Alabaron doña Eufrasia y su hermano más la presteza de hacerle que el soneto; si bien don Manuel tibiamente; ya parecía que andaba su voluntad achacosa, y la mía temerosa de algún mal suceso en los míos, y a mis solas daban mis ojos muestra de mis temores, quejándome de mi mal pagado amor, dando al cielo quejas de mi desdicha: y cuando don Manuel, viéndome triste y los ojos con las señales de haberles dado el castigo que no merecían, pues no tuvieron culpa en mi tragedia, me preguntaba la causa, por no perder el decoro a mi gravedad, desmentía con él los sentimientos de ellos, que eran tantos que apenas los podía disimular; enamoreme, rogué, rendime; vaya, vengan penas, alcáncense unas a otras.

Mas por una violencia estar sujeta a tantas desventuras, ¿a quién le ha sucedido sino a mí? ¡Ay, damas hermosas y avisadas, y qué desengaño es este si le contempláis! ¡Ay, hombres, y qué afrenta para vuestros engaños! ¿Quién pensara que don Manuel hiciera burla de una mujer como yo, supuesto que aunque era noble y rico, aun para escudero de mi casa no le admitieran mis padres?, que este es el mayor sentimiento que tengo, pues estaba segura de que no me merecía y conocía que me desestimaba.

Fue el caso que había más de diez años que don Manuel hablaba a una dama de la ciudad, ni la más hermosa ni la más honesta, y aunque casada, no hacía ascos de ningún galanteo, porque su marido tenía buena condición; pues comía sin traerlo, y por no estorbar se iba fuera cuando era menester; y aunque aquí había reprensión para los hombres, mas los comunes y bajos que viven de esto no son hombres, sino bestias.

Cuando más engolfada estaba Alejandra, que así se llamaba esta dama, en la amistad de don Manuel, quiso el cielo, para castigarla, o para destruirme, darla una peligrosa enfermedad, de la que, viéndose en peligro de muerte, prometió a Dios apartarse de tan ilícito trato, haciendo voto de cumplirlo: sustentó esta devota promesa, viéndose con la deseada salud, año y medio, que fue el tiempo en que don Manuel buscó mi perdición, viéndose despedido de Alejandra; bien que, como después supe, la visitaba por cortesía y la regalaba por la obligación pasada.

¡Ah, mal hayan estas correspondencias corteses que tan caras cuestan a muchas! Entretenido en mi galanteo faltó a la asistencia de Alejandra, conociendo el poco fruto que sacaba de ella, pues esta mujer en faltar de su casa, como solía mi ingrato dueño, conoció que era la ocasión otro empleo, y buscando la causa, o que las criadas pagadas de la casa de don Manuel, o mi desventura que se lo debió de decir, supo como don Manuel trataba su casamiento conmigo: entró aquí alabarle mi hermosura y su rendimiento, y como jamás se apartaba de idolatrar en mi imagen, que cuando se cuentan los sucesos, y más si han de dañar, con menos ponderación son suficientes.

En fin, Alejandra, celosa y envidiosa de mis dichas, faltó a Dios lo que había prometido, para sobrarme a mí en penas; que si faltó a Dios, ¿cómo no me había de sobrar a mí? Era atrevida y resuelta, y lo primero a que se atrevió fue a verme. Pasemos adelante, que fuera hacer este desengaño eterno, y no es tan corto el tormento que padezco en referirle, que me saboree tan despacio en él; acarició a don Manuel, solicitó que volviese a su amistad, consiguió lo que deseó y volvió de nuevo a reincidir en la ofensa, faltando en la enmienda que a Dios había prometido.

Parecerá, señores, que me deleito en nombrar a menudo el nombre de este ingrato, pues no es así, sino que como ya para mí es veneno, quisiera que trayéndole en mis labios me acabara de quitar la vida.

Volviose en fin a adormecer y transportar en los engañosos encantos de esta Circe, y como una división causa mayores deseos entre los que se aman, fue con tanta puntualidad la asistencia en su casa que fue fuerza hiciese falta en la mía. Tanto que, ni en los pesarosos días del verano, ni en las cansadas noches del invierno, no había una hora para mí; y con esto empecé a sentir las penas que una desvalida y mal pagada mujer puede sentir, porque si a fuerza de quejas y sentimientos había un instante para estar conmigo, era con tanta frialdad y tibieza que se apagaban en ella los encendidos fuegos de mi voluntad; no para apartarme de tenerla, sino para darle las desazones que merecía: últimamente empecé a temer, del temer nace el celar, y del celar buscar las desdichas y hallarlas.

No le quiero prometer a un corazón amante más perdición que venir a tropezar en celos, que cierto es que la caída será para no levantarse más, porque si calla los agravios, juzgando que los ignora, no se recatan de hacerlos, y si habla más descubiertamente, pierden el respeto, como me sucedió a mí; que no pudiendo ya disimular las sinrazones de don Manuel, empecé a desenfadarme y reprenderle, y de esto pasar a reñirle, con que me califiqué por enfadosa y de mala condición, y a pocos pasos que di me hallé en los lances de aborrecida.

Ofréceseme a la memoria un soneto que hice, hallándome un día muy apasionada; que, aunque os canse, le he de decir.