—¿Qué podréis decir, señora doña Isabel, que no sea de mucho agrado a los que os escuchamos? Y así, en nombre de estas damas y caballeros, os suplico no excuséis nada de lo que os sucedió en vuestro prodigioso suceso, porque de lo contrario recibiremos gran pena.
—Pues con esta licencia —replicó doña Isabel—, digo que don Manuel cantó este soneto; advirtiendo que él a mí y yo a él nos nombrábamos por Belisa y Salicio.
De un diluvio la tierra condenada,
Que toda se anegaba en sus enojos,
Ríos fuera de madre eran sus ojos,
Porque ya son las nubes mar airada.
La dulce Filomena retirada,
Como no ve del sol los rayos rojos,
No le rinde canciones en despojos
Por verse sin su luz desconsolada.