Al fin, acompañando a mi madre, hube de pasar aquella tarde a verle; y como estaba cierta que su mal procedía de mis desdenes, procuré, más cariñosa y agradable, darle la salud que le había quitado con ellos, hablando donaires y burlas que en don Manuel causaban varios efectos, ya de alegría y ya de tristeza, que yo notaba con más cuidado que antes, si bien lo encubría con cauta disimulación.
Llegó la hora de despedirnos, y llegado con mi madre a hacer la debida cortesía y esforzarle con las esperanzas de salud que siempre se dan a los enfermos, me puso tan impensadamente en la mano un papel que, o fuese la turbación del atrevimiento, o recato de mi madre y de la suya, que estaban cerca, no pude hacer otra cosa más de encubrirle; y así que llegué a mi cuarto me entré en mi aposento, y sentándome sobre mi cama saqué el engañoso papel para hacerle pedazos sin leerle; y al punto que lo iba a conseguir me llamaron, porque había venido mi padre, y hube de suspender por entonces su castigo; y no hubo lugar de dársele hasta que me fui a acostar, que habiéndome desnudado una doncella que me vestía y desnudaba y a quien yo quería mucho por habernos criado desde niñas, me acordé del papel y se le pedí, y que me llegase de camino la luz para abrasarle en ella.
Entonces me dijo la cautelosa Claudia, que este era su nombre y bien le puedo dar también el de cautela, pues también estaba prevenida contra mí y en favor del ingrato y desconocido don Manuel:
—¿Y acaso, señora mía, ha cometido este desdichado algún delito contra la fe que le quieres dar tan riguroso castigo? porque si es así, no será por malicia sino con inocencia; porque antes entiendo que le sobra fe, y no que le falta.
—Con todo mi honor le está cometiendo —dije yo—, y porque no haya más cómplices será bien que este muera.
—¿Pues a quién se condena sin oírle? —replicó Claudia—, porque a lo que miro, entero está como el día en que nació; óyele, por tu vida, y luego si mereciere pena se la darás, y más si es tan poco venturoso como su dueño.
—¿Sabes tú cúyo es? —le volví a replicar.
—¿De quién puede ser, si no es admitido, sino del mal correspondido don Manuel, que por causa tuya está como está, sin gusto y salud, dos males que, a no ser desdichado, ya le hubieran muerto? Mas hasta la muerte huye de los que lo son.
—Sobornada parece que estás, pues abogas con tanta piedad por él.
—No estoy, por cierto —respondió Claudia—, sino enternecida, y aun si dijera lastimada acertara mejor.