorecer a don Manuel de suerte que le diese lugar a atrevimientos, mas tampoco desdeñarle de suerte que le obligase a algún desesperado suceso.

Volví con esta determinación a continuar la amistad de doña Eufrasia y a comunicarnos con la frecuencia de que antes hacía gala: si ella me llamaba cuñada, a mí no me pesaba de oírla; escuchaba a don Manuel más apacible, y si él no correspondía a mis deseos, a lo menos no le afeaba me dijese su amor sin rebozo; y con lo que más le favorecía era con decirle que me pidiese a mi padre por esposa, que le aseguraba de mi voluntad; mas como el traidor llevaba otros intentos, jamás lo puso en ejecución.

Llegose en este tiempo el alegre de las carnestolendas, tan solemnizado en todas partes y más en aquella ciudad, que se dice por ponderarlo más, carnestolendas de Zaragoza. Andábamos todos de fiesta y regocijo, sin reparar los unos en los desaciertos ni aciertos de los otros.

Sucedió, pues, que pasando sobre tarde al cuarto de doña Eufrasia a vestirme con ella de disfraz para una máscara que teníamos prevenida, y ella y sus criadas y otras amigas ocupadas adentro en prevenir lo necesario, su traidor hermano, que debía de estar aguardando esta ocasión, me detuvo a la puerta de su aposento que, como he dicho, era a la entrada del de su madre, dándome la bienvenida, como hacía con toda cortesía otras veces: yo descuidada, o por mejor decir incierta de que pasaría a más su atrevimiento, si bien ya había llegado a tenerme asida por una mano, viéndome divertida tiró de mí, y sin poder ser parte a hacerme fuerte, me entró dentro, cerrando la puerta con llave; yo no sé lo que me sucedió porque del susto me privó el sentido un mortal desmayo.

¡Ah flaqueza femenil de las mujeres, acobardadas desde la infancia y debilitadas las fuerzas con enseñarlas primero a hacer vainicas que a jugar las armas! ¡Oh, si no volviera jamás en mí, sino que de los brazos del mal caballero me traspasaran a la sepultura! Mas guardábame mi mala suerte para más desdichas, si puede haberlas mayores.