Yo triste, y él contento,

Él gozando otros gustos, yo con celos.

Que soy inmortal Egeo,

Pues no me acaba este mortal veneno.

Largo les pareció el romance a los oyentes, y más como no sabían el designio de Zelima, la que de propósito lo había prevenido así para tener lugar de hacer lo que ahora se dirá; demás que los músicos de los libros son más piadosos que los de las salas de los señores, que acortan los romances y les quitan el ser, dejándolos sin pies ni cabeza.

A los últimos acentos de los postreros versos salió Zelima de la cuadra en tan diferente traje del que entró, que a todos puso en admiración. Traía una camisa de transparente cambray, con grandes puntas y encajes, las mangas muy anchas de la parte de la mano; unas enaguas de lama a flores, azul y plata, con tres o cuatro relumbrones que quitaban la vista, tan corta que apenas llegaba a las gargantas de los pies, y en ellos unas sandalias de muchos lazos y listones de seda muy vistosas: sobre esto, un vaquerillo o aljuba de otra telilla azul y plata muy vistosa, y asido al hombro una almalafa de la misma tela.

Tenía la aljuba o vaquerillo las mangas tan anchas que se igualaban con las de la camisa, mostrando sus blancos y torneados brazos con costosos carcajes o brazaletes: los largos, ondeados y hermosos cabellos, que ni eran oro ni ébano, sino un castaño tirante a rubio, tendidos por las espaldas, que le pasaban de la cintura una vara, y cogidos por la frente con una cinta o apretadorcillo de diamantes y luego prendido a la mitad de la cabeza un velo azul y plata, lo que unido todo al donaire, majestad y grandeza de sus airosos y concertados pasos, no parecía sino una princesa de Argel, una reina de Fez o Marruecos, o una sultana de Constantinopla.

Admirados quedaron damas y caballeros, y más la hermosa Lisis de verla con más arreos que los que ella había visto, y no acertaba a dar lugar al disfraz de su esclava, y así no hizo más de callar y admirarse (como todos) de tal deidad, porque la contemplaba una ninfa o diosa de las antiguas fábulas.

Pasó Zelima hasta el estrado, dejando a las damas muy envidiosas de su acabada y linda belleza, y a los galanes rendidos a ella, pues hubo más de dos que, con los clavos del rostro, sin reparar en ellos, la hiciera señora y poseedora de su persona y hacienda, y aun se juzgara indigno de merecerla.

Hizo Zelima una reverencia al auditorio y otra a su señora Lisis, y sentose en dos almohadas que estaban situadas en medio del estrado, lugar prevenido para la que había de desengañar, y vuelta a Lisis dijo así: