—¿Pues de qué sabes tú que todas esas penas de que te lastimas tanto son por mí?
—Yo te lo diré —dijo la astuta Claudia—. Esta mañana me envió tu madre a saber cómo estaba, y el triste caballero vio los cielos abiertos en verme: contome sus penas, dando de todo la culpa a tus desdenes; y esto con tantas lágrimas y suspiros que me obligó a sentirlas como propias, solemnizando con suspiros los suyos y acompañando con lágrimas las suyas.
—Muy tierna eres, Claudia —repliqué yo—, presto crees a los hombres; si fueras tú la querida, presto le consolaras.
—Y tan presto —dijo Claudia—, que ya estuviera sano y contento. Díjome más, que en estando para poderse levantar se ha de ir donde a tus crueles ojos e ingratos oídos no lleguen nuevas de él.
—Yo quisiera que estuviera bueno para que lo cumpliera —dije yo.
—¡Ay señora mía! —respondió Claudia—, ¿es posible que en cuerpo tan lindo como el tuyo se aposente alma tan cruel? No seáis así, por Dios, pues ya se pasó el tiempo de las damas andariegas que con corazones de diamantes dejaban morir los caballeros sin tener piedad de ellos: casada has de ser, que tus padres para este estado te guardan; pues si es así, ¿qué desmerece don Manuel para que no gustes que sea tu esposo?
—Claudia —dije yo—, si don Manuel estuviera tan enamorado como dices, y tuviera tan castos pensamientos, ya me hubiera pedido a mis padres; y pues no trata de eso sino de que le corresponda, o por burlarme o ver mi flaqueza, no me hables más de él, que me das notable enojo.
—Lo mismo que tú dices —volvió a replicar Claudia—, le dije yo, y me respondió que cómo se había de atrever a pedirte por esposa, incierto de tu voluntad; pues podía ser que aunque tu padre lo acepte no gustes tú de ello.
—El gusto de mi padre será el mío —dije yo.
—Ahora, señora —tornó a decir Claudia—, veamos el papel, pues ni hace ni deshace el leerle, pues que lo demás corre por cuenta del cielo.