No le iba a Octavio tan mal con mis sucesos, pues siempre granjeaba de ellos con qué sustentarse, y así me lo concedió; y puesto por obra, tres o cuatro días estuve después de llegar a Valencia sin determinar lo que dispondría de mí; unas veces me determinaba a entrarme en un convento hasta saber nuevas de don Felipe, a quien no podía negar la obligación que le tenía, y a costa de mis joyas sacarle libre del peligro en que estaba por el delito cometido, y pagarle con mi persona y bienes, haciéndole mi esposo; mas de esto me apartaba el temor de que quien una vez había sido desdichada no sería jamás dichosa. Otras veces me resolvía a irme a Murcia con mi madre; y de esto me disuadía el imaginar cómo parecería ante ella, habiendo sido causa de la muerte de mi padre y de todas sus penas y trabajos.

Finalmente, me resolví tomar la determinación con que empecé mis fortunas, que era ser siempre esclava herrada, pues lo era en el alma; y así, metiendo las joyas de modo que las pudiese siempre traer conmigo, y este vestido en un lío que no pudiese parecer más de ser algún pobre arreo de una esclava, dando a Octavio satisfacción del trabajo que por mí tomaba, le hice me sacase a la plaza y a pública voz de pregonero me vendiese, sin reparar en que el precio que le diesen por mí fuese bajo ni subido.

Con grandes veras procuró Octavio apartarme de esta determinación, poniéndome por delante quién era, lo mal que me estaba; y que si hasta entonces por reducir y seguir a don Manuel lo había hecho, ya era excusado seguir una vida tan vil; mas viendo que no podía reducirme, quizá por permisión del cielo, que me quería traer a esta ocasión, me sacó a la plaza, y de los primeros que llegaron a comprarme fue el tío de mi señora Lisis, que aficionado, o por mejor decir enamorado, como pareció después, me compró, pagando por mí cien ducados; y haciendo a Octavio merced de ellos, me despedí de él, y él se apartó de mí llorando, viendo cuán sin remedio era ya el verme en descanso, pues yo misma me buscaba los trabajos.

Llevome mi señor a su casa y entregome a mi señora doña Leonor, la cual poco contenta, por conocer a su marido travieso de mujeres, quizá temiendo de mí lo que le debía de haber sucedido con otras criadas, no me admitió con gusto; mas después de algunos días que me trató, satisfecha de mi proceder honesto, admirando en mí la gravedad y estimación que mostraba, me cobró amor, y más cuando viéndome perseguida de su marido, se lo avisé, pidiéndole pusiese remedio en ello, y el que más a propósito halló fue quitarme de sus ojos.

Con esto ordenó enviarme a Madrid, y a poder de mi señora Lisis, que dándome nuevas de su afable condición vine con grandísimo gusto en mejorar de dueño, que en esto bien le merezco ser creída; pues por el grande amor que la tengo, y haberme importunado algunas veces la dijese de qué nacían las lágrimas que en varias ocasiones me veía verter, y yo haberla prometido contarlo a su tiempo, lo he hecho en esta ocasión; pues para contar un desengaño, ¿qué mayor que el que habéis oído en mi larga y lastimosa historia?

Ya, señores —prosiguió la hermosa doña Isabel—, pues he desengañado con mi engaño a muchas, no será razón que me dure toda la vida vivir engañada, fiándome en que tengo de vivir hasta que la fortuna vuelva su rueda en mi favor.

Ya no ha de resucitar don Manuel, ni cuando esto fuera posible me fiara de él ni de ningún hombre, pues a todos los contemplo en este, engañosos y taimados para con las mujeres; y lo que más me admira es que ni el noble, ni el honrado, ni el de obligaciones, ni el que más se precia de cuerdo, hace más con ellas que los civiles y de humilde esfera, porque han tomado por oficio decir mal de ellas, desestimarlas y engañarlas, pareciéndoles que en esto no pierden nada; y si lo miran bien, pierden mucho: porque mientras más flaco y débil es el sujeto de las mujeres, más apoyo y amparo habían de tener en el valor de los hombres.

Mas a esto basta lo dicho, que yo no lo he menester ya, porque no quiero haberlos menester, ni me importa que sean fingidos o verdaderos, pues tengo elegido amante que no me olvidará y esposo que no me despreciará, a quien contemplo con los brazos abiertos para recibirme.

Y así, divina Lisis (esto dijo poniéndose de rodillas), te suplico, como esclava tuya, me concedas licencia para entregarme a mi divino Esposo, entrándome en religión en compañía de mi señora doña Estefanía, para que en estando allí avise a mi triste madre, porque en compañía de tal Esposo ya se holgará hallarme, y yo no tendré vergüenza de parecer en su presencia; y ya que la he dado triste mocedad, darela descansada vejez.

En mis joyas me parece tendré para cumplir el dote y los demás gastos. Esto no es razón me lo neguéis; y pues por ingrato y desconocido amante he pasado tantas desdichas, y siempre con los hierros y nombre de esclava, ¿cuánto mejor es serlo de Dios, y a él ofrecerme con el mismo nombre de la Esclava de su amante?