Con esto la hermosa doña Isabel prosiguió su discurso, viendo que todos callaban, notando la suspensión de cada uno y la de todos juntos.

—Nací en la casa de mis padres sola, para que fuese sola la perdición de ella: hermosa, ya lo veis; noble, ya lo he dicho; rica, lo que bastara, a ser yo cuerda, para poder obtener un noble marido.

Crieme hasta llegar a los doce años entre las caricias y regalos de mis padres, que claro es que, no habiendo tenido otra de su matrimonio, serían muchos, enseñándome entre ellos las cosas más importantes a mi calidad.

Ya se entenderán las virtudes que forman una persona virtuosamente cristiana, los ejercicios honestos de leer, escribir, tañer y danzar, con todo lo demás competente a una persona de mis prendas y de todas aquellas cuyos padres desean ver enriquecidas a sus hijas; y más los míos, que como no tenían otra, se aficionaban en estos extremos; salí única en todo, y perdonadme que me alabe, que como no tengo otro testigo, no es justo pasen por desvanecimiento mis alabanzas; bien se lo pagué, pero más bien lo he pagado.

Yo fui en todo extremada, mas en hacer versos era la admiración de aquel reino y la envidia de muchos no tan peritos en esta facultad, pues hay varios ignorantes que, como si las mujeres les quitaran el entendimiento por tenerle, se consumen de los aciertos ajenos. ¡Bárbaro, ignorante, si los sabes hacer, hazlos, que no te roba nadie tu caudal!: si son buenos los que no son tuyos, y más si son de dama, adóralos y alábalos; y si malos, discúlpala, considerando que no tiene más caudal y que son dignos de más aplauso en una mujer que en un hombre, por adornarlos con menos arte.

Cuando llegué a los catorce años, ya tenían mis padres tantas pretensiones para mis bodas que ya enfadados respondían que me dejasen ser mujer; mas como, según decían ellos, idolatraban en mi belleza, no se podían excusar de importunarles.

Entre los más rendidos se mostró apasionadísimo un caballero, cuyo nombre es don Felipe, de pocos más años que yo, tan dotado de gentileza y nobleza cuanto desposeído de bienes de fortuna, que parecía que envidiosa de las gracias que le había dado el cielo, le había quitado los suyos. Era, en fin, pobre, y tanto que en la ciudad era desconocido, desdicha que padecen muchos.

Este era el que más a fuerza de suspiros y lágrimas procuraba granjear mi voluntad, mas yo seguía la opinión de todos, y como los criados de casa veían mi poco afecto, jamás le oyó ninguno, ni fue mirado de mí, pues bastó esto para ser poco conocido en otra ocasión: pluguiera al cielo le mirara yo bien y fuera parte para que no me hubieran sucedido las desdichas que lloro, y hubiera sabido excusar algunas; mas, siendo pobre, ¿cómo le había de mirar mi desvanecimiento?, pues tenía yo hacienda para él y para mí, mas mirábale de modo que jamás pude dar señas de su rostro, hasta que me vi engolfada en mis desventuras.

Sucedió en este tiempo el levantamiento de Cataluña, para castigo de nuestros pecados, o solo de los míos, que aunque han sido las pérdidas grandes, la mía es la mayor, que los muertos en esta ocasión ganaron eterna fama, y yo, que quedé viva, ignominiosa infamia.

Súpose en Murcia como Su Majestad (Dios le guarde) iba al ilustre y leal reino de Aragón para hallarse presente en las civiles guerras; y mi padre, como quien había gastado lo mejor de su mocedad en servicio de su rey, conoció lo que le importaban a Su Majestad los hombres de su valor, y se determinó a irle a servir para que en tal ocasión le premiase los servicios pasados y presentes, como católico y agradecido rey; y con esto trató de su jornada.