Progne lamenta, el ruiseñor no canta,
Sin belleza y olor están las flores;
Y estando todo triste de este modo,
Con tanta luz, que al mismo sol espanta:
Toda donaire, discreción y amores,
Salió Belisa, y serenose todo.
Arrojó, acabado de cantar, el instrumento en el estrado, diciendo:
—¿Qué me importa a mí que salga el sol de Belisa en el oriente a dar alegría a cuantos la ven, si para mí está siempre convertida en triste ocaso?
Diole diciendo esto un modo de desmayo con que, alborotadas su madre, hermanas y criadas, fue fuerza llevarle a su cama y yo retraerme a mi cuarto; no sé si triste o alegre, solo sabré asegurar que me conocí confusa y determiné no ponerme más en ocasión de sus atrevimientos.
Si me durara este propósito, acertara, mas ya empezaba en mi corazón a hacer suertes amor, alentando yo misma mi ingratitud, y más cuando supe, de allí a dos días, cómo don Manuel estaba con un accidente que a los médicos había puesto en cuidado; con todo eso estuve sin ver a doña Eufrasia hasta otro día, no dándome por entendida y fingiendo precisa ocupación con la estafeta de mi tierra, hasta que doña Eufrasia, que hasta entonces no había tenido lugar asistiendo a su hermano, le dejó reposando y pasó a mi aposento dándome muchas quejas de mi descuido y sospechosa amistad, de que me disculpé, haciéndome de nuevas y muy pesarosa de su disgusto.