NOCHE PRIMERA.
DESENGAÑO PRIMERO.
LA ESCLAVA DE SU AMANTE.
—Mandásteme, señora mía, que contase esta noche un desengaño para que las damas se avisen de los engaños y cautelas de los hombres, para que vuelvan por su fama en tiempo que la tienen tan perdida, pues en ninguna ocasión hablan ni sienten de ellas bien, siendo su mayor entretenimiento decir mal de ellas; pues ni comedia se representa ni libro se imprime que no sea todo en ofensa de las mujeres, sin que se reserve ninguna; y si bien no tienen ellos toda la culpa, que si como buscan las malas para sus deleites, y estas no pueden dar más de lo que tienen, buscaran las buenas para admitirlas y alabarlas, las hallaran honradas, cuerdas, firmes y verdaderas: mas es tal nuestra desdicha y el mal tiempo que alcanzamos que a estas tratan mucho peor; y es que como las otras no los han menester sino por algún tiempo, antes que ellos tengan tiempo de tratarlas mal ellas les dan con la ceniza en la cara.
Muchísimos desengaños pudiera traer en apoyo de esto de las antiguas y modernas desdichas sucedidas a mujeres por los hombres; mas quiero pasarlas en silencio y contaros mis desdichados sucesos, para que, escarmentando en mí, no haya tantas perdidas como hay, y tan pocas escarmentadas. Y porque lo mismo que contaré ahora es la misma reprensión, digo de esta manera:
—Mi nombre es doña Isabel Fajardo, no Zelima, ni mora, como pensáis, sino cristiana e hija de padres católicos, y de los más principales de la ciudad de Murcia, que estos hierros que veis en mi rostro no son sino sombras de los que ha puesto en mi calidad y fama la ingratitud de un hombre; y para que me deis más crédito, veislos aquí quitados: así pudiera quitar los que han puesto en mi alma mis desventuras y poca cordura.
Y diciendo esto, se los quitó y arrojó lejos de sí, quedando el claro cristal de su divino rostro sin mancha, sombra ni obscuridad, descubriendo aquel sol los resplandores de su hermosura sin nube: y todos los que colgados de lo que intimaba su hermosa boca, casi sin sentido, que apenas osaban apartar la vista por no perderla, pareciéndoles que como ángel se les podía esconder; y por fin, los galanes más enamorados y las damas más envidiosas, y todos compitiendo en la imaginación sobre si estaba mejor con hierros o sin ellos; y casi se determinaban a sentirlo viéndola sin ellos, por parecerles más fácil la empresa; y más Lisis, que como la quería con tanta ternura, dejó caer por sus ojos unos desperdicios; mas por no estorbarla los recogió con sus hermosas manos.