El sentimiento de mi madre y mío fue extremado, y el de mi padre de la misma suerte: tanto que a importunidades de mi madre y mías trató llevarnos en su compañía, con que volvió nuestra pena en gozo, y más a mí, que como niña, deseosa de ver tierras, o por mejor sentir mi desdichada suerte que me guiaba a mi perdición, me llevaba contenta.

Prevínose la partida, y aderezado lo que se había de llevar, fue lo más importante para, aunque a la ligera, mostrar mi padre quién era y que era descendiente de los antiguos Fajardos de aquel reino. Partimos de Murcia, dejando con mi ausencia común y particular tristeza en aquel reino, solemnizando en versos y prosas todos los más divinos entendimientos la falta que hacía a aquel reino.

Llegamos a la nobilísima y suntuosa ciudad de Zaragoza, y aposentados en una de sus principales casas, ya descansada del camino, salí a ver, vi, y fui vista. Mas no estuvo en esto mi pérdida, que dentro en mi casa estaba el incendio, pues sin salir me había ya visto mi desventura, y como si careciera esta noble ciudad de hermosuras, pues hay tantas que apenas hay plumas ni elocuencias que basten a alabarlas, pues son tantas que dan envidia a otros reinos, se empezó a exagerar la mía como si no hubiera visto otra: no sé si es tanta como decían, solo sé que fue la que bastó a perderme; mas como dice el vulgo, lo nuevo place: ¡oh, quién no la hubiera tenido para excusar tantos infortunios!

Habló mi padre a Su Majestad, que informado de que había sido en la guerra tan gran soldado y que aún no estaban amortiguados sus bríos, valor y buena cuenta que siempre había dado de lo que tenía a su cargo, le mandó asistiese al gobierno de un tercio de caballos, con título de maestre de campo, honrándole con un hábito de Calatrava: y así fue fuerza el asistir allí y enviar a Murcia por toda la hacienda que se podía traer, dejando la demás a deudos nobles que tenía allá.

Era dueña de la casa en que vivíamos una viuda, principal y rica, que tenía un hijo y una hija; él mozo, galán y de buen discurso, así no fuera falso y traidor, llamado don Manuel: no quiero decir su apellido, que mejor es callarle pues no supo darle lo que merecía.

¡Ay, y qué a costa mía he hecho experiencia de todo! ¡Ay, mujeres fáciles, y si supiésedes una por una, y todas juntas, a lo que os ponéis el día que os dejáis rendir a las falsas caricias de los hombres; y cómo quisiérades más haber nacido sin oídos y sin ojos o, si os desengañásedes en mí, de que más vais a perder que a ganar!

Era la hija moza y medianamente hermosa, y concertada de casar con un primo que estaba en las Indias, y le aguardaban para celebrar sus bodas en la primera flota. Su nombre era doña Eufrasia: esta y yo nos tomamos tanto amor como su madre y la mía, pues ni de día ni de noche nos dividíamos, y si no era para ir a dar el común reposo a los ojos, jamás nos apartábamos, o yo en su cuarto o ella en el mío: no hay más que encarecerlo sino que ya la ciudad nos celebraba por el nombre de «las dos amigas»; y de la misma suerte don Manuel dio en quererme, o en engañarme, que todo viene a ser uno: a los principios empecé a extrañar y resistir sus pretensiones y porfías, teniéndolos por atrevimientos contra mi autoridad y honestidad; tanto que por atajarlos me excusaba y negaba a la amistad de su hermana, dejando de asistirla en su cuarto todas las veces que sin nota podía hacerlo, de que don Manuel hacía tantos sentimientos, mostrando andar muy melancólico y desesperado, que tal vez me obligaba a lástima, por ver que ya mis rigores se atrevían a su salud.

No miraba yo mal, las veces que podía sin dárselo a entender, a don Manuel: y bien gustara, pues era fuerza tener dueño, fuera él a quien tocara la suerte: mas, ¡ay!, que él iba con otro intento, pues con haber tantos que pretendían este lugar, jamás se opuso a tal pretensión; y estaba mi padre tan desvanecido en mi amor que, aunque lo intentara, no fuera admitido, por haber otros de más prendas que él, pues aunque don Manuel tenía muchas, ni yo me apartara del gusto de mi padre por cuanto vale el mundo.

No había hasta entonces llegado amor a hacer suerte en mi libertad, antes imagino que, ofendido de ella, hizo el estrago que tantas penas me cuesta. No había tenido don Manuel lugar de decirme, más de con los ojos, su voluntad, porque yo no se le daba; hasta que una tarde, estando yo con su hermana en su cuarto, salió de su aposento, que estaba a la entrada de él, con un instrumento en la mano y, sentándose en el mismo estrado con nosotras, le rogó mucho doña Eufrasia cantase alguna cosa, y rehusándolo él, se lo supliqué también yo por no parecer grosera; y él, que no deseaba otra cosa, cantó un soneto que, si no os cansa mi larga historia, diré con los demás que se ofrecieren en el discurso de ella.

Lisis, por todos, la rogó lo hiciese así, que les daría notable gusto, diciendo: