Aquí dio fin la hermosa doña Isabel con un ternísimo llanto, dejando a todos compasivos y lastimados, en particular a Lisis, que como acabó y la vio de rodillas ante sí, la echó los brazos al cuello, juntando su hermosa boca con la mejilla de doña Isabel, a quien dijo con mil hermosas lágrimas y tiernos sollozos:

—¡Ay, señora mía!, ¿y cómo habéis permitido tenerme tanto tiempo engañada, teniendo por mi esclava a la que debía ser y es señora mía? Esta queja jamás la perderé; y os pido perdonéis los yerros que he cometido en mandaros como a esclava, contra vuestro valor y calidad. La elección que habéis hecho, en fin, es hija de vuestro entendimiento; y así yo la tengo por muy justa, y excusado es pedirme licencia, pues vos la tenéis para mandarme como a vuestra; y si las joyas que decís tenéis no bastaren, os podéis servir de las mías, y de cuanto yo valgo y tengo.

Besaba doña Isabel las manos a Lisis mientras le decía esto; y dando lugar a las damas y caballeros que la llegaban a abrazar y ofrecérsele, se levantó, y después de haber recibido a todos, y satisfecho a sus ofrecimientos con increíble donaire y despejo, pidió una arpa, y sentándose junto a los músicos, y sosegados todos, cantó este romance.

Dar celos quita el honor,

La presunción, pedir celos,

No tenerlos no es amor,

Y discreción es tenerlos.

Quien por picar a su amante

Pierde a su honor el respeto,

Y finge, o que no hace,