También contigo lo será, dichosa.

Pagarasme el agravio en su desvío;

No pienses que has feriado muy barato,

Que tú has de ver como yo estoy celosa.

Admitía estas finezas don Manuel como quien ya no las estimaba, antes con enojos quería desvanecer mis sospechas, afirmándolas por falsas; y dándose más cada día a sus desaciertos, venimos él y yo a tener tantos disgustos y desasosiegos que más era muerte que amor el que había entre los dos, y con esto me dispuse a averiguar la verdad de todo, porque no me desmintiese; y de camino, por si podía hallar remedio a tan manifiesto daño, mandé a Claudia seguirle, con que se acabó de perder todo; porque una tarde que le vi algo inquieto, y que ni por ruegos ni lágrimas mías, ni pedírselo su hermana, no se pudo estorbar que saliese de casa, mandé a Claudia viese dónde iba, la cual le siguió hasta verle entrar en casa de Alejandra; y aguardando a ver lo que resultaba, vio que ella con otras amigas y don Manuel se entraron en un coche y se fueron a un jardín; y no pudiendo ya la fiel Claudia sufrir tantas libertades cometidas en ofensa mía, se fue tras ellos, y al entrar en el vergel, dejándose ver, le dijo lo que fue justo si, como fue bien dicho, fuera bien admitido: porque don Manuel, si bien corrido de ser descubierto, afeó y trató mal a Claudia, riñéndola más como dueño que como amante mío; con lo cual la atrevida Alejandra, tomándose licencia de valida, se atrevió a Claudia con palabras y obras, dándose por sabedora de quién era yo, cómo me llamaba y, en fin, cuanto por mí había pasado, mezclando entre estas libertades las amenazas de que daría cuenta a mi padre de todo; y aunque no cumplió esto, hizo otros atrevimientos tan grandes o mayores, como era venir a la posada de don Manuel a todas horas, entraba atropellándolo todo y diciendo mil libertades; tanto que en diversas ocasiones se puso Claudia con ella a mil riesgos.

En fin, para no cansaros lo diré de una vez. Ella era mujer que no temía a Dios ni a su marido, pues llegó su atrevimiento a tratar de quitarme la vida con sus propias manos.

De todos estos atrevimientos no daba don Manuel la culpa a Alejandra sino a mí, y tenía razón, pues yo por mis peligros debía sufrir más: estaba ya tan precipitada que ninguno se me hacía áspero ni peligroso, pues me entraba por todo sin temor de ningún riesgo: todo era afligirme, todo llorar y todo dar a don Manuel quejas; unas veces con caricias y otras con despegos, determinándome tal vez a dejarle y no tratar más de esto, aunque me quedase perdida; y otras pidiéndole hablase a mis padres, para que siendo su mujer cesasen estas revoluciones: mas como ya no quería, todas estas desdichas sentía y temía doña Eufrasia, porque había de venir a parar en peligro de su hermano: mas no hallaba remedio aunque le buscaba.

A todas estas desventuras hice unas décimas, que os quiero referir, porque en ellas veréis mis sentimientos mejor pintados y con más finos colores, que dicen así:

Ya de mi dolor rendida,

Con los sentidos en calma,